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¿Por qué hay un altar en mi iglesia?
El altar es el centro de la iglesia y que, en realidad, el templo se edifica para altar.


Por: Javier Ordovàs | Fuente: Catholic.net




El primer altar hebreo que encontramos en la historia bíblica fue construido por Noé después de salir del arca (Gn 8, 20). La Biblia nos dice además que los primeros hombres hicieron sobre altares sacrificios de animales y ofrecimiento de frutos a Dios Creador: es el caso de Abel y Caín.


Más adelante fueron construidos altares por Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y Josué, la mayoría con fin sacrificial


Los sacrificios de la Antigua Ley eran una prefiguración del sacrificio de Jesús en el altar de la cruz; pero en sí eran imperfectos. Y por eso la carta a los hebreos afirma: “Pues es imposible que sangre de toros y machos cabríos borre pecados. Por eso, al entrar en este mundo (Cristo), dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro – a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Hb 10, 4-7).
Jesús, al ser verdadero Dios y verdadero hombre, es capaz de reconciliar definitivamente el hombre con Dios al ofrecer un sacrificio, por esto Él es sumo y eterno sacerdote. Pero Jesucristo, además de ser sacerdote también es la víctima y es el altar (Misal Romano, Prefacio pascual V).

 

De esta manera hay una relación directa e intrínseca entre mesa (altar) y cruz y, sobre los cuales está la víctima; conformando una unidad o una fusión entre Jesús y la cruz, entre Jesús y el altar.




La Iglesia  empleó los altares desde su origen para la celebración de la misa pero al principio debió servirse de mesas comunes de madera (aunque no exclusivamente), según afirman los historiadores y se infiere de las dos que se dicen fueron utilizadas por San Pedro en Roma. En el siglo III, si no antes y sin abandonar del todo los usos originales, se constituyó el altar con el sepulcro de algún mártir, colocando encima de él una gran lápida a modo de mesa.


Fue a partir del siglo IV cuando los altares empezaron a colocarse en el ábside del templo. Más tarde, hacia el siglo XII, el altar permanecía inamovible, y para su confección se usaba tanto la piedra como el mármol u otros materiales nobles. Generalmente, el altar cubría un sepulcro sellado que contenía las reliquias de los mártires.


Los altares tenían que tener siempre, en el lugar en el que se guardaban la hostia o el cáliz, una piedra de consagración (el ara), que habitualmente se colocaba en el centro del altar, generalmente embutida en su tablero, para la celebración de la Eucaristía.
Los altares mayores están decorados, generalmente, con retablos más o menos elaborados, según el estilo arquitectónico de cada época.


Se quema incienso sobre el altar para significar que el sacrificio de Cristo sube hasta Dios como suave aroma y también para expresar que las oraciones de los fieles llegan a Dios.
El revestimiento del altar con un mantel indica que se convierte en ara (piedra sagrada) del sacrificio eucarístico y al mismo tiempo la mesa del Señor.

Se ilumina el altar para mostrar que Cristo es la “luz para alumbrar a las naciones”.
También se saluda al altar en diversas ocasiones, o cuando se pasa delante de él, ya sea para trasladarse en el templo, proclamar alguna lectura bíblica, etc.
Besan el altar los sacerdotes y diáconos al comenzar la celebración litúrgica, y al finalizar.

 



Todo esto nos hace ver que el altar es el centro de la iglesia y que, en realidad, el templo se edifica para altar. Tanto los púlpitos, cuando los había, como los atriles para la liturgia de la palabra, son secundarios respecto al altar que ocupa el centro de la liturgia que es la Eucaristía.
 
Si estamos conectados con esa Piedra (Cristo),  ese altar, con los apóstoles y con sus sucesores a través de los siglos, podemos tener la seguridad de que estamos en la Iglesia que Cristo quiso fundar.





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