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VII Congreso mundial de pastoral del turismo. Cancún 2012

El marco ético para el desarrollo responsable del turismo
El mundo del turismo, amplio y complejo, no puede desatender la ética y tratarla como una excepción anómala


Por: Dr. Norberto Tonini. Miembro del Comité Mundial de Ética del Turismo (OMT) | Fuente: VII Congreso mundial de pastoral del turismo



En una época como la nuestra, caracterizada por una cultura empresarial agresiva y sin escrúpulos, en la que el éxito de una empresa se mide por el beneficio inmediato o por la cotización de acciones en la bolsa, puede resultar paradójico hablar de “Turismo Ético”, pero en realidad, es menos de lo que parece.

De hecho, durante los últimos años, en nuestra sociedad post-moderna, la cuestión ética está de nuevo en auge, y por lo tanto el mundo del turismo, amplio y complejo, no puede desatenderla y tratarla como una excepción anómala.

Aún más, cuando ya se ha determinado con unanimidad que el crecimiento exponencial del turismo de masa, que se produjo a partir de la segunda mitad del siglo pasado, generando aspectos tanto negativos como positivos, influyó profundamente en los ritmos y en las vidas de comunidades enteras, mutando sustancialmente los comportamientos socio-culturales y los escenarios de referencia. En otras palabras, sabemos que el turismo es un componente importante, es más podríamos afirmar que es el principal componente de la economía mundial; las actuales modalidades de producción de los servicios turísticos poseen, en efecto, todas las características de una gran industria moderna, una industria que opera en el corazón de la globalización y que incide profundamente en el comportamiento de los mercados y en la balanza de pagos de muchos países, tanto de aquellos que poseen una clara vocación turística, como de los países en vías de desarrollo, en los que las actividades turísticas representan su principal fuente de ingresos.

Sin embargo, no podemos ni debemos olvidar que las actividades turísticas pueden desempeñar una importante función de desarrollo territorial, de crecimiento cultural y de promoción humana.

Los cambios sustanciales a los que he aludido, han llevado a las organizaciones internacionales, a las empresas y a los numerosos agentes que operan en el sector turístico, a interrogarse sobre los valores reales que están en juego, sobre los impactos, a menudo devastadores, de un desarrollo económico y medioambiental incontrolado, sobre el papel de los intermediarios y, por último, pero no por ello menos importante, sobre la calidad de las relaciones entre el exceso de visitantes y las poblaciones visitadas.



En especial, estas últimas esgrimen razones sólidas acerca de la necesidad de una mayor equidad en las relaciones contractuales de todas las partes interesadas y, por consiguiente, una distribución más justa de los beneficios generados por las actividades turísticas que se llevan a cabo en sus territorios.

Como consecuencia lógica de lo que he expuesto anteriormente, algunos organismos nacionales e internacionales han decidido abordar enérgicamente la “cuestión ética del turismo”, adoptando declaraciones, normas deontológicas, documentos y códigos éticos, todos ellos dirigidos a orientar correctamente el ejercicio y el desarrollo de la actividad turística.

El más influyente de estos documentos es, sin lugar a dudas, el Código Ético Mundial para el Turismo, aprobado en Santiago de Chile, el 1 de octubre de 1999, por la Asamblea General de la Organización Mundial del Turismo, y adoptado solemnemente, en 2001, por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Este importante documento, con su Preámbulo y con sus diez artículos, invita a los Gobiernos nacionales y locales, a las Empresas y a los Operadores del sector, así como a las Comunidades de acogida, a considerar el turismo no sólo como una actividad económica importante, sino también como una gran oportunidad para constituir un instrumento privilegiado para el desarrollo personal y colectivo de toda la humanidad.

Queriendo entrar en un primer y rápido análisis de los contenidos del Código, ciñéndonos a lo esencial, podríamos afirmar que el turismo, actividad asociada al descanso y al tiempo libre, pero concebida y practicada como un instrumento privilegiado para el crecimiento personal y colectivo, se presenta como un “derecho para todos” (art. 7 ). Es necesario animarlo, apoyarlo y desarrollarlo, al fin de generar todos sus efectos beneficiosos, respetando los derechos de los turistas, pero al mismo tiempo, los de los trabajadores y sobre todo aquellos de las poblaciones visitadas (art. 5 y art. 9).



El Turismo debe ser respetuoso con la cultura, las tradiciones y el patrimonio medioambiental de las Comunidades Locales, y debe ser promovido y desarrollado “en la perspectiva de un crecimiento saneado, constante y sostenible” (art. 3.1). Por consiguiente, es necesario condenar aquellas prácticas que explotan a los seres humanos (véase el turismo sexual o la explotación del trabajo infantil) y aquellas acciones que dañen el patrimonio cultural y medioambiental (art. 2.3 y 4.2). Sin embargo, es necesario promover todas aquellas acciones que puedan contribuir a transformar el turismo en “un factor insustituible de autoeducación, tolerancia mutua y aprendizaje de las legítimas diferencias entre pueblos y culturas y de su diversidad” (art. 2.1).

Merece la pena recordar aquí que Juan Pablo II, con ocasión de la XXII Jornada Mundial del Turismo de 2001, cuyo lema era: “El turismo instrumento al servicio de la paz y del diálogo entre las civilizaciones”, refiriéndose a los contenidos del Código Ético Mundial para el Turismo, invitó a los creyentes a reflexionar sobre los aspectos positivos y negativos del turismo, para testimoniar de manera eficaz su fe en este contexto tan importante en la sociedad actual. La exhortación del Santo Padre, orientada a que: “Nadie ceda a la tentación de hacer del tiempo libre un tiempo de ‘reposo de los valores’”, invitando a los trabajadores de este sector al obligado empeño de “promover una ética del turismo”, afirmando que: “En este contexto, es digno de atención el "Código ético mundial para el turismo", que representa la convergencia de una amplia reflexión realizada por las naciones, por varias asociaciones del turismo y por la Organización Mundial del Turismo (OMT)”.

Más recientemente, y en un marco mucho más amplio, la “cuestión ética” fue abordada por Benedicto XVI con la publicación de su Encíclica “Caritas in Veritate”. El importante documento pontificio, dirigido no sólo a los creyentes, sino también a todos los hombres de buena voluntad, tiene como objetivo, a través de una clara evaluación de 360 grados, el desarrollo humano integral inspirado en los valores de la Caridad y de la Verdad. Dado que el texto trata de manera extensa cuestiones como la globalización, la sostenibilidad, la solidaridad, el respeto a las culturas, la protección y la valorización de los recursos medioambientales y, por último, pero no por ello menos importante, una correcta y ecuánime distribución de las riquezas generadas por el turismo internacional, considero útil para la finalidad de nuestro encuentro señalar la importancia global y no sólo de algunos episodios especialmente significativos.

Por consiguiente, he aquí las razones, sintetizadas, que a mi juicio deben aviar una reflexión atenta sobre las principales cuestiones éticas que conciernen e implican el fenómeno turístico, para luego confrontarnos con las mismas. Se trata de razones que me han llevado a investigar la posibilidad de identificar las coordenadas del valor de “otro turismo” y, por último, que me han llevado a evidenciar las dificultades que se deben superar para que “su majestad el turismo” pueda realmente presentarse como una actividad económica, social y cultural relevante, un factor importante en el desarrollo sostenible, en la cohesión social, en la solidaridad y en la promoción humana.


1. ¿Libres de irnos de vacaciones?

Las vacaciones, actividad turística por excelencia, evoca desde siempre la idea de libertad, de relax, de vida sana, de alegría, de bienestar, pero nosotros sabemos muy bien que para alcanzar estos resultados es necesario que aquellos que están a punto de marcharse sepan ser los verdaderos protagonistas, incluso diríamos “los guionistas” de sus vacaciones. A este punto, surgen de manera espontánea y lógica algunas preguntas: ¿dónde irán?, ¿qué recibirán? y ¿qué sabrán ofrecer los millones de turistas que, a pesar de todo, también este año dejarán sus hogares para marcharse de vacaciones? ¿Crecerán en humanidad? ¿Conseguirán regenerarse física y espiritualmente? ¿Sabrán descubrir el sabor del vivir la belleza y la riqueza de la tierra, el sentido de lo sagrado innato en la naturaleza, el valor de la contemplación, la llamada de la solidaridad?

