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La Religiosidad de las Hermandades de Gloria
Un cauce idóneo para vivir y compartir la fe en comunidad sin una preocupación excesiva por las actividades procesionales


Por: Carlos José Romero Mensaque | Fuente: www.rosarioensevilla.org



Hay una religiosidad profunda, llena de sensibilidades casi intangibles, de rezos callados que ungen corazones y calles, de humildad y sacrificio, de paciencia... Es esa poesía de la religión de la que escribe Bécquer ,que ve en lo pequeño la misteriosa presencia del Dios de los pobres y sencillos. Sevilla vive gracias a ella la devoción, sentimiento de encuentro indefinible que ilumina la fe en sus oscuridades cotidianas, encuentro de corazón a corazón con el Hijo Encarnado que sigue viviendo en el corazón de los hombres, gracias a que hubo una mujer, María, que quiso concebirlo en sus entrañas. Ella es desde entonces centro de esta religión cercana, sensible que constituye la esencia de las Glorias de Sevilla.

Para vivir y hacer vivir esta religiosidad nacieron las hermandades de Gloria. Desde los primeros tiempos del cristianismo aparece claramente constatado el asociacionismo devoto en torno a la Virgen María y en todas las poblaciones existe al menos una imagen de especial devoción, la Patrona, que cuenta con su hermandad de Gloria. Ciertamente no son hermandades de muchos hermanos ni, salvo algunas bien significativas, de especial relevancia social. En el caso de Sevilla, carecen del "tirón" de las de penitencia y la "movida" que genera el capillismo. Sólo parecen adquirir verdadera actividad en los días de sus cultos anuales y, sobre todo, en la Procesión de su imagen titular por las calles del barrio... pero no es menos cierto que muchas constituyen todo un paradigma de lo que supone ser cofrade como vocación infatigable en medio de las mayores dificultades, casi sin recursos... pues es en esas circunstancias cuando se fragua la grandeza de una hermandad y de sus hermanos.

En la conformación de la religiosidad barroca, siglos XVII y XVIII, estas hermandades eran las que marcaban el sentido devocional. Las advocaciones más populares: Rosario, Carmen, Divina Pastora... monopolizaban la vida cofrade no ya en las fechas concretas de la festividad de su Titular, sino en algo mucho más definitivo y cercano: la cotidianidad, el rezo diario, la visita a sus capillas , la devoción viva de un vecindario que sentía a su Virgen como algo tan unido a sus existencias que muchas corporaciones tuvieron su primitiva sede en sencillos retablos callejeros. Hay, pues, todo un sentimiento íntimo, de búsqueda de cercanía, de afecto sensible que apenas requiere sino formas sencillas de expresión religiosa.

El ejemplo por antonomasia es el de las hermandades del Rosario, erigidas la mayoría en torno al uso de los rosarios públicos que, sin duda alguna, ha supuesto el fenómeno más importante de la religiosidad popular de los sevillanos, comparable al actual "boom" de la Semana Santa y las cofradías penitenciales, pero con una gran diferencia, ya apuntada, la cotidianidad, el vivir día a día la hermandad activamente, pues los rosarios salían una y hasta tres veces en un mismo día y eso significaba mucho más que un rezo por las calles: estas hermandades de Gloria supieron aglutinar a los vecinos en torno a la religión, les hicieron tomar conciencia de comunidad a barrios marginales y, además, hacían sentir la cercanía de la Virgen, pues era Ella la que vivía en sus calles, compartiendo inquietudes, anhelos...

En los momentos de crisis de la religión en Sevilla, en diversos momentos del siglo XIX, cuando desaparecieron o atravesaron una grave decadencia las corporaciones penitenciales, estas hermandades mantuvieron el culto diario, soportando los intentos de racionalización utilitaria de la piedad popular por parte de los gobiernos y clero ilustrado y, lo más importante, creando una nueva estructura de la religiosidad sevillana adaptada a la creciente secularización que resquebrajaba la más aparente que real superestructura barroca de "régimen de cristiandad". Cuando no era posible vivir la cotidianidad extramuros de las iglesias y los retablos hubieron de desaparecer, se trasladaron a sus parroquias y conventos promoviendo unos cultos más centrados en la imagen titular, a la que el vecindario consideraba su Patrona y que una vez al año procesionaba solemnemente por las calles de la feligresía. Ciertamente todo ello supuso un desarraigo, pero pudo superarse un peligro concreto. Nació entonces una nueva devoción, más sentimental y estética que va a marcar la religiosidad contemporánea.

