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Los programas de planificación familiar provocan abortos y abuso infantil
Contrariamente a lo que afirman los organismos que promueven el control de la población, sus programas no disminuyen sino más bien incrementan la mortalidad infantil


Por: Steven Mosher | Fuente: Population Research Institute



Contrariamente a lo que afirman los organismos que promueven el control de la población, sus programas no disminuyen sino más bien incrementan la mortalidad infantil. Permítanos mostrarle de qué formas lo hacen.

En público los grupos anti-natalistas afirman haber conseguido reducir la mortalidad infantil, pero en privado celebran haber reducido el número de niños nacidos.

Los grupos anti-natalistas proclaman a los cuatro vientos que el control poblacional (eufemísticamente llamados “programas de planificación familiar”) disminuye la mortalidad infantil. Algunos de sus argumentos son muy burdos y fáciles de rebatir. Es cierto que, a la vez que disminuyó el índice de nacimientos, disminuyó la cantidad de niños que están en riesgo de morir en sus primeros días, semanas o meses de vida. Pero esta disminución sólo se debe a que en general hay mucho menos niños que antes.

El más sofisticado argumento que los grupos anti-natalistas tratan de vender a las personas es la conveniencia de espaciar el nacimiento de los hijos. La evidencia muestra que en los países donde las mujeres y los bebés no son bien alimentados, los índices de sobrevivencia de hijos que están espaciados en dos o tres años son generalmente más altos que los de los hijos que han nacido con menor tiempo de espaciamiento. Por esta razón, ellos se sienten justificados al inducir, incluso a coaccionar, a las mujeres a usar anticonceptivos por varios años después del nacimiento de su primer hijo. Públicamente afirman haber conseguido reducir la mortalidad infantil, pero en privado celebran el haber reducido el número de niños nacidos.

Pero cada una de sus políticas intervencionistas ha tenido consecuencias inimaginables. Antes de adjudicarle el crédito a los anti natalistas por haber reducido el índice de mortalidad infantil, ellos deberían responder a la acusación de que sus programas han contribuido directamente al incremento de una nueva epidemia: el asesinato de niñas y el infanticidio en Asia. 

Las sociedades dedicadas a la agricultura le dan un gran valor a los hijos, especialmente a los varones.

Las sociedades dedicadas a la agricultura conceden un gran valor a los hijos, especialmente a los varones, quienes trabajan en las labores del campo desde muy tierna edad y proveen seguridad económica a sus padres en la vejez. El valor económico de los hijos pierde fuerza con la industrialización, de la misma manera que la demanda de educación deja a los niños fuera de la economía familiar y los programas de jubilación proveen apoyo sustituto en la vejez.

Embarcarse en campañas de reducción de la fecundidad frente a la ausencia de industrialización y programas de jubilación, especialmente frente a la presencia de una fuerte preferencia por los hijos varones, es condenar a un gran número de niñas a morir en el vientre de su madre o tan pronto nazcan.

Esto puede verse más claramente en China, donde la brutal y draconiana política de un solo hijo ha sido una sentencia de muerte para decenas de millones de niñas y ha creado un increíble desbalance de sexos. En una población humana normal, nacen  cerca de 106 bebés varones por cada 100 bebés mujeres. Esta es una disparidad que se regula con el tiempo ya que los bebés varones experimentan una más alta tasa de infanticidio y mortalidad infantil. Sin embargo, desde comienzos de los 80’s, el desbalance de sexos en los nacimientos en China se ha incrementado de forma constante y alarmante. Hoy en día se sitúa en cerca de 117 varones por cada 100 niñas.

Otros países con potentes programas de planificación familiar en el Este y Sur de Asia también han mostrado un sorprendente incremento en el desbalance de sexos en los nacimientos.

Los grupos anti-natalistas del Fondo de Población de la Naciones Unidas, tal como la International Planned Parenthood Federation y el mismo gobierno Chino niegan que esta plaga del “asesinato de niñas e infanticidio” esté conectado de modo alguno con sus programas de planificación familiar. Prefieren explicar estas prácticas tan solo como “manifestaciones de preferencias por hijos varones y la estructura patriarcal que prevalecen en la región”.

Bien podrían los anti-natalistas adjudicarse el mérito de una modesta reducción en la tasa de mortalidad infantil en el Este, Sureste y Sur de Asia. Sin embargo, esto difícilmente podría compensar el trágico costo de condenar a decenas de millones de bebés mujeres viables a una muerte prematura.