O bien, ¿se dejarán sugestionar por el espejismo de los destinos de moda, por las invitaciones hacia evasiones fáciles y superficiales? ¿Se encontrarán a sí mismos y a los demás, o se perderán siguiendo metas prefabricadas en función de intereses mercantiles? He aquí expuestas las preguntas y los motivos fundamentales que me han animado en el pasado, y que siguen haciéndolo en el presente, a reflexionar sobre los valores de la experiencia turística y a ofrecer algunas sugerencias simples para transformar las vacaciones en un momento regenerador y fecundo, convencido de que no se deben vivir de cualquier manera, sino que necesitamos un alma: un alma que las justifique, las vivifique, las enriquezca.

Bajo esta óptica no creo que sea suficiente, ni satisfactorio, refugiarse en “exigencias de descanso” superficiales y genéricas, compartiendo plenamente que el tiempo de las vacaciones – tal y como afirma Juan Pablo II – nunca deba coincidir con el tiempo del “reposo de los valores”. Al fin de satisfacer mejor necesidades más auténticas, será oportuno practicar el turismo y vivir las vacaciones esencialmente para: - Incrementar sus conocimientos y establecer nuevas relaciones de amistad, mediante un intercambio de experiencias, sobre todo entre los jóvenes. - recuperar una relación con la naturaleza y con las maravillas de la creación, relación que es imposible debido a las condiciones de vida de nuestras ciudades, cada vez más caóticas y deshumanizantes; - restablecer los vínculos con el territorio y con la memoria del pasado, a través de visitas y estancias en lugares menos conocidos y anunciados, lejos de los grandes flujos turísticos tradicionales, donde los legados antiguos todavía no están en peligro; - compartir experiencias de profundización y de enriquecimiento cultural, privilegiando aquellas estancias en localidades importantes por su patrimonio histórico, cultural y espiritual; - regenerar nuestro cuerpo practicando una actividad física sana, pero también regenerar nuestra alma, redescubriendo nuestra capacidad de escuchar y de introspección, gracias a momentos de meditación y de silencio: un silencio que lleva a la oración y que en ella encuentra sentido.


2. Un derecho para todos y no un privilegio de unos pocos

Si tal y como se ha afirmado, es cierto que el poder viajar y el tener la posibilidad de concederse unas vacaciones, es el derecho de todos y no sólo el privilegio de unos pocos (y no se puede subestimar que en ámbito internacional todavía existe una inmensa mayoría de la población mundial que no está en condiciones de marcharse de vacaciones), será necesario dar oxígeno y margen de acción a los principales centros de elaboración y de fomento del Turismo Social, Sostenible y Solidario, es decir, a las Asociaciones y a las formas de cooperación solidaria que se están consolidando gradualmente en el sector.

Éste es un objetivo que debemos perseguir con tenacidad y convicción, especialmente aquellos que están llamados a operar en el ámbito de la Pastoral del Turismo. Me refiero, en particular, a aquellas experiencias cuya función social de interés nacional e internacional debe ser reconocida y protegida, también en base a lo que se recoge en el artículo 7 del Código Ético Mundial para el Turismo, en el que se afirma, entre otras cosas, que: “Con el apoyo de las autoridades públicas, se desarrollará el turismo social, en particular el turismo asociativo, que permite el acceso de la mayoría de los ciudadanos al ocio, a los viajes y a las vacaciones”, y que: “Se fomentará y se facilitará el turismo de las familias, de los jóvenes y de los estudiantes, de las personas mayores y de las que padecen minusvalías”.

Son precisamente estas afirmaciones las que confirman mi profunda convicción, es decir, que las experiencias asociativas de base, inspiradas en los valores de la Sociabilidad, la Sostenibilidad y la Solidaridad, constituyen ocasiones privilegiadas de crecimiento cultural, de maduración civil y de promoción humana para toda la sociedad. Sociabilidad, Sostenibilidad y Solidaridad constituyen, por lo tanto, los cimientos sobre los que construir el nuevo Turismo Social, lo que en varias ocasiones hemos definido como “Turismo del Desarrollo”, un Turismo que privilegia la calidad con respecto a la cantidad, y la colaboración con respecto a la conflictividad. Un turismo no sólo “para todos” porque es Social, sino también “de todos”, porque es Sostenible, y “con todos” porque es Solidario, es decir, accesible, genuino, participado y auténticamente responsable y consciente.

