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Ha hecho cosas grandes el que todo lo puede
Un Dios que cumple sus promesas y que se acuerda siempre de su misericordia


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



I Samuel 1, 24-28: “Ana dio gracias por el nacimiento de Samuel”

Salmo I Samuel 2: “Mi corazón se alegra en Dios mi salvador”

San Lucas 1, 46-56: “Ha hecho cosas grandes el que todo lo puede”

 

Hay días en que toda la liturgia con sus lecturas, salmo y antífonas, tienen un tinte de alegría y gozo. Hoy se nos presentan así. Desde la primera lectura, el libro de Samuel nos pone a contemplar a Ana que da gracias a Dios porque escuchó su ruego. A la que era estéril le ha florecido un hijo y quiere ofrecerlo al Señor. En el salmo recitamos su mismo cántico, compuesto de oraciones bellas que retoma de la sabiduría hebrea, las hace propias y pronuncia con exaltación su alabanza al Señor.



En el evangelio de Lucas encontramos el cántico de alabanza que entona María. Ese cántico que es conocido por todas las generaciones como el Magnificat y que expresa todo el pensamiento de un pueblo que se sabe amado, protegido y rescatado por Dios. En labios de María se hace más comprensible esta alabanza ya que ha mirado a la pequeña, a la sencilla. A lo largo del cántico se nos muestra la manera de actuar del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Un Dios que cumple sus promesas y que se acuerda siempre de su misericordia, un Dios que no teme a los poderosos sino que trastoca sus planes, un Dios que se hace cercano y acompaña a su pueblo.

Este bello cántico resume toda la teología de un pueblo que se siente acompañado de su Dios: Dios libertador, Dios misericordioso, Dios salvador.  La Iglesia también hace suyo y toma como propio este cántico. En estos días de Adviento, tan cercanos ya a la Navidad, también nosotros reconozcamos y alabemos a nuestro Dios.

También nosotros hemos sentido su misericordia y se ha hecho presente en medio de nosotros su salvación. También para nosotros ha sido la bendición que había prometido a Abraham y a su descendencia para siempre. Unámonos al cántico de María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador”

 







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