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El trabajo voluntario es amor auténtico
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La renuncia del bienestar propio para agradar al prójimo


Por: Mónica Muñoz | Fuente: Catholic.net



Estamos viviendo una época inimaginable en otros tiempos: todo está automatizado, los servicios están al alcance de la mano para evitar molestias a los clientes y cada vez es más sencillo realizar operaciones que tomaban todo el día, tales como ir al banco o al supermercado, pues basta con entrar a internet para evitar filas o seleccionar los productos que se desea encargar para que los lleven a domicilio. 

Por supuesto que esto es una gran ventaja cuando se vive en una gran ciudad, porque en lugar pequeño es aún una muy buena experiencia acudir al mercado e intercambiar saludos con los conocidos que es muy común encontrarse por la calle.

Aunado a estos adelantos, hay que dejar claro que todo servicio se cobra, por supuesto, porque la comodidad cuesta.  Por eso resulta que los usuarios no se dan entre la clase trabajadora, que tiene que organizar su día para que le rinda y pueda cumplir con sus compromisos en tiempo y forma. Pero quiero referirme a otro tipo de servicio, uno que es tan importante que si no existiera, el mundo se paralizaría: el trabajo voluntario, ese que se realiza gratis y en favor del prójimo.

En primer lugar, puntualicemos que “voluntario” se deriva de la palabra voluntad, es decir, quien decide actuar sin que nada ni nadie ejerza presión sobre su persona para que lleve a cabo determinada acción, hace que su voluntad se mueva libremente para ejecutar un acto

Por eso, el trabajo voluntario tiene inmenso valor.



Ahora bien. ¿Qué trabajo es ese? Bueno, toma muchas formas, por ejemplo, el de los misioneros que dejan sus casas, familias y vida cotidiana para ir a lugares desconocidos a predicar el evangelio. O los profesionales que ponen sus conocimientos en pro de los menos afortunados, como los médicos que visitan otros países cuando hay crisis humanitarias, los maestros que alfabetizan adultos, los sacerdotes que acompañan las peregrinaciones escuchando confesiones y predicando o los bomberos que arriesgan sus vidas para salvar a gente desconocida. Pero también hay voluntarios que preparan comida para las personas de la calle, o que siembran árboles, recogen basura, visitan enfermos, reúnen fondos para causas justas, trabajan en fundaciones sin fines de lucro, en fin, que para hablar de trabajo voluntario, sobra tema.

¿Y qué característica tiene en común este tipo de trabajo? Ya mencioné que se hace de manera gratuita y desinteresada, pero requiere de una gran cantidad de generosidad y entrega, porque en él se invierte mucho tiempo, esfuerzo y hasta recursos económicos. Y no cabe duda que cuando se hace con alegría, contagia y atrae a más voluntarios.  Simplemente hay que recordar a tanta gente que se une en las tragedias, como los terremotos e inundaciones.  Lo que mueve esas voluntades no es la fama ni el dinero, esas palabras no existen cuando lo que priva es el dolor, los motiva saber que pueden ayudar quienes están sufriendo.

También se trata de un trabajo que une y se hace en equipo.  Bien dicen que la unión hace la fuerza.  Entre más gente se une a la causa, mayor es el fruto.  Pienso en los jóvenes que acuden a las jornadas mundiales de la juventud, que congregan a miles de chicos de todas las naciones para preparar su encuentro con el Papa.  Pero también viene a la mente las personas que brindan su colaboración valiosa y callada en las Iglesias, sirviendo como catequistas, ayudando a formar en valores cristianos a miles de niños.

El mundo, pues, se mueve con el trabajo remunerado, pero el otro, el que se hace sin recibir paga, es el que apuntala su base. Y el más importante, sin lugar a dudas, es el que realizan las amas de casa, ese que no termina nunca y sin el cual no viviríamos con orden, pues tienen que desarrollar habilidades de todos los oficios para atender a sus familias y ser enfermeras, psicólogas, cocineras, maestras, modistas, abogadas, organizadoras de eventos y quién sabe qué más, recibiendo a cambio sólo besos y sonrisas, aunque a veces, ni siquiera eso. 

Por eso, el trabajo voluntario es la prueba más grande del amor auténtico, porque se demuestra con la renuncia al bienestar propio para agradar al prójimo.  Ese es el que debemos aprender a realizar, porque es el que adquiere valor a los ojos de Dios.



Y agradezcamos a quien se dedica a ejercerlo, especialmente a nuestras madres y abuelas, que son el motor de la familia. Sin ellas, nuestra vida estaría de cabeza, ¿verdad?
 

 

 

Artículo patrocinado.

Gracias a nuestro bienhechor Marvin Rosembrock de Honduras por su donativo, que hizo posible la publicación de este artículo

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