Es bajo esta óptica que se confirman y se exaltan las grandes intuiciones – algunos las han considerado “proféticas” – la Declaración de Montreal, documento de importancia fundamental adoptado por el BITS, Bureau International du Tourisme Social (actualmente OITS), mediante el cual se proporciona una definición del fenómeno articulada, y se aclara el alcance real y la dimensión amplia del turismo social del siglo XXI. La Declaración, que no por casualidad muchos han definido como el “Manifiesto Internacional del nuevo Turismo Social”, es un documento que aquellos que están implicados en la promoción cultural, social y humana deberían conocer, difundir y valorizar, intentando sobre todo poner en práctica su principios fundamentales. Se trata de principios que coinciden con la visión cristiana del hombre y de la vida, y que por tanto, pueden ayudar a la Iglesia a llevar a cabo una acción pastoral más eficaz en este ámbito de creciente importancia estratégica en el que está llamada a actuar.

No creo que sea necesario que deba explicar minuciosamente el contenido de todos los artículos de la declaración, me limitaré únicamente a recordar los cuatro principios que redefinen el Turismo Social: - constructor de sociedad - factor de crecimiento económico - agente del orden territorial y del desarrollo local - socio en los programas de desarrollo mundial Es obvio que esto implica presentar nuevamente la validez sustancial de las actividades del Turismo Social, proyectándolas en pleno siglo XXI, y abriéndolas por tanto hacia nuevos espacios y nuevos horizontes de Solidaridad y de Sostenibilidad, hacia ese Turismo del Desarrollo en el que el hombre junto con sus intereses, sus expectativas, sus afanes y sus esperanzas, deberá ser siempre el centro del fenómeno.

El Turismo del Desarrollo, de hecho, puede y debe convertirse en el lugar en el que el hombre, gracias a las técnicas de acogida y de comunicación, de animación medioambiental y cultural, no sólo regenera su organismo, sino que se enriquece de conocimientos que no son efímeros ni superficiales, de otros contextos naturales, de otros pueblos, de otras historias y de otros patrimonios culturales. Todos nosotros debemos reconocer que en muchas realidades un desarrollo turístico “salvaje” ha tenido y sigue teniendo profundas repercusiones negativas, ya sea con respecto al medio ambiente natural, como al tejido social y cultural de las poblaciones locales, con resultados a veces devastadores.

Es precisamente para evitar la consolidación y la difusión de estas incidencias negativas que, mediante un proceso de maduración resoluto, a la vez que gradual, será necesario llegar a concebir, proyectar y realizar las numerosas iniciativas, no como una ocasión de simple diversión y de puro entretenimiento, sino como momentos emblemáticos para el crecimiento humano y cultural, para el compromiso civil y social, interaccionando en sintonía y en el ámbito de las Comunidades Locales. Dado que son precisamente las Comunidades Locales las realidades más sensibles a la valorización de las tradiciones y a la salvaguardia del patrimonio medioambiental y ecológico de sus territorios, se impone aquí una ulterior y puntual referencia al Código Ético Mundial para el Turismo, y en particular al artículo 3: “El turismo factor de desarrollo sostenible”.

Con este artículo del Código, que merece ser examinado por entero, se afirma con toda claridad que: “Todos los agentes del desarrollo turístico tienen el deber de salvaguardar el medio ambiente y los recursos naturales, en la perspectiva de un crecimiento económico saneado, constante y sostenible, que sea capaz de satisfacer equitativamente las necesidades y aspiraciones de las generaciones presentes y futuras; Las autoridades públicas nacionales, regionales y locales favorecerán e incentivarán todas las modalidades de desarrollo turístico que permitan ahorrar recursos naturales escasos y valiosos, en particular el agua y la energía, y evitar en lo posible la producción de desechos; Se procurará distribuir en el tiempo y en el espacio los movimientos de turistas y visitantes, en particular por medio de las vacaciones pagadas y de las vacaciones escolares, y equilibrar mejor la frecuentación, con el fin de reducir la presión que ejerce la actividad turística en el medio ambiente y de aumentar sus efectos beneficiosos en el sector turístico y en la economía local; Se concebirá la infraestructura y se programarán las actividades turísticas de forma que se proteja el patrimonio natural que constituyen los ecosistemas y la diversidad biológica, y que se preserven las especies en peligro de la fauna y de la flora silvestre.

