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¿El Dios “Yo” o el “Yo Soy”?
¿Creemos en el Dios que se dice llamar “Yo Soy” o en el Dios “Yo”?


Por: Marlene Yañez Bittner | Fuente: Catholic.Net



A consecuencia de un mundo cada vez más exigente, en donde factores tales como la tecnología, el desempleo, la sobre explotación de recursos naturales, entre muchos otros más, provocan que el costo de la vida aumente cada día. Se requiere, para hacer frente a esta situación, personas más preparadas en sus distintas especialidades y lograr así, el sustento económico personal y familiar. La formación en temas de ética, espirituales o religiosos ha perdido protagonismo ante la necesidad de formarse en aquellas áreas que harán de las personas o profesionales más competitivas en el mercado laboral y para la vida en general. Resulta pues, más rentable capacitarse en un aspecto profesional, que en aprender más de la Palabra de Dios; por cierto, lamentable.

Hoy, se le debe dar énfasis a la inversión en “capital humano”, que bajo la ciencia de la economía, se refiere al trabajo como factor de producción e implica la constante capacitación profesional o laboral. Para nada criticable, pues es parte de la demanda de los nuevos tiempos; una práctica inevitable para asegurar el bienestar económico.

La educación, la profesionalización y la especialización no sólo han logrado el empoderamiento personal, sino también, ha alimentado la denominada “Supremacía del Yo”. Me refiero al “Yo interno”. Nos volvemos en primer lugar, autosuficientes; somos tan ricos en conocimientos que sabemos más que el resto de las personas y en realidad ya no necesitamos de nadie para salir a adelante. Sucede en un plano laboral, familiar, conyugal, etc. Segundo, nos creemos sabios, conocedores de una multiplicidad de temas, instruidos, los llamados “profesionales integrales” y poco a poco nos damos cuenta de que nos creemos ser un pequeño Dios. Hemos formado un Dios dentro de nosotros a quien amamos, alimentamos con más sabiduría y pedimos que sea nuestra guía en la vida.

El Señor se revela en la Sagrada Escritura como “Yo Soy”:

“Dios dijo a Moisés: "Yo soy el que soy". Luego añadió: Tú hablarás así a los israelitas: “Yo soy” me envió a ustedes” (Éxodo 3,14).



Aquí se encuentra mi pregunta, ¿creemos en el Dios que se dice llamar “Yo Soy” o en el Dios “Yo”? Y algo más, dentro de esta supuesta Supremacía del Yo interior, ¿nos reconocemos débiles y pecadores ante nuestro verdadero Dios?

Pues el Señor en muchos pasajes bíblicos nos exige ser humildes, más aún, ser como niños:

“y dijo: Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mateo 18,3).

Un niño es débil, frágil, vulnerable, necesita de alguien para caminar seguro. Ser como niños implica tener confianza en otros sin reflexionar y sin cuestionar nada; el Señor nos pide que esa confianza la depositemos en Él. Un niño necesita ser amado; el Señor nos pide dejarnos amar por Él y por cierto, amarlo a Él.

Por naturaleza somos débiles, pues tenemos aquella inclinación al pecado, por tanto nuestro actuar en la vida debe tener un carácter humilde. Jesús, el Rey de Reyes, vivió y actúo siempre con humildad, humillándose y reconociendo a su Padre como el Todopoderoso y ese es el ejemplo que debemos seguir.



“Y a Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (Filipenses 4,20).

“Humillaos ante el Señor y él os ensalzará” (Santiago 4,10).

La vanidad, el orgullo, el ego personal impiden que el hombre pueda actuar con humildad. Nos creemos superiores al resto, ya sea porque tenemos un mejor poder adquisitivo, porque vivimos más cómodamente o porque estamos mejor profesionalizados frentes a otras personas de nuestro entorno. Sin embargo, el Señor nos dice:

“No hagan nada por rivalidad o vanagloria. Que cada uno tenga la humildad de creer que los otros son mejores que él mismo” (Filipenses 2,3)

Suponemos que nuestro “Yo interior” es capaz de superar todo obstáculo que se nos presente, pues está fortalecido mediante el aprendizaje de una serie de prácticas y del mismo conocimiento técnico adquirido: nuestro propio Dios sale a nuestro encuentro y nos da la salvación. Entonces, si todo lo podemos en nosotros mismos… ¿Ya no hace falta Dios?

Sólo Dios sana, salva y nos libra de las ansias y perturbaciones. Debemos reflexionar respecto al protagonismo que tiene el Señor en nuestras vidas como el verdadero Salvador. Si estamos depositando nuestra confianza en el “Yo Soy” o en el “Yo”. Él nos pide entregar nuestras aflicciones, dejar en sus manos nuestros problemas, aprender a abandonarnos en su voluntad y por sobretodo, que ocupe el centro de nuestras vidas.

“Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mateo 6,33)



 





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