Menu


Propagación del abortismo
La aceptación del aborto es lo más grave del siglo XX, junto a la extensión de la droga y el terrorismo


Por: Pablo López López | Fuente: catholic.net



La responsabilidad y la culpa de la creciente propagación del abortismo no son sólo de los abortistas. Acaso la responsabilidad de prepararse y actuar es mayor entre los que saben lo que es y acarrea el aborto sistematizado en una sociedad. Ante el aborto nos retratamos todos, tanto por la actividad como por la pasividad.

Hace años ya sostuvimos en un estudio sobre la identidad moral de la democracia que una sociedad abortista es radicalmente antidemocrática por ser inhumana. Es mucho mas grave acabar con la vida de miles de seres humanos indefensos de un país que no dejarles votar. Que son seres humanos y no mera parte de un ser humano, es un hecho biológico genética, inmunológica y ecográficamente demostrado. Por ello, en realidad son muy escasos los países que por ésta y otras condiciones básicas dan la talla mínima para ser democráticos. Lo mínimo para que el poder esté en el pueblo, es que no se mate al pueblo. Al abrirse la veda del humano, nadie puede estar tranquilo.

En efecto, la aceptación social del aborto es el principal termómetro moral de un pueblo. Michael Gante, en el libro dirigido por Robert Jütte, lo expresa así: “Die Art und Weise, wie eine Gesellschaft sich in diesem Konflikt verhält, sagt immer Wesentliches über die Identität eines Gemeinwessens aus” (Geschichte der Abtreibung, 1993 ).

El filósofo Julián Marías afirmó que tal aceptación del aborto era lo más grave del siglo XX, junto a la extensión de la droga y el terrorismo. En absoluto puede banalizarse la gran gravedad de estas dos lacras sociales. Pero se quedan atrás en gravedad objetiva, aunque preocupen más subjetiva y públicamente. La gente es más consciente de que el terror y la droga pueden afectarles. Pero sólo por suicidios muere mucha más gente que por terrorismo. Enferma está la comunidad internacional que alberga colectivos que matan y aterrorizan a los demás. Pero mayor decaimiento moral y vital exhiben las sociedades donde tantos ciudadanos se quitan la vida. La droga es mucho más letal que el suicidio y en última instancia obedece también a un general sinsentido vital. No obstante, su número de víctimas es menos abultado que el del abortismo. Las víctimas primeras del abortismo son además las más indefensas, los seres humanos en estado embrionario o fetal, porque son los más débiles de nuestra cainita especie. También son víctimas inmediatas las madres que abortan, porque en la mayoría de los casos proceden bajo la coacción de algún engaño, información adulterada o directamente forzadas. “La libre elección” de la propaganda abortista es un camelo. Además, se oculta que es una libertad “de matar al propio hijo o hija desde las entrañas maternas y con la complicidad habitual de los poderes públicos”.

Por supuesto que, además de la droga, el terrorismo y el abortismo, hay otras grandes lacras contra las que militar sin excusa. Y es obvio que no todos pueden especializarse en cada tema. Lo importante es que todo buen humanista no se evada por completo de concienciarse y actuar en cierta medida contra todas las principales causas de injusticia como el abortismo, las hambrunas, la guerra o la manipulación masiva de conciencias. Uno de los criterios que objetivamente marca la gravedad del abortismo es la especial desidia y contradicción permanente que cunde incluso entre los que se dicen contrarios al aborto sistemático.

Decíamos que el abortismo anula de hecho la democracia y cualquier sólido humanismo. Anula incluso la noción de Estado de derecho. Con razón escribió Agustín de Hipona que un Estado que tolere o practique el crimen, ya no es Estado, sino una banda de forajidos.

Las religiones auténticas, las que no son sectas, fanatismos o antropolatrías laicistas, tienden a respetar al hombre, en la medida en que respetan a la divinidad creadora. No obstante, la habitual dispersión doctrinal de las religiones, fuera de las confesiones cristianas católica y ortodoxa, también hace estragos en la defensa de la vida. Esto es, los fieles de las religiones no cristianas transigen más en diferentes casuísticas abortistas.

¿Y los cristianos?. Por simplificación y visibilidad tiende a identificarse la más extensa e insistente resistencia al abortismo con los cristianos católicos. No obstante, en general ortodoxos y protestantes mantienen un “sí” a toda vida y un “no” rotundo a este “infanticidio preventivo”. Cuentan, además, con miembros activos especializados en la abolición del aborto. Todo ello es aprovechado por la demagogia antivida para intentar amordazar a los humanistas alegando que se basan sólo en argumentos religiosos privados. Lo cierto es que los argumentos pro-vidas no precisan de invocar credo alguno, sino que se bastan con el elemental humanismo de no matar humanos indefensos y de buscar alternativas con tesón e inteligencia. Por lo demás, el argumentario abortista suele ocultar sus raíces pararreligiosas, su dogmática moral racionalmente insostenible, sus estrategias amañadas y sus sórdidos intereses económicos.

Cierta es pues la responsabilidad de los abortistas. Pero los “cristianos” que pudiendo contribuir a salvar vidas de los más pequeños, no hacen más que lamentarse, sencillamente no son cristianos. Pone en crisis la identidad cristiana el negar éste o aquel dato revelado que pertenezca al kerigma o la confesión apostólica. Más grave aún, por ser todavía más básico o de elemental humanidad, es el omitir la ayuda debida a los niños, madres y padres que mueren o sufren por el abortismo y sus sistemas de engaño y destrucción masiva.

Esto no es la “lejana” injusticia del “tercer mundo”, sino la principal causa de muerte violenta de nuestras propias sociedades, de nuestros propios vecinos y conciudadanos. Es el “Katrina” permanente en el que nos anegamos sin darnos cuenta, y el 11-M diario y silenciado .

Es un triste hecho que la gran mayoría de los declarados “cristianos” e incluso “muy practicantes y comprometidos”, tanto de los más tradicionales como de los que se creen vanguardia, apenas dedican un euro o un minuto al año a dar alternativas al abortismo . Ni siquiera es habitual orar por el final de tamaña lacra genocida que se acerca al humanicidio.

Aquí anda confusa la misma Iglesia Católica, que coloca la cuestión del aborto fuera de su Enseñanza Social. La sitúa reduciéndola más bien a un tema de la denominada “teología moral de la persona”, apuntando el aspecto “personal” al ámbito individual o privado. En las diócesis aparece como tema de compañía de la pastoral familiar, a la que se dedica casi toda la atención. No es un problema principalmente debido a los obispos, sino que la feligresía está mucho más dispuesta a movilizarse por cualquier otra actividad o problema que por las injusticias bioéticas. Se sabe que es la única causa social reprobada por sectores amplios de la población y por la mayoría de los medios de comunicación social. Ser pro-vida, que es la raíz de todo veraz pacifismo y feminismo, es lo más subversivo y desestabilizador para el sistema de injusticia imperante.

Ahora, el ser pro-vida va más allá de una etiqueta asociativa. Se es pro-vida en todo: en la bioética (donde se prefiere el adjetivo más académico de “personalista”), en el compromiso solidario, en la familia, en la vida socio-política, en la profesión o trabajo y en cualquier ámbito. Desde luego es inconfundible con la imagen de exaltado extremismo que los medios de comunicación abortista han fabricado. Frente al real extremismo fanático abortista la ciudadanía pro-vida debe seguir manteniendo la moderación de la templanza, del tesón sereno e infatigable de los que saben que la vida, la vida amada, triunfa sobre la muerte y sus argucias.





Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |