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Jesús hablaba del templo de su cuerpo
La casa de Dios, el mismo Jesús, la Iglesia y la persona de cada uno de nosotros. ¿La hemos conservado como casa de Dios?


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12: “Vi salir agua del templo: era agua que daba vida y fertilidad”

Salmo 45: “Un río alegra a la ciudad de Dios”

San Juan 2, 13-22: “Jesús hablaba del templo de su cuerpo”

 



La festividad de la dedicación de la Basílica de Letrán nos da la oportunidad de reflexionar en los diferentes sentidos que ha tomado la palabra “templo”, de mucha importancia para nuestra vida espiritual y comunitaria.

El pueblo de Israel tenía un solo templo y en él se congregaban todas las tribus, los pueblos y gentes de toda la nación. Era único y no solamente se apreciaba por su gran construcción sino se tenía como un signo verdadero de la presencia de Dios. A él debían acudir todos los Israelitas a presentar sus ofrendas y hacer sus oraciones y promesas. Así se percibe como una fuente de salvación en la primera lectura que nos ofrece hoy Ezequiel: del templo brota el agua viva que sostiene al pueblo.

Tanta importancia adquirió el templo que fue desplazando su verdadero sentido y se tornó en una fuente de poder tanto económico como político, manipulando su sentido religioso. San Juan nos narra los continuos enfrentamientos de Jesús con quienes ostentaban autoridad en el templo y sus críticas duras a las actitudes de quienes por una parte se aprovechaban del templo pero por otra lo desprestigiaban. La escena de este día nos muestra a Jesús expulsando a los mercaderes, volcando las mesas y recriminando a los vendedores de palomas la profanación que se ha hecho del templo al convertirlo en un mercado. Pero al mismo tiempo se presenta Cristo como el nuevo templo, desplazando el lugar de la presencia de Dios a su propia persona y, con otros pasajes, manifestándonos que a Dios se le puede encontrar en todo sitio donde se le adore en espíritu y verdad.

Así pues tenemos en Cristo un nuevo templo a dónde acudir para encontrarnos con Dios. Pero también nosotros somos templos de Dios y también en nosotros se hace presente. También para nosotros pueden ser las palabras de Jesús que hemos pervertido nuestro cuerpo y nuestra persona transformándolo en mercado cuando estaba destinado para ser casa de Dios. San Pedro en una de sus cartas nos dice que nosotros todos somos piedras vivas que hacemos la construcción de la casa de Dios, la Iglesia. Hoy reflexionemos en estos diferentes sentidos que puede tener la  palabra templo: la casa de Dios, el mismo Jesús, la Iglesia y la persona de cada uno de nosotros. ¿La hemos conservado como casa de Dios?







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