Los agentes del desarrollo turístico, y en particular los profesionales del sector, deben admitir que se impongan limitaciones a sus actividades cuando éstas se ejerzan en espacios particularmente vulnerables: regiones desérticas, polares o de alta montaña, litorales, selvas tropicales o zonas húmedas, que sean idóneos para la creación de parques naturales o reservas protegidas; El turismo de naturaleza y el ecoturismo se reconocen como formas de turismo particularmente enriquecedoras y valorizadoras, siempre que respeten el patrimonio natural y la población local y se ajusten a la capacidad de ocupación de los lugares turísticos”.


3. Un aspecto a menudo descuidado

Al compartir plenamente el contenido del artículo 3 del Código apenas examinado, querría aprovechar esta oportunidad para llamar la atención sobre un aspecto a menudo descuidado o, al menos, poco considerado. Me gustaría, en otras palabras, que todos nosotros tuviéramos bien presente que existe una cuestión ética que concierne a la relación entre el hombre, el medio ambiente y la naturaleza, una cuestión que, si se aborda correctamente, supera la concepción histórica de esta relación, convirtiendo al hombre en guardián del medio ambiente y no en su dominador.

Desde mi punto de vista, se trata de un aspecto importante que el mundo católico, a pesar de la noble y formidable tradición franciscana, a menudo olvida o subestima. Me refiero a la necesidad, que durante los últimos años se ha convertido en urgente, de reconocer y apoyar con convicción, que a través de una relación correcta con la creación se puede llegar a comprender con mayor facilidad la existencia del Creador. Es en este contexto que se puede y se debe desarrollar la acción pastoral de la Iglesia, también ayudando y apoyando la labor de las Asociaciones de inspiración cristiana que se ocupan del Turismo Social y Juvenil, prestando cada vez mayor atención a las cuestiones relacionadas con la protección y la valorización del patrimonio ecológico-ambiental, según los principios de un desarrollo sostenible.

Los instrumentos y las referencias culturales son numerosas: de hecho, hoy día esta laguna ha sido ampliamente colmada gracias a las intervenciones de Benedicto XVI, quien también retomando, destacando y evidenciando mejor algunos pasajes de sus predecesores, ha querido aclarar este tema tan complejo, integrándose, con extrema eficacia y con referencias inteligentes, en el debate actual. Con la promulgación de la “Caritas in Veritate”, anteriormente citada, Benedicto XVI nos proporciona una visión amplia y clara de la relación, correcta y responsable, que se debe establecer entre el hombre y el medio ambiente. En mi opinión, los contenidos de los párrafos 48, 49 y 50 de la Encíclica constituyen las grandes coordenadas de los valores de la Doctrina Social Cristiana en materia de medio ambiente, y confieren a la misma una visión moderna y original, caracterizándola, al mismo tiempo, con una envergadura de gran actualidad, recordando que el pensamiento y la enseñanza del Santo Padre se dirige a los creyentes, pero desea también confrontarse y dialogar con todos los hombres de buena voluntad.


4. Ética del turismo y ética de la empresa

Antes de dar lectura a las conclusiones quisiera abordar una última cuestión, reflexionando juntos sobre el hecho de que la actividad turística, si se presenta como una actividad de descubrimiento y de encuentro de culturas, promotora del crecimiento y del desarrollo de las personas bajo diferentes aspectos, no debe reservarse únicamente para una pequeña élite.

Por el contrario, debe ser accesible a todo el mundo. En mi opinión, de hecho, la idea misma del encuentro de las culturas, junto con la de un desarrollo económico duradero y de un crecimiento en términos de cohesión social, implican la adopción de algunos valores sobre los que construir las principales normas de conducta. Por eso, el respeto recíproco, la tolerancia, la solidaridad, la distribución equitativa de los beneficios, la no-discriminación de los agentes implicados y la garantía de una sustancial libertad de movimiento, de acción, de pensamiento y de credo religioso, deben ser el centro de la experiencia turística, tanto para el que viaja como para el que acoge. Desde esta perspectiva, el mundo de las empresas turísticas ha iniciado a plantearse la validez, a largo plazo, de las políticas económicas aplicadas, los procesos de toma de decisiones adoptados y las modalidades de gestión y, por consiguiente, se han desarrollado gradualmente formas de economía social y de responsabilidad social de empresa.

