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Qué agradable, Señor, es tu morada
El Dios de Jesús es el Dios del amor, de la interioridad, de la vida.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



San Pablo Miki y compañeros mártires
I Reyes 8, 22-23. 27-30: “Que noche y día estén tus ojos abiertos sobre este templo. Oye la súplica de tu pueblo, Israel”.
Salmo 83: “Qué agradable, Señor, es tu morada”
San Marcos 7, 1-13: “Ustedes anulan la palabra de Dios con las tradiciones de los hombres”

 

Conforme se acerca el día del amor y la amistad, voy escuchando la preocupación, sobre todo de los adolescentes, de qué regalo pueden dar. A uno de ellos le preguntaba si era muy importante el regalo o la persona a quien lo iba a dar, a lo que me respondió: “No, es solamente para salir del paso y no quedar mal”. ¿Cuántas cosas hacemos solamente para salir del paso? ¿Cuántos ritos, costumbres y ceremonias que van quedando huecos y sin sentido? Jesús desmonta el teatro de los escribas y fariseos que pretenden presentar el rostro de un Dios duro, justiciero y vengador, a quien hay que aplacar con sacrificios y abluciones… pero que en el fondo aprovechan esta imagen para enorgullecerse y beneficiarse dejando de lado lo importante.

No, el Dios de Jesús no es el dios del castigo ni de la compraventa, el Dios de Jesús no es el dios del comercio y de la conveniencia. El Dios de Jesús es el Dios del amor, de la interioridad, de la vida. Es el Dios, papá amoroso de todos los hombres y mujeres, que mira el corazón y no se queda en las superficialidades de la piel o de la impureza exterior. No, a Él no lo podemos “calmar” o comprar con nuestras dádivas y sacrificios: a Él no lo podremos engañar con perfumes y máscaras; Él prefiere el corazón sincero y limpio.

Nosotros estamos acostumbrados a vivir de exterioridades y nos preocupa mucho la apariencia de las cosas. Es fácil honrar a Dios con la boca, es hasta cierto punto, fácil, aparentar que seguimos sus caminos. Pero  hoy nos manifiesta Jesús que no le preocupan tanto las leyes o los preceptos, que es más importante la persona. Es triste comprobar que actualmente se manipulan las leyes, se condena a inocentes, las cárceles están llenas no de culpables sino de quienes no han podido defenderse…



La ley no defiende a la persona o se le manipula para los propios beneficios. Hoy Jesús nos invita a que descubramos el profundo sentido de una única ley que nos puede acercar a nuestro Dios: la ley del amor. Que dejemos a un lado los preceptos humanos y podamos descubrir qué es lo que Jesús espera de nosotros y podamos mirar este nuevo rostro de un Padre amoroso.





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