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Confianza en el Plan Divino
Talentos Trabajando


Por: Martín Michel Rojas Rojas | Fuente: Catholic.net



El día de hoy, quiero compartirte de manera breve una experiencia personal, la cual me ayudó a lograr entender un poco más del plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Espero te sea de utilidad.

Un jueves de abril del 2013, fui diagnosticado de estar enfermo de leucemia linfoblástica aguda, tenía 20 años y me encontraba en lo que se podría llamar “el pleno apogeo de mi juventud”, pues tenía una buena universidad, una buena beca, diferentes trabajos relacionados a mi carrera, una novia bonita, buenos amigos, un coche, en pocas palabras, lo que parecía mi realización personal en aquel momento de mi vida.

Recuerdo muy bien, la arrogancia con la que no quería ir a internarme, todavía sin saber lo que tenía. Ese jueves, mi tía que es doctora, me vio muy pálido y amarillento, misma observación que durante semanas previas, amigos cercanos ya me habían hecho el comentario, por lo que mi tía me mandó a realizarme estudios de sangre de manera urgente.

Los resultados llegaron y se los di a interpretar, cuestión que al hacerlo, mi tía se quebró por un momento y al mismo tiempo informándome que era un milagro que me mantuviera de pie y sin ningún otro síntoma alarmante ya que los estudios arrojaban que me encontraba por los suelos en mis niveles sanguíneos, lo cual era para que estuviera en lo que popularmente llaman “moribundo”, sin embargo, yo estaba de pie y extrañado ante lo que mi tía revelaba. Ella me dijo que tenía que internarme de inmediato, para estabilizarme y posterior a eso, buscar la razón por la que me encontraba así.

Yo me sentía incrédulo ante la información que me daba pues según esto iba a llevarme cerca de un mes el recuperarme, acción que no me podía dar el lujo, ya que mi pensamiento en ese momento era de “tengo varios pendientes del trabajo, varios eventos el fin de semana, muchas cosas que hacer para ausentarme un mes”. Por lo que en mi soberbia de sentir que controlaba mi vida, le dije muy cómodamente a mi tía que sí me iba a internar pero hasta el sábado, y que solo el fin de semana permanecería internado pues tenía mucho trabajo que hacer; claro que mi respuesta fue inútil y apabullada cuando ella me respondió -¿te quieres morir?, ¿no entiendes que si no te internas ahorita mismo en cualquier momentos puedes fallecer? - por su puesto que ante esa respuesta comencé a entender la gravedad de mi situación y no dude en hacer al pie de la letra toda indicación.



En menos de un santiamén me encontraba con mi mamá en el hospital del estado, en un cuarto aislado y por primera vez en mi vida con una transfusión sanguínea, la cual repitieron innumerables veces. Los días pasaron y el diagnóstico se confirmó, después de que me quitarán un pedacito del hueso de la medula espinal para analizarlo, el padecimiento era “leucemia linfoblástica aguda” y requería actuar de inmediato pues se encontraba ya un poco avanzada, así que la propuesta de tratamiento fue iniciar con quimioeterapias, las cuales constaban de 8 ciclos divididos uno por mes, obviamente todo esto en internación permanente, solo con algunos días de regresar a mi casa como distracción entre cada ciclo.

Yo no tenía idea de a que me enfrentaba y mucho menos mis padres, mis hermanos, amigos y gente que me apreciaba, era un camino incierto, pero juntos, además, si de algo puedo presumir, es de la extraordinaria forma en como Dios va entramando todo su plan para la salvación de uno mismo y de quienes lo rodean, no tenemos ni la más remota idea de hasta donde y  a quien pudo alcanzar tu situación para formarlo, es un verdadero misterio en como el Señor actúa, pero sobre todo en como capacita a la persona para lo que tiene que enfrentar, y mi caso no fue la excepción. No me explico como salí adelante más que de la mano de Dios que siempre y en todo momento estuvo a mi lado, generando los pensamientos positivos, las sonrisas las condiciones de personas que ayudaron, la adecuada acción de la enfermera y médico, la reacción de mi cuerpo al tratamiento, los baches que tuvimos que superar, pero sobre todo en como Él fue transformando todo en algo mejor, bien pude comprender un poco de la frase, “Señor en verdad tu haces las cosas nuevas”.

Los meses pasaron y mi cuerpo cambió, mi madre al día de hoy que ya podemos platicar del tema, me describe fisicamente como una “piltrafa humana”, realmente estaba destrozado, mi cuerpo era hueso pegado a piel, sin cejas, sin ni una sola señal de un pelo, pero eso sí, ella y yo siempre con una fortaleza sobrehumana que nos hacía levantar y continuar. Creo con toda la extensión de la palabra que así como han sido los días más difíciles que he vivido, también fueron los más intensos que he experimentado espiritualmente y en gracia de Dios, jamás me había sentido tan cercano a Él.

