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Bendito sea el Señor, que nos salva
Reflexión del evangelio de la misa del Lunes 30 de octubre de 2017

¿Qué importancia tiene la norma en nuestra vida?


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



 
Romanos 8, 12-17: “Ustedes han recibido el espíritu de hijos, en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios”
Salmo 67: “Bendito sea el Señor, que nos salva”
San Lucas 13, 10-17: “¿No era bueno desatar a esta hija de Abraham de esa atadura, aun en día de sábado?”


¿Qué es más importante: cumplir las normas o rescatar al hermano? Nos parece obvia la respuesta y mucho más si hemos contemplado la actuación de Jesús quebrantando los preceptos para atender a aquella pobre mujer enferma, encorvada y esclavizada. Los reclamos fuertes de Jesús ridiculizando a los fariseos que son capaces de desatar su burro y no son capaces de liberar a las personas, resuenan hoy también para nosotros. ¿No es cierto que damos mucha más importancia a normas, a cuidado de los bienes, que a la propia dignidad de las personas? No tengo nada en contra de quienes se dicen amantes de la naturaleza o defensores de los animales, pero me entristece que no pongan el mismo empeño en defender la vida, la salud y el respeto de cada persona.

En nombre de la religión se siguen discriminando a las personas. ¿Cuántos atropellos han recibido las mujeres en nombre de preceptos religiosos? En nombre de bienestar común se siguen sacrificando a los más pequeños y pobres. Fuerte ola de indignación  se alza por todas las ciudades, y con mucha de razón, cuando se sacrifica a naciones enteras, a jóvenes, a migrantes, con tal de salvar las bancas y estructuras económicas. Parecería que el dinero es la nueva religión, con sus ritos, con sus homenajes y con los sacrificios que impone a los más pequeños. El homenaje que se presta a las nuevas estructuras se nos ha metido imperceptiblemente y nos condiciona ahora todas nuestras decisiones.

Nos parece escandaloso que puedan poner al mismo nivel el valor de las personas indefensas que los grandes caudales de unos cuantos. Ya San Pablo, cuando hablaba a los Romanos, insistía que no debemos estar sujetos al desorden egoísta del hombre para hacer de ese desorden la norma de conducta. Y nos llamaba nuestra atención para que nos diéramos cuenta la gran dignidad de cada persona: “pues, no han recibido ustedes un espíritu de esclavos, que los haga temer de nuevo, sino un espíritu de hijos, en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios”. ¡Qué diferencia descubrir en cada persona un hijo de Dios! Ahora se oscurece esta dignidad y se nos manipula como objetos, con esclavos de leyes, de intereses y de ideologías. ¿Cómo estoy tratando yo a los hermanos, en especial a aquellos que se encuentran en situaciones difíciles?

 







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