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Reflexión del evangelio de la misa del Domingo 18 de febrero 2018

Desierto: reconciliación y amor; I Domingo de Cuaresma
Cuaresma y desierto: despojarnos de todo lo exterior y presentarnos como realmente somos delante de Dios.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net



Lecturas:

Génesis 9, 8-15: “Pondré mi arco iris en el cielo como señal de mi alianza con la tierra”

Salmo 24: “Descúbrenos, Señor, tus caminos”

I Pedro 3, 18-22: “El agua del diluvio es un símbolo del bautismo que los salva”

San Marcos 1, 12-15: “Fue tentado por Satanás y los ángeles le servían”



 

Los campos, aún en Chiapas, lucen secos y tristes. Atrás ha quedado la exuberancia y los impresionantes matices del verde, para dar lugar a un paisaje semiárido, cubierto de polvo, lacerante de sol y de luz. “Es la cuaresma, padrecito. Es cuando no llueve  y nos da tiempo para quemar los desperdicios de las labores pasadas, sacar las espinas, limpiar de piedras los montes y preparar la tierra para la siembra” me comenta uno de los campesinos tojolabales que aprovechan este tiempo de sequía preparando sus semillas y disponiéndose a esperar las lluvias. No, para la mayoría de ellos cuaresma no significa los cuarenta días que van del miércoles de ceniza hasta la Pascua, sino este tiempo que se alarga en tediosa sequía, pobreza de alimentos y dureza de trabajos. Es la “cuaresma” que la naturaleza les propone para ir preparando el nuevo renacer, la nueva “resurrección” que vendrá con las lluvias, como señal de esa otra “cuaresma” del tiempo litúrgico que la Iglesia nos propone siguiendo el camino de Jesús.

En la tradición bíblica encontramos dos sentidos del desierto: por una parte es el lugar de purificación, de soledad, de recogimiento, que ayuda a un cambio interior. Por otra parte también se nos presenta como el lugar de reconciliación y de encuentro donde se lleva a la amada para demostrarle todo su amor. Cuaresma tendría estos dos profundos sentidos para cada uno de nosotros. Buscar un momento de silencio interior donde nos encontremos con nosotros mismos, donde podamos reconocer lo que hay en nuestro corazón, donde nos enfrentemos con nuestros propios temores… ¡Cómo cambiamos cuando nos encontramos con nosotros mismos! Hace poco me comentaba un amigo que, no habiéndose enfermado nunca de gravedad, no conocía lo que es estar en un hospital. Una de  sus experiencias más fuertes, fue cuando lo despojaron de sus ropas, lo dejaron desnudo y le pusieron solamente una de esas “túnicas” verdes, esterilizadas, que se entregan a los enfermos. “Era como si me despojaran de una parte de mí”. Yo le comentaba que era al revés, “Es como si te dejaran encontrarte contigo mismo, como verdaderamente eres: sin ropajes, sin títulos, sin apariencias…” Pues, parte de eso es la cuaresma y el significado del desierto: despojarnos de todo lo exterior y presentarnos como realmente somos delante de Dios.

Pero además el desierto en varios pasajes bíblicos aparece como un lugar donde se puede expresar ese amor de reconciliación. Nos dice en Oseas que el Señor buscará a su “amada” para rescatarla de sus infidelidades, aunque ella se haya prostituido, “pero yo voy a seducirla, la llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2, 16) para recordarle y recobrar el amor primero, para reanudar el matrimonio que se había enfriado, volver a tomarla como esposa para siempre, “te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, en fidelidad” (Os 2, 21).  Desierto y cuaresma tienen esta fuerte experiencia del amor de Dios que es fiel a pesar de nuestras infidelidades, que se mantiene firme y que nos llama a recobrar el amor primero.

Pero también el desierto es el lugar de la tentación. Es significativo que el verso anterior a esta pequeña perícopa sea el bautismo de Jesús y que san Marcos nos diga que “inmediatamente el Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto”. En el desierto podrá Jesús saborear la alegría de ser Hijo de Dios expresada en el bautismo, pero también en el desierto experimentará la tentación. Esta cercanía de la grandeza y de la miseria nos desconcierta a muchos cristianos. Quisiéramos que una vez comprobada nuestra entrega al Señor, ya no pudiera haber tentación ni marcha atrás, pero el camino está lleno de caídas, de luchas, de encuentros y desencuentros. San Marcos, al contrario de Lucas y Mateo, no nos dice cuáles fueron las tentaciones que sufrió Jesús y nos deja un amplio campo para imaginar nuestras propias tentaciones. ¿Cuáles son las tentaciones que nos hacen olvidar el amor de Dios y el amor al prójimo? Tendríamos que empezar por esa facilidad de acomodar el Evangelio a nuestros propios intereses. Escuchamos la Palabra mientras no nos inquiete ni perturbe demasiado, mientras vaya de acuerdo a nuestra forma de vivir y no cuestione nuestros egoísmos e injusticias. Acogemos la idea un dios complaciente y benévolo, pero no aceptamos a Dios que cuestiona nuestra vida, que nos exige la justicia con el hermano, que rechaza nuestra corrupción y nuestros sobornos. Tenemos la tentación de buscarnos un dios que nos complazca, a nuestro gusto, que tape nuestros huecos, no un Dios que nos salva, un Dios padre de todos por igual, que nos invita y nos exige la fraternidad.



Juan está en la cárcel y Jesús parece continuar su misión. Pero, aunque continúa la predicación y misión del Bautista, nos deja percibir una gran diferencia: el Bautista predicaba la conversión, es cierto, ahora Jesús lo hace con una mayor urgencia, ya que el tiempo  se ha cumplido y el Reino de Dios ya está cerca. Además, la conversión se hace concreta en una actitud positiva, no solamente arrepentimiento, sino un cambio drástico de vida ya que ahora hay que creer en el Evangelio. Así podemos iniciar este nuevo período del año: buscando cambiar (metánoia), cambiar el corazón, la mente, las formas de actuar, pero por algo muy positivo: creer en la Buena Nueva, creer en el Evangelio, creer firmemente en Jesús. Es el sentido de la cuaresma: dejar nuestras tentaciones, nuestras seguridades y nuestra miseria, para lanzarnos en seguimiento de Jesús. Que de este tiempo de cuaresma hagamos una novedad, un tiempo extraordinario de seguimiento, discipulado y aprendizaje junto con Jesús.

¿A qué nos llama concretamente Jesús en esta cuaresma? ¿Cómo buscamos momentos de desierto para encontrarnos en soledad? ¿El experimentar ese amor incondicional de Dios  nos lleva al arrepentimiento y conversión? ¿Qué actitudes debemos cambiar?

Concédenos, Padre Bueno, experimentar de tal modo tu amor incondicional en este tiempo de cuaresma,  que nos ayude a progresar en el conocimiento y en el seguimiento de tu Hijo Jesús. Amén.





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