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Tu camino a Damasco
Junto a Jesús, nuestro camino a Damasco será dulce.


Por: Marlene Yañez Bittner | Fuente: Catholic.Net



Conocemos la maravillosa experiencia de Saulo de Tarso, conocido como el Apóstol Pablo, en su camino a Damasco: Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida y se dirige a Saulo, transformando sus convicciones, sus ideales, sus pensamientos y su vida por completo.

 

"Pero todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, lo tengo por pérdida, a causa de Cristo. Más aún, todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo" (Filipenses 3,7-8)

Pablo de Tarso no sólo desconocía a Jesucristo como el hijo de Dios, sino que además dedicó gran parte de su vida en perseguir cruelmente a los seguidores de Cristo. Pero Dios no tardó mucho tiempo en llamarlo. Una llamada que supone una conversión total de parte del sujeto; un vuelco en su vida; un renacimiento en el Espíritu de Dios. Más aún, el Señor le clava el deseo de proclamar el Evangelio.

"Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" (Hechos 9,4)



Se trata de una conversión que deja atrás los supuestos beneficios y atributos del mundo para dedicar una vida al seguimiento de Cristo. La Sagrada Escritura nos enseña que nosotros no somos más que peregrinos en la tierra,  pues no somos de este mundo, sino más bien del Reino de los Cielos.

"Amados hermanos, por ser aquí extranjeros y forasteros, les ruego que se abstengan de los deseos carnales que hacen la guerra al alma." (1 Pedro 2,11)

"Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo." (Filipenses 3,20)

Y en este peregrinar tenemos ocasión de elegir nuestro camino, así como también las obras que vamos realizando a lo largo de nuestra vida. Sencillamente, podemos vivir con o sin Cristo. Practicando y anunciando el evangelio de nuestro Señor, o vivir cegados por las distracciones del mundo, anclados en lo que el mundo nos ofrece y destinando nuestro esfuerzo en sembrar, consiguiendo bienes materiales y afectos en una tierra que no nos pertenece. Jesús nos pide por el contrario volver la mirada hacia aquello que nos llevará a nuestro sitio verdadero junto al Padre. Nos pide la misma conversión que deja a San Pablo como un discípulo de Cristo.

"Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu, vida y paz," (Romanos 8,6)



Podemos hacernos muchas interrogantes a partir de la experiencia de San Pablo. ¿Acaso hemos escuchado la voz del Señor? ¿Nos ha llamado a servirle? Y si es así ¿Cómo hemos respondido?

Todos vamos por el camino hacia Damasco. En una tierra ajena, pues somos extranjeros. No conocemos el camino, sólo caminamos, atravesamos obstáculos, nos caemos, nos levantamos y seguimos nuestra ruta. Sin lugar a dudas, en esta travesía, Dios nos ha llamado o pronto lo hará. ¿Cómo le vamos a responder? Nos pedirá cambios en nuestras vidas, quizás nos exigirá nuevos desafíos,  es lo que San Pablo llama “morir cada día” (1 Corintios 15,31).

La decisión no es fácil si no llevamos a Jesús en nuestro corazón, pues los afanes del mundo en el que vivimos nos absorben a diario y aunque quizás seamos Cristianos, nos cuesta trabajo posicionar a Dios como prioridad dentro de nuestra agitada agenda cotidiana.

“pero en ellos brotan las preocupaciones del mundo, el engaño de las riquezas y demás ambiciones, y ahogan la palabra haciéndola infructuosa.” (Marcos 4,19)

Se trata de hacer el ejercicio de dedicar más tiempo para Dios, realizando obras de misericordia, practicando la oración y en definitiva manteniendo una relación con Dios. Dedicando menos tiempo en el afán diario de la vida y dejando espacio para lo verdaderamente importante; aquello que sí nos garantizará la vida, la paz y la eternidad.

Junto a Jesús, nuestro camino a Damasco será dulce, un peregrinar liviano y con una tranquilidad constante en nuestras almas.

"Marcharé en medio de vosotros, seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo." (Levítico 26,12)

 





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