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Mujeres que matan
¿Quién ha corrompido el corazón de la mujer?


Por: Lucrecia Rego de Planas | Fuente: Catholic.net



Hace poco más de dos años, cuando en varios países estaba por aprobarse la venta legal de “la píldora del día después” las organizaciones pro-vida, algunas autoridades eclesiásticas y muchos médicos, bioeticistas y abogados católicos, preocupados por las consecuencias que esto podría acarrear convocaron a reuniones, hicieron estudios y elaboraron gruesos dossiers que entregaron en sendas carpetas a los legisladores y a los medios de comunicación.

Consiguiendo patrocinios de algunos empresarios católicos, publicaron grandes desplegados en los periódicos e hicieron campañas publicitarias en las que denunciaron ante el mundo entero de una manera científica, contundente e irrefutable, el efecto abortivo de “la píldora del día después”.

Yo miraba todo este movimiento y pensaba para mis adentros:

  • – ¿Para qué tanta inversión y derroche de tiempo y recursos, de tan grandes cerebros de la Iglesia: médicos, abogados y obispos de todo el mundo, para demostrar que la píldora es abortiva?

    – Suponiendo que no lo fuera y que su efecto fuera sólo anticonceptivo, ¿acaso dejaría de ser mala por eso? ¿acaso estaría aprobada por la Iglesia y por los médicos y abogados católicos? ¡Claro que no!

    – ¿Por qué armar tanto escándalo por la posible legalización de un producto abortivo, si... en cualquier mercado del Centro de la ciudad se pueden encontrar desde siempre hierbas y brebajes que tienen el mismo efecto "mata-niños” y... nunca han sido penados por ninguna ley?

    – ¿Para qué armar tanto lío, si el DIU está aprobado desde hace años y su efecto es igual o peor de abortivo que el de "la píldora del día después"?

    – ¿Para qué invertir los pocos recursos que tenemos, de personas, tiempo y dinero, en hacer publicidad a un producto que no queremos que se venda, que no queremos que nadie lo conozca y no queremos que nadie lo compre?

En fin, eso sucedió hace más de dos años y todos conocemos los resultados: la píldora se aprobó en varios países y ahora se vende "como pan caliente" – provocando abortos todos los días – pues todo el mundo se enteró de su existencia, ya que sus creadores y promotores cuentan con el apoyo de organismos internacionales y fundaciones millonarias y además, fueron ayudados en una muy buena parte, por la publicidad que nosotros mismos - los que no queríamos que se vendiera - nos encargamos de realizar.

En lo personal, no me escandaliza de ninguna manera que se aprueben productos abortivos, ¡allá los legisladores y sus conciencias! Lo que sí me escandaliza, y me escandaliza seriamente, es que existan mujeres que se atrevan a comprarlos.

Cuando trato de imaginarme al tipo de mujer que es capaz de matar a su propio hijo... inmediatamente me vienen a la mente las imágenes de la Bruja del cuento de Blanca Nieves o del hada Maléfica del cuento de la Bella Durmiente.

No puedo imaginarme a una mujer con cara “normal”, vestida “normal” – sin verrugas en la nariz, túnicas negras y cuernos enroscados – y en sus cinco sentidos, acercarse a un puesto que anuncie “Pastillas para asesinar a su bebé. De venta aquí.”. Simplemente... ¡no puedo!

Pero... desgraciadamente me doy cuenta que la realidad es distinta y que existen cientos de mujeres, con corazón de Maléfica y cara de angelito, que sí se acercan a esos puestos... y pagan por esos productos... y asesinan a sus bebés sin cuestionárselo siquiera.

Entonces... es cuando surge dentro de mí el cuestionamiento acerca de nuestra acción como miembros de la Iglesia. Empleamos muchísimo tiempo en preocuparnos por la aprobación o no aprobación de ciertas leyes: recabamos firmas, organizamos marchas, publicamos panfletos, enviamos mensajes a los legisladores.

¿No deberíamos mejor emplearlo primordialmente en detectar, diagnosticar y curar la enfermedad que ha corrompido de tal manera el corazón de la mujer que es actualmente capaz de desear y provocar la muerte de su propio hijo?

Hace muy poco tiempo esto no era así: un hijo era visto como un don y no como un enemigo. ¿Qué ha sucedido con el corazón de las mujeres? ¿Qué ha sucedido con el corazón de las madres? ¿Quién las ha engañado? ¿Quién las ha llenado a tal grado de egoísmo y envidia, que las ha convertido en asesinas de sus propios e indefensos bebés?

Puedo decir, sin menospreciar para nada la gran labor de las organizaciones pro-vida, que estoy convencida de que los cristianos deberíamos utilizar todas nuestras fuerzas y recursos, humanos y materiales, en encontrar las causas y sanar las heridas que han originado esa enfermedad de corrupción, podredumbre y muerte en el corazón de las mujeres, en lugar de emplearlos únicamente en atacar los síntomas (leyes) y en tratar de contrarrestar los ataques del enemigo.

Quien quiera adentrarse conmigo en este análisis y descubrir algunas de las causas que han motivado esta falta de conciencia en las mujeres, puede leer algo de la estrategia marcada por Gramsci para la destrucción de la familia y la aplicación concreta de dicha estrategia a partir de la Revolución Sexual, haciendo click aquí.

En los últimos meses se han aprobado en varios países latinoamericanos otras legislaciones que van directamente en contra de la Familia y de la vida. Pienso que no son casos aislados, sino que los gobernantes y legisladores lo seguirán replicando en todo el mundo pues los intereses económicos, políticos y de ansia de poder que propician la cultura de la muerte son muy importantes.

Sin embargo, si luchamos con todas nuestras fuerzas para que los cristianos nos mantengamos firmes en nuestras creencias, convicciones y principios morales, estas leyes no afectarán en nada a nuestra vida.

¿A quién le puede interesar que el aborto esté legalizado, si no existe nadie que piense abortar? ¿A quién le puede importar que existan legalmente pastillas mata-niños en las farmacias, si a nadie le interesa comprarlas? ¿A quién le puede importar que exista el divorcio express si todos sabemos que el matrimonio es para siempre?

Ciertamente no debemos permitirlo, pero pienso que no debemos preocuparnos tanto de que los promotores de la cultura de la muerte gasten su tiempo y recursos modificando las leyes en todos los países. ¿En qué nos puede afectar, si sólo nos están "dando permiso" de matar a nuestros hijos, de destruir nuestros matrimonios, de matar a nuestros ancianos y enfermos, pero... no nos están obligando a hacerlo?

Nosotros... utilicemos todos nuestros medios, humanos y económicos, que tenemos muy pocos, para destruir desde el centro, desde el origen, desde la médula, su estrategia gramsciana; recordemos a las personas lo hermoso que es tener un hijo; lo grande y bueno que es Dios; la maravilla que es la vida como oportunidad para merecer la vida eterna; la riqueza que existe en las familias numerosas; las bondades y beneficios de la castidad y del matrimonio bien constituido.

Si logramos que la humanidad recuerde el valor de la vida, ellos no podrán hacernos daño y los hombres podrán ser felices, siendo fieles a la Ley de Dios y a su conciencia, aunque las leyes humanas marquen lo contrario.





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