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Seis letras
Eres un puente a la eternidad.


Por: Phillip Brubeck | Fuente: Red de Comunicadores Católicos



Las seis letras de tu nombre muchas veces nos aterrorizan. Sí, te tenemos miedo, no queremos encontrarte; ni tarde ni temprano nos gustaría toparnos contigo en el camino, pero siempre estás ahí, más cerca de lo que podemos imaginar.

Desde que abrimos por primera vez los ojos, cuando la primera bocanada de aire infla nuestros pulmones, indefectiblemente ahí estás, aunque no sintamos tu presencia.

Dicen que cuando tu mano etérea toca la nuestra, proyecta ante nuestros ojos una luz blanca, potente, pero no encandila, es cálida, acogedora. Otros hablan de una rápida sucesión de los recuerdos en escenas como una película de sucesos importantes y detalles que habían caído en el olvido por habernos parecido triviales.

Tememos las seis letras de tu nombre porque nos recuerdas la indefensión de nuestra temporalidad. Cierto, no somos eternos aunque queremos serlo. Siempre estamos buscando la forma de trascender, de quedarnos en este mundo más tiempo del que debemos, por eso a nuestros hijos les ponemos el nombre nuestro; hacemos cosas para que siempre nos recuerden las futuras generaciones.

La cita contigo siempre es puntual.



En el momento exacto en que el Creador te envía para decirnos que nuestra misión en la tierra ha concluido. Para algunos es demasiado rápido, unas horas simplemente, mientras que para otros deben transcurrir muchos años. Casi siempre llegas de manera sorpresiva para cortar momentos de alegría, de grata convivencia entre los humanos, aunque también a muchos, con tu manto oscuro los vas cubriendo poco a poco para indicarles que su hora está próxima para acabar con sus sufrimientos.

A veces quisiéramos te llevaras a alguien indeseable, que por mucho tiempo hace un daño terrible a la gente con su maldad, para que dejemos de sufrir la crueldad de sus actos, pero no, no cumples nuestros deseos, simplemente lo dejas seguir moviéndose en el tiempo y el espacio. Al mismo tiempo, te despreciamos porque te llevas a gente inocente y bondadosa, que se dedica a transmitirnos el amor de una u otra manera. No entendemos a veces que los que se van es porque ya han realizado lo que les correspondía hacer, mientras que los que quedan, tienen algo pendiente de ejecutar o para quienes los que estamos con ellos los ayudemos a seguir en el viaje.

Eres un puente a la eternidad.

Así nos lo recuerda el Crucificado. Nos haces ver las diapositivas del pasado para evaluar nuestras acciones durante el tiempo de la vida. Nos permites ver la luz de la felicidad eterna que nos espera cuando hemos vivido con amor a nuestro prójimo.

Precisamente ahí está la trascendencia, en la bondad de nuestros actos; hacerlo todo por amor a Dios y a los hombres. Por eso siempre llevamos en el corazón la inocencia y la alegría del niño que se nos adelantó en el viaje; la caridad de una persona dedicada a aliviar el dolor ajeno; el amor de la madre; la protección del padre.



Las seis letras.

Es tu nombre la muerte, esas seis letras que nos indican el paso a la vida eterna, para gozar eternamente la presencia de Dios, donde la vida es realmente vida.





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