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La Alegría del Evangelio
Domingo Mundial de las Misiones


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net




 

Isaías 56, 1. 6-7: “Mi templo será casa de oración para todos los pueblos”

Salmo 66: “Que todos los pueblos conozcan tu bondad”

I Timoteo 2, 1-8: “Dios quiere que todos los pueblos se salven”

San Marcos 16, 15-20: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura”



 

Nota: Aunque hoy celebramos el domingo XXIX del tiempo ordinario, por la importancia del DOMUND (Domingo mundial de las misiones), he preferido meditar las lecturas de las misiones y sobre ellas hacer mi reflexión.

Un precioso manantial rasga la montaña y con una fuerza imponente brota de en medio de su seno. Con un estruendo incesante, día y noche, el inmenso borbotón de agua inunda de belleza y colorido las peñas que lo rodean, luego baja serpenteando por toda la ladera, abriendo nuevos caminos, trazando nuevos senderos y solamente allá en la lejanía, se ensancha y pierde su bravura, para fertilizar los campos y dar vida a lo largo de su cauce. “¿De dónde viene tanta agua?” pregunta inocente el niño. “¿Está almacenada en la panza de la montaña? ¿Por qué nunca se acaba?” y sus ojos ávidos se quedan pasmados ante tanta grandiosidad. “¡Cuánta agua debe haber al interior de la montaña para que nunca se acabe!” Inocencia de niño, percepción de una sabiduría. Solamente teniendo una fuente en su interior, que nunca se termine, puede continuar brotando tanta agua, tanta belleza y tanta vida.

Día de Misiones es un día muy especial. Es recordar y hacer presente todo el proyecto de amor de Dios hacia el hombre y la apertura de su invitación a todos los pueblos a participar de una vida plena. Jesús, enviado Él mismo por el Padre, es el modelo de toda misión. Mirando su vida y su obra podremos entender la grandeza y la belleza de esta tarea. El texto de San Marcos nos muestra los últimos momentos antes de su partida, donde Jesús transmite a sus apóstoles la misma misión que Él había recibido de su Padre. No podemos pues tener otro modelo de misión que la misma vida de Jesús. El mismo Jesús, retomando las palabras del profeta Isaías, afirmó en la sinagoga su carácter de enviado: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres…” Ahora Jesús confía esta misma misión a sus apóstoles y quiere que lo hagan a su mismo estilo: anunciar el Evangelio, expulsar demonios, hablar una nueva lengua, no temer venenos ni serpientes, imponer las manos a los enfermos, darles salud.

Nos lo ha recordado el Papa Francisco insistentemente en la Alegría del Evangelio: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. Quiero invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría”. Así pues, si queremos cumplir con la misma misión de Jesús, tendremos que seguir sus mismos pasos y adoptar sus mismas actitudes: Él, siendo el Señor, se hizo servidor y obediente hasta la muerte en cruz; siendo rico, eligió ser pobre por nosotros, enseñándonos el itinerario de nuestra vocación de discípulos y misioneros. En el Evangelio aprendemos la sublime lección de ser pobres siguiendo a Jesús pobre  y la de anunciar el Evangelio de la paz sin bolsa ni alforja, sin poner nuestra confianza en el dinero ni en el poder de este mundo. La gran fuente que nos llenará internamente será el encuentro personal y comunitario con Jesús, mirarnos en Él y con Él, escuchar sus proyectos y sueños, confrontar nuestros ideales con los suyos y ajustar nuestros deseos a lo que Él mismo nos propone. El día de las Misiones más que un día de conquista como algunos lo han entendido, es la proclamación gozosa de que tenemos a Dios en nuestro corazón, que nos da alegría y felicidad. En la generosidad de los misioneros se manifiesta la generosidad de Dios, en la gratuidad de los apóstoles aparece la gratuidad del Evangelio.



Los cristianos necesitamos recomenzar desde Cristo, desde la contemplación de quien nos ha revelado en su misterio la plenitud del cumplimiento de la vocación humana. Necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida. Y después, con un gozo que no cabe en el corazón, llevaremos Buena Nueva a un mundo que se pierde en la desesperación y no encuentra una brújula que guíe sus pasos

Día de las misiones, podríamos decir, también es el día de la fraternidad, porque no podemos ni queremos quedarnos solos con el proyecto de Dios, porque si hemos descubierto que Dios es nuestro Padre tendremos que comprometernos en una vida de dignidad para todos los hermanos; porque si hemos vivido la gratuidad de su amor, manifestaremos nuestro amor a los hermanos de formas concretas y comprometidas; porque si hemos recibido la misma misión de Jesús estaremos dispuestos a afrontar sus mismas consecuencias: “amó hasta el extremo”.  Día de las misiones será pues, un día de amar, de amar a todos, de amar a plenitud, porque tenemos el corazón lleno del amor de Jesús.

La misión implica un compromiso mucho más serio que solamente recordar a los pobrecitos de África y dar a regañadientes una moneda: es vivir plenamente el Evangelio y hacer que brote de nuestro interior una vida que contagie a los demás. Evangelizar es anunciar a Cristo con alegría, presentar su persona y su vida a los hombres de nuestro tiempo; es proclamar que su Reino es posible en medio de nosotros, que su mensaje es vivo; es descubrir que su presencia y su obra pueden continuar por medio de la Iglesia. Es creer que sigue actuando en las pequeñas acciones de cada uno de nosotros; y es llenarnos de esperanza y de ilusión porque es posible construir una nueva humanidad, una nueva familia. Es posible realizar hoy el sueño de Jesús.

¿Cómo estamos viviendo nosotros nuestra misión? ¿Cómo estamos construyendo, desde lo pequeño, esa nueva humanidad?

Señor y Dios nuestro, llénanos de tu luz y de tu alegría y haz que caigamos en la cuenta de que estamos llamados a trabajar por la salvación de los demás, para que todos los pueblos de la tierra formen una sola familia y surja una humanidad nueva en Cristo. Amén.

 





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