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Administremos nuestros bienes responsablemente
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Demos buenas cuentas al Señor y compartamos nuestros bienes


Por: Mónica Muñoz | Fuente: Catholic.net



En esta era de la tecnología avanzada, donde todos pueden tener acceso a un teléfono inteligente  e internet a bajo costo, la información vuela y se pierde en el inmenso mundo de la comunicación digital, por eso, se dedican grandes esfuerzos a investigar qué es lo que le interesa al público, que en realidad se convierte en consumidor de objetos que no sirven o quedan desplazados en poco tiempo por uno más moderno e igualmente inútil.

Es por eso que tener seguidores en las redes sociales convierte a cualquier persona en celebridad y modelo a seguir para sus admiradores, lo que lo transforma en un apreciado “influencer”, por utilizar el anglicismo que se refiere a un líder de opinión surgido en el mundo digital y que es aprovechado por las marcas de productos para llegar a su público de manera directa y mucho más barata que contratando un medio de comunicación tradicional como la televisión.

Gracias a la popularidad de estos jóvenes con los que su público se siente identificado, se logran objetivos de venta.  Y los hay de todo, desde la chica que da consejos de belleza, el muchacho que viaja por el mundo para ofrecer opciones de hospedaje, transporte o diversión económica a sus seguidores o la mujer que comparte recetas de cocina sencillas o muy elaboradas.  Cada uno de ellos ha dado en el clavo con su estilo y cercanía.  Y el público, cae redondito, consumiendo lo que recomienda su amigo virtual.

Y a todo esto, vemos que no hay dinero que alcance para obtener todo lo que pasa por la vista de los usuarios, que desean tener más y más cosas que terminarán arrumbadas en algún rincón, luego de que pase la euforia por estrenar, porque uno de los síntomas de esta generación enferma de materialismo es el deseo insaciable por comprar, no importando cómo se hará para pagar, al cabo que “la vida es una y hay que aprovecharla”, total, “ya mañana Dios dirá”, resultando muchas veces deudas impagables que merman la economía y la estabilidad familiar.

Conozco el caso de una familia que ha tenido que mudarse varias veces de casa porque el papá ha acumulado deudas en tiendas y bancos. A pesar de que ambos padres tienen buen trabajo, nunca ven la suya en cuanto a finanzas sanas, y es que les pasa lo que a muchas personas, cuando llega la quincena, se les olvida que deben cubrir los compromisos adquiridos, para los que no les alcanza, luego de pagar lo estrictamente indispensable como la comida y los transportes. Por supuesto, esa situación quita la tranquilidad a todos los miembros de la familia, especialmente a los hijos, que viven con azoro y sobresalto cada vez que suena el teléfono o llaman a la puerta.



Ahora bien, creo que podemos entender por qué nuestros abuelos podían mantener muchos hijos, ya que no hacían gastos innecesarios.  A ellos les interesaba dar de comer, vestir  y tener casa para sus vástagos. La publicidad no causaba los estragos de ahora, que dirige las acciones de la gente como si su vida dependiera de tener el último modelo de celular, ropa en exceso, comida chatarra o cuanto objeto pase por su vista y genere emociones al conseguirlo.

Con tantas distracciones que nos ofrecen las redes sociales y la publicidad, menos tenemos cabeza para pensar en los que no tienen siquiera comida para sobrevivir.  Volteamos la vista hacia otra parte para ignorar al hermano que implora nuestra caridad, porque pensamos que únicamente está fingiendo. ¿Y si no es así? ¿Si de lo poco que podamos darle depende que coman sus hijos?

No basta tener dinero para cubrir las necesidades de nuestros seres queridos, también es urgente que entendamos que un día moriremos y Dios nos pedirá cuentas.  Si tenemos en abundancia, gracias a Dios, es justo que compartamos con los menos afortunados lo que se nos ha dado.  Porque de todo lo que acumulemos, nada podremos llevarnos.  Y de que las cosas se echen a perder a que otros las utilicen, mejor optar por la segunda opción.

Recordemos que en este mundo el Dueño de todo es Dios y nosotros somos sus administradores. Demos buenas cuentas al Señor y compartamos nuestros bienes, recordando que Dios ama al que da con alegría.  Sembremos para cosechar, pues el bien que se le hace al hermano, por sencillo que parezca, no quedará sin recompensa.


 



Artículo patrocinado.

Gracias a nuestro bienhechor Braulio Valles de la Mora de México por su donativo, que hizo posible la publicación de este artículo

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