Podrían apuntarse casos concretos de esta importancia histórica de las hermandades de Gloria. El Rosario de San Gil era en el siglo XVIII una corporación muy integrada en su barrio y contaba igualmente con el respaldo del clero parroquial, que percibía la incidencia devocional en los esquemas pastorales y en aras de ello, se recomendó y ejecutó se agregase a ella la cofradía de la Esperanza que se encontraba en franca decadencia y difícilmente hubiera subsistido sola. De hecho, la vida de una corporación penitencial se centraba casi exclusivamente en la salida procesional en Semana Santa y así ha sido hasta fechas muy recientes.

Otro caso es el del Rosario de los Humeros, hermandad promovida por los vecinos de uno de los barrios más marginales de la ciudad que, con limosnas y sus propios brazos, edificaron una capilla extramuros que significó la presencia de la Iglesia en una vecindad muy difícil y distanciada de la parroquia y la posibilidad de la celebración eucarística cada domingo. Por último, las hermandades de la Divina Pastora, que supusieron un revulsivo a la religiosidad del XVIII y el cauce privilegiado para la pastoral de la Orden de los Capuchinos que junto a dominicos, franciscanos, jesuitas y carmelitas tanto significaron en la conformación de la religiosidad hispalense al igual que el propio clero secular.

En la actualidad, las hermandades de Gloria son testimonios vivos, como queda dicho, de la religiosidad del pueblo, de su génesis y conformación actual, pero a la vez siguen teniendo una misión importantísima en el ámbito cofrade: la de mostrar una actitud y una estética tan plenamente cristiana como la resurrección, la de hacer sentir que Cristo vive y está `presente en la vida del hombre, que lo podemos ver Niño, lleno de ilusión y esperanza en los brazos de su Madre, que su Gloria es la que los hombres, gracias a Él, pueden ya vivir si, siguiendo su ejemplo, aprenden a resucitar cada día de la muerte de la rutina y la indiferencia que les rodea. Pero no sólo cabe hablar de testimonios iconográficos ya que también es resurrección esa entrega por preservar la vida de una hermandad a diario, o el incentivo por la plena integración de la mujer en todas sus actividades, o la preocupación por la integración parroquial...

No son hermandades de segunda. Se puede ser cofrade viviendo su día a día. Es verdad que no resulta muy atractivo su mundo de humildad, sencillez y trabajo casi anónimo, que no genera intereses económicos, al contrario, que ha de soportar la incomprensión e insolidaridad de muchos cofrades... pero no es menos cierto que son un cauce idóneo para vivir y compartir la fe en comunidad sin una preocupación excesiva por las actividades procesionales, con un número de hermanos que permite el conocimiento y atención personalizada y una mejor integración en la pastoral parroquial.

Han sido quienes han marcado la religiosidad cofrade durante el Barroco, creando actitudes, estéticas y ámbitos abiertos que hoy en día perduran y desarrollan en otras hermandades como las penitenciales y sacramentales. Han perdido mucho de su pasado "esplendor" y de su arraigo popular, pero mantienen una referencia perenne de vida interior y de devoción. Y, sobre todo, constituyen un testimonio vivo de esa religiosidad auténtica, de silencios, de encuentro personal con la Trascendencia, que subyace en toda expresión externa y un signo de esperanza para potenciar cauces entre el mundo cofrade de acercamiento real a la pastoral de la Iglesia y al mismo tiempo de crear entre los hermanos un sentido de formación y caridad cristiana más allá de las apariencias estéticas y los intereses socio-económicos.
 

 

 





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