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Reflexión del evangelio del Domingo 18 de noviembre del 2018

En dinámica espera; XXXIII Domingo Ordinario
Para el discípulo cada instante es un momento de gracia y de presencia de Dios encarnada en la vida del hombre


Por: Mons. Enrique Díaz; Obispo de la Diósecis de Irapuato | Fuente: Catholic Net



Lecturas:

Daniel 12, 1-3: “Entonces se salvará el pueblo”

Salmo 15: “Enséñanos, Señor, el camino de la vida”

Hebreos 10, 11-14. 18: “Con una sola ofrenda Cristo hizo perfectos para siempre a los que ha santificado”

San Marcos 13, 24-32: “Congregará a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales”



 

 “Es el fin del mundo”, explota desesperado Manuel junto con su esposa. Los acontecimientos que directa o indirectamente los han sacudido en los últimos días los tienen asustados. Los temblores, las lluvias torrenciales, la escasez de agua… todo ha venido a desestabilizar no sólo su economía sino su vida misma: “Nos estamos volviendo locos. No logramos reponernos de un desastre cuando ya se acerca el otro. No nos da tiempo ni de reponernos. Después aparece también la violencia, la inseguridad y tantos conflictos. Con mucha razón hay quienes afirman que ya está cercano el fin del mundo ¿Será cierto que terminaremos por destruir la tierra y que ya se acerca el momento final? ¿Qué les iremos a dejar a nuestros hijos? No quiero ni imaginarlo”. Termina diciendo.

Hablar del fin del mundo en nuestros días produce muy diferentes reacciones. Hay quienes adoptan una actitud catastrófica y terrorífica. Basándose en supuestas revelaciones o profecías, o bien ateniéndose a los datos que van arrojando los graves deterioros que el hombre causa a la naturaleza, se aventuran a predecir fechas cercanas y auguran situaciones insostenibles en la vida de nuestro planeta. En cambio a otros les da igual. Perciben su vida como un breve momento en un inimaginable devenir de la historia, no se preocupan ni de dónde vienen ni a dónde van, solamente les interesa el momento presente, vivirlo, disfrutarlo y no inquietarse por lo que vendrá después. Si ya de por sí la vida es difícil, ¿para qué cuestionarnos y preocuparnos por el mañana o, peor aún, por el futuro de la humanidad? Hay que vivir el momento presente sin angustias, es su afirmación. Ya en tiempos de Jesús y sus discípulos existía esta misma inquietud, aunque en otros términos y con otras expresiones, pero se cuestionaban seriamente por el mundo futuro y por la venida definitiva del Mesías.

El pasaje de San Marcos que leemos en este domingo es una parte de la respuesta que Jesús da a sus discípulos sobre los acontecimientos finales. Esa misma pregunta a todos nos inquieta, porque quisiéramos saber todo sobre la venida del Hijo del Hombre, o del encuentro definitivo con Dios. Quisiéramos que al menos se nos diera una señal para estar preparados. Pero Jesús no indica ni el día ni la hora, es más afirma: “Nadie conoce el día ni la hora. Ni los ángeles del cielo ni el Hijo; solamente el Padre”. Y esto nos coloca en una actitud de espera frente a la sorprendente venida del Señor. No podemos angustiarnos con cada fecha que a uno u otro “inspirado” se le ocurre, pero tampoco podemos sentarnos con indiferencia a ver pasar el tiempo inútilmente. La respuesta de Jesús nos lleva primeramente a una actitud de atención a los signos de los tiempos. Las hojas de la higuera para el necio no tienen ningún sentido, para el sabio campesino implican el tiempo de ponerse a trabajar y a la búsqueda de instrumentos para aprovechar el tiempo propicio. Para el necio, la Palabra de Dios en la historia pasa desapercibida, para el discípulo cada instante es un momento de gracia y de presencia de Dios encarnada en la vida del hombre, que lo reta y lo alienta, que le descubre su amor y lo lanza en su seguimiento.

Lejos de la angustia, debemos responder a estas preguntas básicas. El reflexionar de dónde vengo y hacia dónde voy, qué hay en el más allá, nos debe suscitar una actitud de espera y de esperanza: de espera activa y dinámica, construyendo en compañía de Jesús; de esperanza viva, sabiendo que aquí y ahora se hace realidad la vida del Reino, que hay pequeños brotes que no pueden ser ahogados ni por la violencia ni por las tinieblas de la oscuridad. Pensar en nuestro encuentro definitivo con Dios despierta en nosotros el deseo de descubrir y acoger semillas y razones para esperar, y debemos recibir esas semillas, guardarlas en nuestro corazón y hacerlas fecundas. Cuando no se reconoce el propio origen ni se quiere tampoco mirar hacia nuestra meta final, se camina en la oscuridad, a tientas y dando tumbos. Se pierde la noción de nuestro peregrinar y se cae en sinsentidos y se aferra la persona a los bienes materiales y a las glorias del mundo. Se pierde el sentido de la dignidad humana tanto propia como la de los demás y todo se torna absurdo.



Hoy descubramos la grandeza de nuestro origen y la grandeza de nuestro fin. Si miramos de dónde venimos y a dónde vamos, si nos reconocemos como hijos e imagen de Dios y nos sentimos llamados a vivir participando de su misma vida, si estamos en búsqueda de una mayor identificación y participación divina, nuestro actuar de cada día se llenará de entusiasmo y esperanza a pesar de los nubarrones que turban y esconden esa semejanza con Dios. Cada acción nuestra tendrá el ideal trinitario y comunitario al cual debe tender la humanidad. Estaremos construyendo con nuestras pequeñas vidas, aparentemente insignificantes, la imagen de nuestro Dios Amor. Que hoy queden en nuestro corazón esas preguntas para responderlas en diálogo confidente con Dios: ¿Qué pienso de mis orígenes? ¿Qué pienso de mi final? ¿Cómo influyen en mi vida diaria?

Concédenos, Señor, tu sabiduría para descubrir la grandeza de nuestros orígenes y mirar con esperanza la felicidad verdadera a la cual estamos llamados, y así nos dispongamos a servirte con alegría a Ti y a nuestros hermanos mientras dura  nuestro peregrinar. Amén.





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