Los programas de control de población

Contribuyen también de forma indirecta al incremento de la mortalidad infantil y materna de otras maneras. En China y Vietnam, por ejemplo, se viene imponiendo fuertes multas en las familias de niños “ilegales”. A estos niños se les está negando residencia, raciones de alimentos, cuidado en salud e incluso educación. Se ha encontrado que ciertas prácticas de estas políticas vienen adoptando mediante rigurosos dentro de programas de planificación familiar en Corea del Sur, India y otros países.

Todo ello impacta doblemente a estas familias pobres. Por un lado las multas afectan directamente a su economía familiar y por el otro les cierra o dificulta el acceso a la atención de salud y otros servicios que brindan esos Estados. Todo esto solamente por violar estas arbitrarias políticas de restricción a los nacimientos. Algunas mujeres y niños mueren como consecuencia de ello.  

Sin embargo, UNFPA y otros grupos controladores de población presumen con mucha fanfarria acerca de la ligera reducción en mortalidad infantil que se observan después de ejecutar masivas campañas para prevenir el embarazo. Es claro que este asunto es simplemente un efecto secundario de su meta principal: reducir el número de bebés nacidos. Pero la mayor parte de las mujeres jóvenes del Tercer Mundo que murieron durante el parto querían ser madres. Ellas no quisieron perecer como resultado de ello.

La gente pobre de los países en desarrollo, en especial las mujeres pobres, ven frecuentemente a los países desarrollados como profundamente hostiles a su estilo de vida. Esta impresión se refuerza más cuando se ven inundados con dispositivos anticonceptivos y químicos, o reciben presión para aprobar leyes favorables a la esterilización y el aborto.

Este tipo de imperialismo cultural se hizo evidente en un comentario de Hillary Clinton ofrecido en un encuentro sobre el rol de la mujer realizado en Buenos Aires el 18 de octubre del 1997, en el que decía que “el único camino para mejorar la vida de las mujeres es la promoción masiva de métodos anticonceptivos.” Las mujeres pobres de los países en desarrollo ciertamente traducen este mensaje de la siguiente forma: “nosotros, los países desarrollados, queremos que ustedes, los pobres, tengan pocos hijos, o ninguno, y no te ayudaremos a cuidar a los hijos que actualmente ya tienes.”

¿Qué sucede si las mujeres disfrutan sintiendo una nueva vida creciendo dentro de ellas, si disfrutan de unirse a la experiencia de dar de lactar, y disfrutan cuidando de sus pequeños hijos? Para los anti-natalistas estas ideas son alienantes y deben extirparse socialmente.

Después de varias décadas de una mayor conciencia y sensibilización sobre los daños del imperialismo cultural, muchos organismos de control natal aún no son capaces de percibir las motivaciones y deseos de los individuos que pudieran desear tener hijos. No sólo ignoran las opiniones de aquellos sobre los cuales aplican sus programas y que son favorables a los nacimientos, sino que desprecian éstas ideas. Cuando inducen a las mujeres a usar anticonceptivos o esterilizarlas directamente o las incorporan a trabajos fuera del hogar, extinguen al mismo tiempo el deseo de muchas mujeres de tener hijos. Y eso en el largo plazo produce un nefasto impacto social. Pensamos tan sólo en el “invierno demográfico” pero como decíamos antes, las consecuencias son inimaginables.

Los promotores del control natal tienen una visión tan pesimista de la crianza de los hijos que siempre andan deseosos de presumir de toda reducción en los nacimientos. Tal como dicta el manual ideológico de la “salud reproductiva”: “si las madres tienen un gran número de hijos tienen más probabilidades de morir durante el parto; además pasarán una gran parte de sus vidas adultas embarazadas, dando de lactar y proveyendo cuidados a sus hijos”. Pero qué sucede si las mujeres disfrutan sintiendo una nueva vida creciendo dentro de ellas, si disfrutan de unirse a la experiencia de dar de lactar o disfrutan cuidando de sus pequeños hijos. ¿Cuál es su actitud frente a este tipo de realidades? Tan solo una: invalidarlas socialmente tildándolas de alienantes de la condición femenina.

Los promotores del control natal se han opuesto desde siempre al embarazo y han atacado a los programas de maternidad segura calificándolos de “malévolamente perjudiciales”, y de “una estúpida crueldad”, tal como lo dijera textualmente Margaret Sanger. Para ellos las mujeres y los niños son meros medios para lograr un fin. Son  usados como caballo de Troya para conseguir un crecimiento poblacional dramáticamente lento o incluso la disminución del mismo. 

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