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Amabilidad es sinónimo de caridad
La ritmo del día a día nos hace olvidarnos de ser amables


Por: Mónica Muñoz | Fuente: Catholic.Net



El ritmo con el que vivimos en la actualidad nos hace olvidarnos de ser amables: corremos a todos nuestros compromisos, con la mentalidad del que tiene que realizar innumerables tareas sin detenerse a pensar en los demás, “time is Money” “tiempo es dinero”, como dirían nuestros vecinos del país del Norte”.

Y, en medio de esta marejada de activismo sin fin, perdemos  de vista que interactuamos con seres humanos que, al igual que nosotros, se encuentran inmersos en quehaceres interminables, y que, quizá en un momento de respiro, pueden necesitar ver un rostro amable, una sonrisa que les devuelva la esperanza y les indique que no todo está perdido en este mundo de rivales a vencer.

Porque ocurre que no nos percatamos de que nosotros mismos mostramos esa feroz imagen.  Pensamos quizá que los demás son enemigos a los que hay que mostrar los dientes para que no sobrepasen los límites que les imponemos con nuestra agria actitud.

Sin darnos cuenta, caemos en un círculo vicioso que nos envuelve en irritabilidad, descortesía y hasta violencia, ¿cómo, si yo soy tan sensible y considerado? opino de mí mismo, pero en ese justo momento alguien se mete en la fila de autos en la que voy formado y toco el claxon con impaciencia, soltando una serie de imprecaciones que harían ruborizar a cualquiera.

Alguna vez leí un artículo en el que se señalaba a México como uno los países más amables del mundo.  El autor viajó por el planeta aplicando una sencilla prueba: se ponía cerca de la puerta de algún concurrido comercio y observaba si las personas que entraban la mantenían abierta para que los que venían detrás pudieran pasar. 



Como es de imaginarse, no faltaba quién la dejaba ir, estrellándola en las narices de algún pobre desafortunado que confiaba en la cortesía de su prójimo.

Sorprendentemente, de ser de los primeros, nuestro país había descendido escaños en este experimento… ¿qué nos ha pasado?

¿Será obra de la casualidad que ahora los jóvenes hayan olvidado la más elemental de las cortesías, como es saludar cuando llegan a algún lugar?  Recuerdo a las personas mayores que siempre me decían “el saludo no se le niega a nadie”,  o como lo marca el “Manual de Carreño” que, dicho sea de paso, deberíamos retomar para aprender a interactuar con los demás: “Saludar siempre y despedirse al irse de un lugar”.

Aunque no debería parecer extraño, si los mismos adultos pasamos por alto esta norma de urbanidad.  No obstante, en honor a la justicia, debo reconocer que en las poblaciones pequeñas es todavía notable comprobar que la gente camina por las calles deseando buenos días, tardes o noches, según corresponda, a quienes encuentran por su paso, con el resultado vergonzoso de ser los fuereños, llegados de las grandes ciudades, los que dan la mala nota por su falta de educación.

Cierto es que la atmósfera de inseguridad que impera en nuestro país puede ser una de las causas por las que andamos por el mundo con el ceño fruncido, desconfiando unos de otros, creyendo leer las malas intenciones de tal o cual fulano que se cruza en nuestro camino.  Pero también creo que es momento de hacer un alto y reflexionar que un cambio en nuestra actitud puede hacer la diferencia. “Lo cortés no quita lo valiente”, reza un antiguo refrán.  



Y es cierto, nosotros podemos aplicar también una prueba diariamente: intentemos sonreír, saludar, ceder el paso, abrir la puerta, agradecer, y podremos constatar el inmediato cambio en el otro, y, sin darse cuenta, los demás imitarán nuestro gesto.  

En nuestra ciudad podemos aplicarlo de muchas maneras, por ejemplo, cuando vayamos en el auto, respetemos el “uno a uno”; si cedemos el paso al coche que circule por la calle que haga esquina con la nuestra, automáticamente, el auto que venga detrás de nosotros hará lo mismo.  O bien, demos el paso a los peatones, el centro se torna complicado en las horas pico y las personas de a pie tienen que hacer malabares para poder cruzar la calle.  En caso contrario, si somos peatones, respetemos los cruces propios y los semáforos.

Pero si se trata de hablar de la casa, podemos aplicar estas mismas reglas que harán más fácil la convivencia con nuestros seres queridos, que muchas veces tienen que soportar nuestros malos humores.  ¡Qué diferentes serían nuestras relaciones si fuésemos más amables!

San Vicente de Paul decía: “se atrapan más moscas con una gota de miel que con un barril de hiel”.  Y es cierto.  A todos nos gusta que nos traten bien, por eso, los negocios exitosos deben en gran parte su popularidad al buen trato ofrecido a sus clientes, comenzando con el saludo y la sonrisa del empleado, pues una cara amable siempre rompe barreras.

Además, recordemos que la sonrisa nos distingue de los animales, creaturas de Dios que nos dan ejemplo de tolerancia y fidelidad.  No podemos ser menos que ellos.  ¿Queremos cambiar el mundo?, ¡empecemos con nosotros mismos!

La amabilidad, según el diccionario,  es la cualidad de ser amable, afectuoso o digno de ser amado. 

Pero también es sinónimo de caridad, que significa amor.  Por tanto, la amabilidad debe traducirse en obras de amor al prójimo, porque, como bien lo dice San Juan “el que dice que ama a Dios pero no ama a su prójimo, es un mentiroso”.

Empecemos ahora mismo a cambiar nuestro mundo.


 





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