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El necesario concepto de ´abortismo´
El abortismo puede definirse como el sistema de promoción o de imposición del aborto provocado a gran escala social e internacional


Por: Pablo López López | Fuente: churchforum.com



Hablar de “aborto” parece remitirnos a un mero hecho natural y a un ámbito meramente individual. Sin embargo, el aborto provocado y estratégicamente promovido es un fenómeno de una índole tan peculiar, que merece un sustantivo propio: “abortismo”.

El abortismo puede definirse como el sistema de promoción o de imposición del aborto provocado a gran escala social e internacional. Se sustenta en intereses político-ideológicos y comerciales, llegando a enraizarse en espiritualismos sectarios. Desarrolla un inmenso despliegue propagandístico y de manipulación radical de las conciencias y del lenguaje. Empieza por la despenalización del aborto en gran número de casos para después imponerlo: primero como derecho fundamental y luego como obligación. El resultado ha de ser que se penalice a los que se resistan a abortar o defiendan la vida . Actualmente en España se están perpetrando graves ataques a grupos pro-vidas: amenazas continuas de muerte (Madrid), violentación intimidatoria del domicilio social (Valencia), etc. No por casualidad estas agresiones vienen inmediatamente precedidas por campañas de hostigamiento mediático de la prensa abortista.

El inmenso negocio beneficia a la red de centros abortistas y a las compañías que utilizan los restos mortales de los fetos. El abortismo ideológico se camufla presentándose como el genuino feminismo defensor de la mujer, como exigencia de todo “progresismo” y como bienintencionada política para evitar “abortos inseguros”. Así, se escuda en el santo y seña de “salud reproductiva”.

Al igual que otro tipo de homicidio, el aborto provocado nunca ha desaparecido a lo largo de la historia de la humanidad y de la política. Ahora bien, la expansión mundial de las últimas décadas es abrumadoramente superior a la de cualquier época pasada. Y resulta más estremecedora por el mayor conocimiento actual sobre el origen de la vida humana individual. Cuando el mundo recupere humanidad, nuestro tiempo será conocido como el del abortismo.

El contexto de este período abortista es el de la época en que a más personas se ha matado en la historia. Para ello basta recordar las dos guerras mundiales, junto a la cadena de guerras y genocidios contemporáneos. Pese al grandilocuente avance legislativo y práctico en varios terrenos, el desprecio por la vida humana es hoy ostensible. A él pertenece también la real desmovilización social contra las causas del hambre y la miseria. Hay más manifestaciones de protesta y más voluntariado contra el hambre que contra otras injusticias, pero habría que cuestionar la coherencia y la seriedad de algunas de estas iniciativas de pancarta y tambor. La vida humana, la justicia social, se defiende en su totalidad y no según el aspecto de moda.

No sólo ha de distinguirse el aborto espontáneo o involuntario y el provocado o cometido. Además, ha de reconocerse la gran dimensión socio-política de éste. El primero es un duro trance imprevisto e ineluctable que se vive en intimidad y familia. En cambio, el aborto provocado es, en buena medida, social y políticamente provocado. Es un hecho social y no sólo porque afecta prioritariamente a un tercero, más allá de la pareja: al niño o niña que pierde violentamente la vida. Es social por los condicionantes sociales que lo impulsan y por las dramáticas consecuencias antisociales que cada aborto agrava.

Entre los abortistas hay diferentes grados de implicación. Y recordemos siempre que ante este fenómeno mundial no caben seráficas neutralidades ni contradicciones acomodaticias. Oímos incluso decirse “contrario al aborto”, pero favorable a su “despenalización”, sin especificar en qué nivel de “despenalización” o permisividad. ¿Cómo mostrarse cual persona de principios y a la vez aceptar y votar que en millones de casos se hagan añicos tales principios de respeto a la vida humana y a la salud materna?

Pero ahora pongamos el acento no tanto en deslindar grupos de opinión más o menos abortistas, sino en tener presentes los principales grupos de acción abortistas. Aunque es actualizable, encontramos un buen elenco en J. Kasun, La guerra contra la población, 1993. Entre las páginas 179 y 209 hallamos la presentación sumaria de treinta y seis multinacionales o grandes organizaciones volcadas en políticas eugenésicas, neomalthusianas y abortistas. Ahora habría que empezar por añadir a magnates que presumen de filántropos, como Bill Gates. Estamos ante toda una estrategia mundial de dictadura sobre las conciencias y las vidas que apunta a un leviatánico Estado mundial envuelto en falsos mensajes de “paz” y valores biensonantes (vid., M. Schooyans, Abortion, a political approach, 1980, p. 123-4).
 





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