A los casi seis meses de tratamiento, hubo un pensamiento en mi, que yo le llamo “corazonada”, la cual hizo que junto con mi familia decidiera dejar el tratamiento y buscar otras alternativas pues mi frase para explicar el motivo era “mi cuerpo puede resistir más sin mayor problema pero mi alma ya no” y justo me refería en gran parte al tratamiento y a vivir el  ambiente del hospital, sobre todo el cuarto en donde estábamos alrededor de 6 pacientes internados, todos con un similar diagnóstico y tratamiento, lo que llevaba a uno, no solo a preocuparse de su propia enfermedad sino también de los de al lado, vivir con ellos y sufrir con ellos, recuerdo muy bien como un joven llamado igual que yo y que se encontraba en otra cama junto a mi, un día ya no despertó, horas antes habíamos platicado y mofado de las reacciones que nos daban, eso y muchas otras cosas orillaron  a mi decisión, sin embargo, antes de informarle a la Doctora mi decisión, en su consulta habitual, junto con mi mamá nos dijo “Martín, temo informarte que hasta el día de hoy el tratamiento no ha servido en tí, sigues teniendo la leucemia y solo nos queda la opción de seguirte dando quimioterapias de dosis bajas para que tengas seis meses con una calidad de vida masomenos buena y puedas prepararte para lo peor…”, en pocas palabras “me quedaban seis meses de vida”.

Claramente, me negué a recibir más quimios y al mismo tiempo a pesar de la información que nos habían dado, decidimos abandonar el hospital. Esa noche que regresaba a mi casa fue de un silencio muy especial entre mi mamá y yo, parecía que estábamos resignados, más sin en cambio, ese silencio duró poco, pues mi papá que trabaja muy lejos de casa, ese noche al enterarse me habló por teléfono y con la calma con la que un padre confía plenamente en el Señor me dijo - “Mijito, tu tranquilo, no le hagas caso a la doctora, ella no tiene la última palabra, vamos a pedir una segunda opinión, ya tengo una cita con un Doctor que me recomendó un amigo que acabo de conocer hace una semana, él tuvo lo mismo que tu y ya es un señor curado y con hijos, él me recomendó que fuéramos con su médico, así que todavía nos queda mucho por hacer Martincito” - jamas olvidaré ese momento de paz que mi papá me transmitió ante una situación que parecía a ojos humanos hundirse en la vulnerabilidad.



Y con esto toco otro punto a reflexionar, como católicos debemos confiar a ojos cerrados en los caminos de Dios, con Fe en su Providencia, con una actitud como la de un niño que confía en su padre y madre, con esa confianza de que todo lo que hacen por uno es para su propio bienestar, esto implica de verdad ver a Dios como una figura paterna, como justo nos ve Él, como sus hijos a quienes ama, y que solamente busca nuestra mayor felicidad, aunque humanamente como niños, no lo entendamos, así que implica ser dócil, manso y humilde de corazón ante la voluntad del Padre, mirar la vida con una mirada celestial. En una anécdota para entender los planes de Dios, una vez escuché que el ser humano ve su vida como la parte trasera de un tapiz, solo ve entramados disparejos, sin color ni belleza, porque en muchas ocasiones se ciega y no ve el otro lado del tapiz de frente, como lo mira Dios, con toda su hermosura y bordes perfectamente delineados, con exquisitos colores y figuras que hacen de nuestra vida un tapiz extraordinario.

La historia termina en que en la segunda opinión del Doctor, me detectó una particularidad que antes no habían detectado o no había aparecido, no lo se, el caso es que gracias a que encontró el apellido de la enfermedad, logró darme un tratamiento efectivo, de dosis bajas y ambulatorio, al cual, justo en año nuevo del 2014 a tres semanas de iniciar el nuevo tratamiento, yo ya estaba curado o en términos más apropiados médicamente “estaba en remisión de la leucemia”. Por lo que concluí que aquel hombre que mi papá conoció lejos de mi ciudad y una semana antes de que a mi me desahuciaran, definitivamente fue un ángel de Dios que nos dijo por donde tenía que llegar la curación en mí, de esa forma sería el milagro.

Como era de esperarse, no todo terminó ahí, posteriormente tuve un transplante autólogo de médula ósea, además de continuar dos años más de tratamiento, sin embargo eso nos enseñó a ver y apreciar la vida con mayor intensidad y agradecimiento, a ver los  “aparentes problemas” como “retos a superar”, pues efectivamente “nadie sabe el día ni la hora” (Marcos, 13,32) y si uno cree que controla su vida, más vale reconsiderarlo, ya que como bien dice la frase “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale de tus planes”. La única certeza que tenemos en este mundo es aquella que la oración provoca, el don de la Fe que Dios regala a quien la pide. Ojalá y con la Fe puesta en Jesucristo Nuestro Señor,  un día alcancemos la actitud del santo Job - “Señor tu me lo diste todo, y tu me lo quitaste, Bendito Seas Por Siempre Señor”. (Job 1, 21)

“Creer en Dios significa confiar en sus tiempos y sus formas, solo así se forma la paciencia como bien lo recordaba Santa Teresa del Niño Jesús”, es vital.

Dedicado a Cristo Rey y María Santísima.

A mis padres, hermanos, familiares, amigos, sacerdotes, monjitas, seminaristas, colegas de trabajo, mentores, compañeros de clase, médicos, enfermeras y todo bienhechor que me acompañó de muchas formas, pero sobre todo en oración.





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