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Dichosos los que aman al Señor
Reflexión del evangelio de la misa del Sabado 11 de Noviembre de 2017

Jesús nos enseña que los bienes, el dinero, tienen una finalidad de servir, de ayudar y de aportar


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



San Martín de Tours
Romanos 16, 3-9. 16. 22-27: “Salúdense mutuamente con el saludo de paz”
Salmo 144: “Dichosos los que aman al Señor”
San Lucas 16, 9-15: “Si con el dinero, tan lleno de injusticias, no fueron fieles, ¿quién les confiará los bienes verdaderos?


Hoy escuchamos una serie de pequeñas afirmaciones de Jesús y de que cada una de ellas valdría la pena una profunda reflexión. Simplemente las enuncio y dejo a que cada uno de nosotros vaya sacando sus conclusiones. La primera sentencia, a primera vista, se nos presenta como  una contradicción con todo lo que ha predicado Jesús y parecería decirnos que es lícito hacer el bien con el dinero injusto. Pero todo lo contrario, sobre todo por lo que expresa después.

Nunca el dinero injusto puede limpiarse con aparentes obras de caridad. Las narcolimosnas no justifican a quienes las aportan. Se necesita un cambio sincero de corazón. Pero Jesús nos enseña que los bienes, el dinero, tienen una finalidad de servir, de ayudar y de aportar.

No de apoderarse del corazón. Si esas bagatelas nos entorpecen el corazón ¿cómo seremos fieles al predicar y vivir el Evangelio? Si no somos capaces de administrar el dinero, ¿cómo podremos administrar la Palabra? Si vendemos la verdad por unos pesos, ¿cómo podremos instaurar un mundo de justicia? Jesús afirma categóricamente que el dinero está reñido con la verdad y con la justicia. No se puede poner el corazón en las riquezas. No se puede servir a Dios y al dinero. El dinero, los bienes terrenales, tienen una carga social enorme pues pertenecen a toda la humanidad. Cuando los bienes son para hacer el bien, para crear comunidad, tienen su sentido. Cuando los bienes se adueñan del corazón y pervierten su finalidad,  se alejan del objetivo para el cual fueron creados.

Es duro decirlo, pero el dinero se apodera fácilmente del corazón y rompe la unidad, la fraternidad y el amor. Hay muchísimos ejemplos de personas que por unos pesos se han vendido, de familias que se han destruido en el pleito por las pertenencias, matrimonios que se desunen porque no encuentran el justo equilibrio a la hora de distribuir la economía. ¿Por qué será que el dinero nos pone una venda en los ojos?



Es cierto que se necesita y que gran parte de nuestra vida la gastamos para obtenerlo, pero si dejamos que sea la primacía en nuestra vida, acabará destruyéndonos. Pidamos hoy al Señor que nos dé la verdadera sabiduría para utilizar rectamente las pertenencias, para no dejar nuestro corazón atado a las riquezas y para dar a Dios su verdadero lugar.





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