Menu



Reflexión del evangelio de la misa del Domingo 28 de enero 2018

Palabras y obras; IV Domingo Ordinario
Ante el dolor nos volvemos sordos y ciegos. Cristo no permite la esclavitud, el hambre, ni la indiferencia ante el dolor humano.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net



Lecturas:

Deuteronomio 18, 15-20: “Les daré un profeta y pondré mis palabras en su boca”

Salmo 94: “Señor, que no seamos sordos a tu voz”

I Corintios 7, 32-53: “El soltero y la soltera se preocupan de las cosas del Señor”

San Marcos 1, 21-28: “No enseñaba como los escribas, sino como quien tiene autoridad”



 

Nadie puede quedar indiferente ante los noticias que nos llegan desde Chiapas: conflictos graves entre Chenalhó y Chalchihuitán, hombres y mujeres, desplazados, amenazados, sufriendo hambre y frío. Algunos se han solidarizado buscando mitigar un poco su padecimiento y envían alimentos y vestidos. Pero ellos, agradecidos por el noble gesto, afirman que eso no es solución, que lo que piden es justicia. “Basta de palabras y declaraciones. Denos la paz que necesitamos”. No quieren migajas, piden justicia para poder conseguir sus propios alimentos y ser sujetos de su historia. Como ellos, los pobres de todas las latitudes exigen coherencia entre palabras y obras. Y nos retan a que afrontemos esta crisis con sentido de solidaridad y organizadamente, transformándola en una oportunidad para ser más humanos y más hermanos. “Los pobres nos pueden humanizar siempre que los veamos como hermanos y aprendamos de ellos”.  No se trata de dar una limosna para apaciguar nuestra conciencia, urge transformar estructuras injustas.

¿Cómo hace su presentación Jesús en sociedad? Después de su pregón anunciando la cercanía del Reino, San Marcos hoy nos lo describe dando sus primeros pasos y presentándose tanto delante de sus discípulos y personas sencillas como ante las autoridades religiosas y políticas que empiezan a descubrirlo. Esta primera escena  es colocada en Cafarnaúm, pequeña ciudad a orillas del lago de Galilea, cruce de culturas, punto fronterizo y cosmopolita, que llegará a ser especialmente entrañable al convertirse en el centro de sus operaciones. Nos presenta a Jesús resaltando dos aspectos que estarán íntimamente unidos en toda su vida: la predicación y la liberación de la enfermedad. Su enseñanza, bella y cercana, se ve confirmada por su acción, dos rasgos indisolubles que lo manifiestan como verdadero Mesías. Jesús no sólo dice palabras, sino que es la verdadera “Palabra” que libera y da vida. Recoge las promesas que encontramos en la primera lectura y se nos presenta como el verdadero profeta que revela los designios de Dios Padre. Sólo en Jesús encontramos la plenitud del profeta que es fiel a Dios y que es fiel al hombre. Sólo en Jesús encontramos la coherencia plena entre lo que predica y lo que obra. Confirma con su presencia que el Reino de Dios está cerca, pues es una realidad presente y operante en esta vida. No es un profeta de visiones ajenas al dolor del pueblo, se encarna en su sufrimiento y le da nueva vida.

Jesús anuncia la llegada del Reino y este anuncio va asociado directamente a la curación de los enfermos y la restauración de la vida. Las curaciones son signo que prueban la cercanía del Reino que se hace presente ya en la actualidad, interesándose por el ser humano en lo más básico y elemental: curación de todo achaque y enfermedad, devolviéndole la salud y la vida. No olvidemos que esta misma misión y estas mismas señales son las que identificarán a sus discípulos.

Nosotros hoy tendríamos que tener muy claro que no seremos verdaderos profetas si no luchamos por una vida integral para todos los hermanos. Lo que Jesús quiere de su comunidad de discípulos es que defiendan la vida y alivien el sufrimiento de todos los hermanos. Pero enfermos y endemoniados van estrechamente unidos, porque las expulsiones de demonios y las curaciones son cosa idéntica para el hombre judío. Los sufrimientos y los males en general se consideraban estrechamente ligados al demonio y a las fuerzas maléficas. El enfermo era no sólo una persona que sufría en su cuerpo, sino que además era juzgado como impuro y condenado por la sociedad. Y Jesús al hacer presente el Reino se interesa por la persona plena, en su salud, su dignidad y su vida entera. Todo mal y toda enfermedad esclavizan y atan a la persona, y Cristo viene a liberar a la persona íntegra. Así que no siempre serán exorcismos los que haga Jesús pero todos sus signos sí serán liberación del mal y de la opresión.



En nuestro siglo tan lleno de luces tenemos más miedo a las posesiones y buscamos más los exorcismos que una verdadera liberación del mal. Pero el demonio se nos mete en todos los ambientes y en todos los terrenos, hasta disimular su presencia con toques de heroísmo, dignidad o verdad. Quizás muchos digamos al igual que los demonios del hombre del Evangelio: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazareth?” O quizás nos hagamos los disimulados ante su palabra, y pasemos de largo ante las situaciones “diabólicas” de hambre y de injusticia que se viven actualmente. Ante el dolor nos volvemos sordos y ciegos. Cristo no permite ni la esclavitud, ni el hambre, ni la indiferencia ante el dolor humano. Calla a los demonios y libera a los hombres. No estará a gusto donde el hombre sea sometido por las fuerzas del mal, tengan el nombre que tengan: progreso, discriminación, autoritarismos, conveniencias. Cristo viene a liberar hoy, aquí, en medio de nosotros. Como cristianos que intentamos seguir a Jesús hemos de traducir este “milagro” a nuestro tiempo y circunstancias. El reto en nuestros días es hacer “milagros” que, al igual que el de Jesús, humanicen, dignifiquen y liberen. Necesitamos expulsar los demonios de la pobreza, la mentira y de la corrupción. Necesitamos sanar a nuestra sociedad de la ambición y del materialismo, necesitamos una lucha abierta contra las drogas y la violencia. Necesitamos rehabilitar al hombre y hacerlo nuevo. Estas serían las palabras de autoridad que cada uno de nosotros tendría que pronunciar  para proclamar que el Reino de Dios está entre nosotros.

Ciertamente la palabra de Jesús es exigente y descubre el corazón, pero es la única que nos dará la verdadera vida y libertad. Purifica y sana, pero hemos de abrirle el corazón. En este día pensemos: ¿cómo acogemos esta palabra de Jesús? ¿En qué forma ejercemos la autoridad? ¿Qué “milagros” hacemos que dignifican a las personas y hacen creíble la presencia del Reino en medio de nosotros? Sin temores, con sinceridad y audacia, porque Cristo está con nosotros.

Padre Bueno, concédenos acoger con un corazón abierto las palabras de tu Hijo y traducirlas en “milagros” que hagan creíble la presencia de su Reino en medio de nosotros. Amén

 







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |