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Amistad, cariño,amor, ¿de verdad valen la pena?
Amar es un riesgo. Y muchos prefieren no correrlo.


Por: Roberto Allison Coronado L.C | Fuente: elblogdelafe.com



“¿De qué sirve crear una amistad profunda con alguien que voy a dejar de ver en 2 ó 3 años?” Fuerte pregunta ésta que un compañero mío me lanzó un día que por casualidad hablábamos de la amistad en la vida religiosa. Y tengo que confesar que me dejó pensando. Mi vida como legionario de Cristo me lleva a muchas mudanzas, cambios y movimientos. Hoy uno está aquí en Roma, mañana de regreso a México, en un año a Brasil. Rostros nuevos, caras desconocidas, miles de nombres por aprender (¡lo más difícil para mí!). Y lo más doloroso: las despedidas… Varias veces con un gran abrazo he tenido que decir adiós a amigos con los que había compartido tanto y había formado ya una verdadera amistad. Siempre en una mezcla extraña de alegría y tristeza. Alegría porque da gusto que un amigo siga adelante una nueva etapa de su vida. Y tristeza porque sólo Dios sabe si lo volveré a ver algún día.

Ante un panorama así, la pregunta no es tonta. ¿Vale la pena dejar el corazón en una amistad así de breve y mortecina? ¿Para qué crear una herida tan dolorosa por un precio tan bajo?

Y si elevamos estas preguntas a un nivel más alto, surge una crisis mayor: ¿Acaso las amistades duran por siempre? ¿Existe algún amor eterno?

Vienen a mi mente las imágenes de tantas mujeres viudas que lloran en silencio la muerte de sus amadísimos esposos, madres que gimen desconsoladas por el asesinato de su hijo inocente, chavos que no aceptan que su amigo haya muerto en un accidente. Si amar comporta tanto sufrimiento, ¿por qué entonces, nos auto-herimos tanto?¿Qué sentido tiene todo el amor, el cariño, la amistad si todo termina en un cadáver bajo la tierra?

Estamos frente a un dilema. Por un lado, se nos pone en frente la opción por una vida de entrega, de donación y de servicio, aunque sangre el alma. O una vida cerrada, egocéntrica, cómoda, con el corazón intacto, nuevecito, pero a causa de su inactividad. Dos caminos que alguna vez se nos han presentado con toda claridad. Es, en fin, la opción entre el amor y el egoísmo.



Esto va en contra de nuestra idea de ver el amor como una cosa sencilla, sentimental, pero ¿quién dijo que el amor era fácil? Optar por amar conlleva dudas, dolor y sacrificio.

 Amar es un riesgo. Y muchos prefieren no correrlo.

De aquí surge la desconfianza que tiene el hombre contemporáneo hacia cualquier forma de amor definitivo. Cuando uno ha visto tantos fracasos y divorcios, experimentado tanta vileza y sufrido traiciones y heridas, surge un cierto recelo, por no decir repugnancia, hacia cualquier manifestación de amor. Preferimos entonces la seguridad y huimos del dolor. Decidimos, al final, querer de un modo parcial, a temporadas.

Pero esta decisión es un engaño. Es imposible vivir así. Hemos nacido para entregarnos, para darnos al otro, para hacer feliz a alguien más. Esto es algo que lo experimentamos todos los días. Elegir una vida de amor a medias se convierte en una traición a nuestra vocación de ser hombres. Una renuncia a ser feliz. Al final el resultado es irrevocable: dejar de amar para no sufrir, termina convirtiéndose en un sufrimiento por no poder amar.

Amor. Egoísmo. Creo que la vida de cualquier hombre se puede clasificar de acuerdo a cuál de estos valores rigen su vida. Elegir por un sufrimiento amante termina siendo una muerte vital y escoger una indiferencia asfixiante se vuelve una vida mortal.



Bien lo decía Jesucristo: “Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida, la encontrará.” (Mt 16, 25)

Y cuando sientas que tu corazón se deshace de dolor por las heridas, cuando sientas que ya no puedes más, que el amor ya no vale la pena, alza la vista al Crucificado, mira ese corazón traspasado por una lanza. Date cuenta que Dios eligió libremente amar hasta el dolor, hasta el extremo. Hasta tal punto que, incluso en la resurrección quiso conservar las heridas, heridas ganadas por el amor que nos tuvo, por un amor libre y total.

Entonces el amor, el cariño, la amistad, ¿de verdad valen la pena? Creo que esto no es una cosa que se deba pensar tanto. Más bien, hay que vivirlo. Hay que optar por amar. Es una cuestión de entrega, de la voluntad, no de sentimientos ni de teoría abstracta. Y tú, ¿qué decides?





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