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Aceite de esperanza; XXXII Domingo Ordinario
Reflexión del evangelio de la misa del Domingo 12 de noviembre 2017

¿Aguardo con ilusión y esperanza la Venida del Señor o estoy adormilado y frustrado?


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net



Lecturas:

Sabiduría 6, 12-16: “Encuentran la sabiduría aquellos que la buscan”

Salmo 62: “Señor, mi alma tiene sed de ti”

I Tesalonicenses 4, 13-18: “A los que mueren con Jesús, Dios los llevará con Él”

San Mateo 25, 1-13: “Ya viene el esposo, salgan a su encuentro”



Bastó una pequeña chispa para que todo volara por los aires. Simón, siempre alegre y confiado, siempre positivo y dicharachero, se había acostumbrado a “jugar” con fuego, fabricando preciosos castillos, atronadoras bombas, vistosos toritos, coloridos “cuetes”… “No le tengo miedo a la lumbre”. Así, descuidadamente, manipulaba los diferentes materiales para artísticamente asombrar a todos en cada fiesta. Pero bastó un pequeño descuido y su modesta casa explotó  y quedó completamente destruida. Heridos, un muerto y mucho dolor quedó en la familia. Él, quemado en casi todo su cuerpo, trata de reponerse física y emocionalmente en el camastro de un hospital. “La confianza mata”, me comenta al platicarme el suceso y tratando de esbozar una sonrisa, que queda en un mueca de dolor.

¿Cómo hacer entender la importancia del Reino y la urgencia de estar atentos a su llegada? Una fiesta de bodas es un tema de los favoritos de Jesús. Entiende el Reino de los Cielos siempre como la plenitud del amor y como la participación de la alegría. Y no es difícil imaginarnos que esa boda podría significar los desposorios del Dios Amante con su pueblo, la novia esperada. Siempre Jesús hablándonos del amor y siempre invitándonos a la participación de esa fiesta plena. Pero esta parábola además entra en el ambiente de la polémica y de la provocación. Jesús sigue recriminando a los escribas y fariseos su inconstancia y falta de coherencia en la búsqueda de Dios. Ellos que habían sido invitados los primeros, ellos que tenían en sus manos las lámparas encendidas, ahora se ven rechazados porque no han tenido en sus lámparas el aceite de la fe, de la misericordia y de la fraternidad. Se han olvidado de lo más importante y se han llenado sólo de apariencias y de vanagloria. A muchos estudiosos les llama la atención que no se recrimine a las vírgenes prudentes su egoísmo al no querer dar un poco de su aceite a las que carecían de él. La llamada y la respuesta tienen primeramente un sentido personal. Dios nos llama a su amor de una manera tan personal, tan concreta, que nadie puede responder por nosotros. La respuesta no sólo debe ser de un momento sino siempre será actual y actualizada. Como el amor, no basta haber dicho alguna vez “te quiero”, se debe manifestar en palabras y obras a cada momento. Ese es el pecado de los fariseos: creerse ya salvados. ¿Será también nuestro pecado?

El discípulo es el hombre de la alerta y la espera. Al describirnos el Reino de Dios como una de las fiestas más alegres y participativas, quedar excluidos es perder lo más importante. El relato de las vírgenes nos mete en un ambiente de crisis que los oyentes captarían fácilmente como una llamada de atención para no perder la oportunidad de participar en la gran fiesta del Reino. En estos relatos de la Venida del Hijo siempre encontramos una doble intención: contemplan al mismo tiempo el presente y el futuro: “estén atentos, vigilen, no saben a qué hora va a venir…” pero con una mirada al futuro. La futura venida compromete la vida actual. Es hoy cuando se preparan los cambios del mañana. La actualidad engendra el futuro. La lectura de los textos de este domingo requiere esta doble atención. Jesús vendrá: mantengamos los ojos fijos en esta venida; pero también Jesús viene hoy: estemos atentos y preparados para acogerlo. Para San Mateo, estar preparado significa escuchar y poner en práctica las palabras de Jesús hoy. Significa estar siempre renovando “el aceite” del amor y del servicio. ¡Qué diferente de las actitudes altaneras de seguridad que a veces manifestamos! El aceite del amor de Jesús es siempre inquietud, siempre es búsqueda y es siempre atención. Se puede llegar al cansancio y quedarse dormidos, pero no se permite el adormilamiento ni la pasividad. No se permiten la indiferencia ni la dejadez.

¿Por qué condenar a las jóvenes adormiladas si estuvieron  esperando toda la noche? Parecería culpa del novio que retrasa su llegada, pero no es actitud evangélica calcular y acomodarse a situaciones sin la presencia del Señor. El peligro es doble, por una parte despreocuparse y darse a la buena vida, porque el Señor tarda; o por la otra, no tener la paciencia para esperar su venida. La vigilancia ha de ser continua. El amor, el servicio y la entrega no se improvisan, son actitudes que se asumen de por vida y nadie puede “llenar” nuestro corazón con el amor ajeno. Ya la primera lectura nos ponía en estado de búsqueda e inquietud para encontrarnos con la sabiduría.  Y se pedía un corazón digno de dejarse encontrar por ella, más que alcanzarla con las propias fuerzas, pues ella se encuentra sentada a la puerta de quien la busca sinceramente. Es muy bella esta descripción paradójica que nos hace el libro de la Sabiduría del encuentro del hombre y Dios; del hombre que vaga y se desvela por Quien ya lo ha encontrado,  y del hombre que encuentra a Aquel  que no cesa de buscarlo. Cuando nos estacionamos, cuando nos sentimos satisfechos y llenos de nosotros mismos, cuando nos saturamos de nuestros propios aceites, nadie puede llenar nuestros vacíos. Nos quedamos como lámparas inútiles, oscuras e inservibles, como lámparas sin luz.

Quien quiera encontrar en la parábola intenciones de infundir miedos y angustias, estará muy equivocado. La parábola nos propone la dinámica del encuentro festivo en el banquete de bodas. Hemos de abrirnos a la realidad del Dios de Jesús: un Dios alegre, que prepara un banquete para recibirnos, capaz de comprender nuestros cansancios, nuestros sueños y nuestras debilidades.  Quiere que nuestra felicidad sea siempre más grande en nuestro corazón y que la compartamos en la fiesta universal. Quien deja seca su lámpara o la llena de egoísmo, se autoexcluye él mismo de la fiesta.  No temamos las fatigas, el sueño, la frustración que siempre se dan en nuestras comunidades. Aprendamos a vivir en una espera vigilante, con el aceite del amor y del servicio en nuestras lámparas, con la ilusión dinámica de encontrarnos con el Señor. ¿Cuántas veces me dejo llevar por la indiferencia y la apatía? ¿Aguardo con ilusión y esperanza la Venida del Señor o estoy adormilado y frustrado? ¿En qué cosas prácticas de amor y servicio manifiesto que estoy esperando al Señor?



 

Padre Bueno, ilumina nuestro corazón con la luz de tu Espíritu para que con una esperanza dinámica y una vigilancia continua aguardemos la venida de tu Reino. Amén

 





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