Sin embargo, es evidente que no todos los empresarios y los operadores del sector se han planteado seriamente estos problemas y que, en consecuencia, no todos comparten dicha visión. En realidad, son numerosos – a mi juicio todavía constituyen la gran mayoría – aquellos que no se preocupan mínimamente por estos asuntos y por estas cuestiones éticas; para ellos “el mundo de los negocios debe estar sujeto únicamente a la ley del beneficio, y por lo tanto está exento de cualquier solicitud de carácter ético”.

Así pues, es evidente que en un contexto de mundialización y de competencia extrema, gran parte de las empresas no comparten ciertos valores, por el contrario, son bastante propensas a seguir la teoría fría de Milton Friedman, quien afirmaba que: “¡La única responsabilidad social de la empresa es aumentar sus beneficios!” Sin embargo, y desde mi punto de vista, gracias a Dios, son cada vez más numerosas las empresas, incluso aquellas más famosas y éxitosas, que afirman estar dispuestas a ir más allá de la optimización de los beneficios, más allá de las obligaciones vinculantes de carácter económico o legal, para tener en cuenta las repercusiones que su forma de actuar podrían tener en los trabajadores, en su clientela y también en las Comunidades Locales en las que se han instalado y operan.

En otras palabras, creo poder decir que estamos frente a una creciente concienciación de que el verdadero progreso económico, y sobre todo el crecimiento económico equilibrado y prolongado en el tiempo, se alcanzan gracias a objetivos a largo plazo, que son al mismo tiempo objetivos económicos y sociales, que promueven la producción de bienes, así como la de servicios, que respetan los derechos de los trabajadores y se basan en los recursos humanos que poseen y no en el capital. Y dicha concienciación fue ampliamente confirmada por la crisis que se produjo en la segunda mitad de 2008, crisis que se está prolongando con graves consecuencias hasta nuestros días, y que invita a toda la Comunidad Mundial a promover un replanteamiento profundo y sustancial, y en esto, una vez más, estamos en plena comunión con los principios y las indicaciones que encontramos en el número 40 de la “Caritas in Veritate”.

Por último, quisiera aclarar que lo que he defendido en mi intervención no se debe incluir en un proyecto cultural aséptico, sino que se debe traducir en acciones concretas, positivas y propositivas. Éste es el papel que corresponde a nuestro mundo eclesial; éste es un marco privilegiado en el que construir un diálogo fructífero entre la Iglesia y el Mundo, así como, éste es el espacio que puede y debe ser ocupado por las numerosas agregaciones laicales que operan en el mundo del turismo, inspirándose en la concepción humana y cristiana del mundo y de la vida.

Éste es el desafío que, junto con los numerosos agentes que promueven un turismo responsable y concienciado, que personalmente amo definir como “Turismo del Desarrollo”, estamos llamados a impulsar en nuestra época y en la sociedad del cinismo, del beneficio y del egoísmo.

Éste es el desafío que nace de nuestra concepción del turismo y del tiempo libre, y que nos ha llevado a emprender una camino arduo y difícil, pero al mismo tiempo, ésta es una elección que hemos construido con fatiga a lo largo de los años, y que esperamos pueda llevar a los operadores de turismo a avanzar por el camino deseado: “Del desarrollo del Turismo al Turismo del Desarrollo”.

En verdad, todos estos años ricos de experiencias, vividos en contacto directo con este mundo seductor y decepcionante al mismo tiempo, así como la plurianual participación activa en el Comité Mundial de Ética y en las más importantes realidades internacionales que se ocupan de turismo, con particular interés hacia aquellas de carácter ético, social y solidario, me sugieren adoptar una actitud de prudencia extrema. Sin embargo, quiero seguir creyendo en las numerosas positividades que existen en el fenómeno turístico, y aguardar por tanto a que los estudios, las profundizaciones y las actividades promovidas a lo largo de los años puedan, al menos en parte, animar a los empresarios, a los agentes y a todos los protagonistas del desarrollo turístico, a adoptar comportamientos éticos de mayor responsabilidad, solidaridad y concienciación, encaminados a promover un turismo para el hombre y para todos los hombres.







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