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Fuera máscaras; XXXI Domingo Ordinario
Reflexión del evangelio de la misa del Domingo 5 de noviembre 2017

La separación entre la fe y la vida cotidiana es uno de los más graves errores que estamos cometiendo.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net



Lecturas:

Malaquías: 1, 14-2, 2. 8-10: “Ustedes se apartaron del camino y han hecho tropezar a muchos”

Salmo 130: “Señor, consérvame en tu paz”

I Tesalonicenses 2, 7-9.13: “Queríamos entregarles no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestra propia vida”

San Mateo 23, 1-12: “Los fariseos dicen una cosa y hacen otra”



 

La entrada a los centros de rehabilitación se ha tornado difícil, traumática e indignante para muchos. Hay los nuevos sistemas que permiten “ver todo el interior” de la persona y a muchos les parece una invasión a la intimidad. Pero las desconfianzas, las trampas y los nuevos métodos para introducir el contrabando y las sustancias prohibidas obligan a los supervisores a estar atentos a todo posible fraude o engaño. “De nadie podemos estar seguros. Caras vemos y corazones no sabemos. Nadie queda exento… porque hay quien con su sonrisa, su seguridad y su carita de santo quiero abrir todas las puertas. Estamos ante el mundo de la hipocresía”, son los argumentos de quienes nos obligan a la revisión. “Todo mundo tiene máscaras y es muy difícil descubrir las intenciones del corazón”.

¿Cómo no sentirse sacudido con las graves acusaciones de Malaquías contra los sacerdotes o con  los discursos agresivos de Jesús contra  quienes se han instalado en la cátedra? Indudablemente las páginas de este domingo son fuertes y requieren una gran valentía para asumirlas, aplicárnoslas y aceptarlas con humildad. Lo más fácil es dejarlas en el pasado, aplicarlas a los demás y nosotros pretender quedar invisibles para seguir juzgando a los otros. Es cierto que Malaquías habla contra los sacerdotes y que Cristo lo dice de los escribas y fariseos, pero también es cierto que no se están refiriendo sólo a ellos, sino que están denunciando también la conducta de todos los discípulos y muy en especial de quienes tienen responsabilidades y autoridad. Se sirven de la polémica con ellos para llamar la atención sobre los graves peligros que representan estas actitudes que se nos meten en nuestra mentalidad, e intentan desenmascarar a los modernos escribas y fariseos que argumentando fidelidad, nos disimulamos detrás de las superficialidades y etiquetas, y escondemos los propios defectos y fallas para seguir “condenando” a los demás. ¿Quién estará libre de estos pecados? ¿Quién no trata, consciente o inconscientemente, de ocultar sus errores? Todos hemos fallado. Cristo lo entiende y lo acepta con un corazón misericordioso, lo que denuncia y condena es la falsedad e hipocresía.

No importan tanto nuestras palabras o  justificaciones, Jesús nos viene a decir, como ya lo había anunciado en las parábolas de los domingos anteriores, que no importa mucho lo que digamos, que lo importante son nuestras acciones y nuestros frutos. La sociedad nos exige coherencia y signos visibles de credibilidad que sean testimonio de vida, que manifiesten unidad de los creyentes, que hablen por sí mismos del compromiso con los pobres y pequeños, que sean reflejo del rostro de Jesús. Pero nosotros le hemos quitado el valor a las palabras y las hemos hecho huecas y vacías. ¿Cómo devolverles su valor? Las graves incongruencias de un país, cristiano, que se hunde en la corrupción, en la violencia y la mentira por sí solas nos desmienten. La separación entre la fe y la vida cotidiana es uno de los más graves errores que estamos cometiendo.

Una máscara y una exigencia intolerable nos llevan a pretender que los demás hagan lo que nosotros no estamos haciendo. Se pretende superar la crisis económica cargando de impuestos y restricciones a quienes menos tienen; se asumen programas solidarios para quedarse con las ganancias; se reta a que los demás actúen con transparencia y honestidad y se esconden las verdaderas intenciones. El maestro, el padre de familia, el sacerdote, buscan educar a los jóvenes en la transparencia y honestidad, pero no son capaces de sostener la verdad y aceptan sobornos, mordidas y componendas. En especial Jesús se dirige a quienes tenemos alguna autoridad y  exigimos que se cumplan las leyes, pero que después nos hacemos de la manga ancha para dejar pasar las infracciones a nuestra conveniencia. Muy fuertes suenan las acusaciones que lanza el profeta Malaquías en contra de los sacerdotes y nos tienen que tocar el corazón: “Ustedes se han apartado del camino, han hecho tropezar a muchos en la ley y han anulado mi alianza”. Este domingo nos podemos hacer la pregunta al revés de cómo la hacíamos el día de las misiones: ¿Alguien por culpa nuestra, consciente o inconsciente, se ha apartado de Dios?



El Papa Francisco continuamente hace alusión a esta doble moralidad que defiende las apariencias más que la interioridad. La fama, el honor, mantos y coronas, han seducido a todos los hombres y mujeres. También a quienes vivimos en la Iglesia nos seduce el deseo de aparecer y de ostentación. Para Jesús todo es diferente: para él lo que importa es la persona, no los atuendos o las apariencias. Él descubre a profundidad el corazón y mira más allá de los vestidos. Dios no viste a sus ministros a la moda ni con modistos famosos o firmas reconocidas. Por el contrario, su Palabra siempre desnuda y como espada penetra hasta lo profundo del corazón, despoja de máscaras y deja al descubierto las más escondidas intenciones. No podemos vivir de apariencia y por eso, en este día, Jesús exige que no utilicemos títulos o distinciones que opaquen el nombre de Dios. No quitemos a Dios de su lugar y nos pongamos  nosotros asumiéndonos como padres, maestros, pastores y guías. Quienes deberíamos ser reflejo de su rostro, pretendemos ocultarlo y ocupar su sitio. Nunca nadie debe predicarse a sí mismo, sino manifestar al único y verdadero Dios. Filacterias y palabras no muestran el rostro de Dios sino lo oscurecen.

Pablo nos muestra al verdadero servidor comparándose con una madre que estrecha en su regazo a los pequeños y que busca dar vida, Jesús nos ofrece el camino para ser verdaderamente grandes: “Que el mayor entre ustedes sea su servidor”. Es el único camino y no tenemos otro. Basado en una comunidad de iguales, donde nadie pretende ser el único maestro y jefe, el camino de Jesús nos enseña que la  auténtica jerarquía será el servicio a la fraternidad. Pondrá como único maestro y señor a Jesús y a su reino, donde no hay escalafones, donde no hay privilegios, sino donde hay servicio y amor. Cristo hoy contempla a su Iglesia y le recuerda las mismas palabras que pronunciaba en los primeros tiempos, Cristo hoy también nos dice que el único camino para ser grandes es el servicio. ¿Cómo estamos sirviendo? ¿Cómo nos mira Jesús a quienes somos sus seguidores y discípulos? ¿Estamos sirviendo o sólo nos hemos dedicado a hablar y a recibir honores?

Padre bueno, que en Jesús nos has enseñado que el servicio a los hermanos nos da la mayor felicidad, concédenos que, libres de ambiciones e hipocresías, sigamos su ejemplo de amor y servicio. Amén.

 





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