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Jesús y su Madre (2)
Jesús tuvo una madre como cada uno de nosotros. Y esta madre es María


Por: P. Antonio Rivero, L.C. | Fuente: AutoresCatolicos.org



La primera parte de esta reflexión está AQUÍ

Queremos seguir hablando de María, la Madre de Jesús, la Madre de la Iglesia y nuestra Madre. De Ella, decía san Bernardo, “nunca lo suficiente”. Y lo he hecho a propósito, porque María se lo merece, porque Jesús estará contento de que se hable de su Madre, y porque lo pide el corazón filial de quien escribe estas páginas. Además, como sacerdote que soy María es la madre de mi sacerdocio, fui ordenado sacerdote a los pies de la Virgen de Guadalupe, en Roma, y a Ella encomendé mi trabajo sacerdotal. Por eso, permítaseme que hable de Ella un poco más extensamente. Han sido meditaciones que fui haciendo leyendo los Santos Evangelios. Si le ayudan al lector, daré gloria a Dios.

Así pues, sigamos con la figura esplendorosa de María. Vayamos a Nazaret.

  1. María, maestra y discípula en Nazaret (Lc 2, 51-52)

María, con la espada bien clavada en el corazón, sale del templo, adolo­rida. Jamás hubiera pensado que fuera tan duro ser la madre de Dios. Tuvo que redimensionar mucho sus pensamientos. Ese santo orgullo que sintió en Belén por ser la madre de Dios, por tener entre sus manos al mismo Hijo de Dios, ahora ese mismo orgullo viene purificado por la espada de dolor.

Y ahora se dirige a Nazaret, con el niño en sus brazos. Pesaba un poco más, porque comenzó a llevar desde este momento la cruz de su Hijo...y la cruz de su Hijo pesa mucho, porque está labrada con los pecados de todos los hom­bres. Comienza María a ser corredentora; en la cruz, su Hijo le confirmará en esta vocación.



¿Qué hizo en Nazaret durante esos largos treinta años?

Hizo de maestra y de discípula, al mismo tiempo.

María como maestra. María formó a su Hijo, lo educó. Nos parece una herejía decir que una persona humana, por muy santa que sea, haya podido ejercer realmente influencia sobre Dios, haya podido darle educación, formación.

Y sin embargo, es cierto: Cristo fue tan auténticamente educado por María como engendrado por ella. La divinidad de Jesús, lejos de obstaculizar la in­fluencia materna de María, acentuó su fuerza. Él, Jesús, se dejó, en su humil­dad y vaciamiento, formar y educar como el mejor de los niños. Quería ser in­cluso perfecto niño, es decir: niño indefenso, necesitado de la protección, cuidado, educación de su mamá.

Perfecto niño no significa ser niño prodigio que al mes ya sabe hablar, a los cuatro ya toca un instrumento, a los ocho debuta en un concierto. Esto es ser un niño prodigio y un genio, pero no un niño como todos. Jesús quiso ser un niño como todos. Se dejó formar y educar, para darnos a nosotros ejemplo.



¿Qué formó María en Cristo?

María contribuyó en la formación del alma humana de Jesús, le enseñó a rezar. Enseñaría a su Hijo las oraciones tradicionales del judaís­mo.

Influyó también en la formación del corazón de su Hijo. María fue educando el corazón de Jesús en la humildad, para que estuviera volcado sólo a Dios, su Padre, y a los hombres, sus hermanos. Encaminó el cora­zón de su Hijo no a buscar honores ni ambiciones ni a apetencias terrenas, sino a buscar la hu­mildad: "Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón".

Su mismo Hijo, ya en el apostolado tratará de no manchar ese corazón humilde de su madre con ambiciones humanas y privilegios para su madre. Esto le hizo exclamar a Bernanos la siguiente frase: "su Hijo no permitió que la gloria humana la rozara siquiera. Nadie ha vivido, ha sufrido y ha muerto con tanta sencillez y con una ignoran­cia tan profunda de su propia dignidad".

Educó el corazón de su Hijo en la caridad y amor a los demás. ¿Por qué Jesús sentía compasión de la multitud, por qué su sensibilidad registraba las palpitaciones del corazón de los hombres, por qué para todos tenía senti­mientos de bondad, cariño, cercanía? María tuvo mucho que ver en esto.

María formó la fina sensibilidad y los nobles sentimientos de Jesús. ¿De dónde le vino a Cristo esa fina sensibilidad, abierta a la belleza de la naturaleza: a los lirios del campo, a los pajarillos del cielo...? De su Madre. Cuando iban de paseo, María le iría ponderando todas esas maravillas de la naturaleza. Se detendría y le haría valorar la belleza de la creación.

De Ella aprendió la gratitud. El "Te doy gracias, Padre..." ¿no es el eco del himno de gratitud que María siempre entonaba en su casa de Nazaret?

Y su voluntad y aguante. De Ella aprendió esa aceptación gozosa del plan de Dios, esa entereza ante el sacrificio: caminata, exilio, fuga a Egipto; la larga espera en Naza­ret, ida del hijo a su apostolado. De Ella aprendió el aguante ante la pobreza que reinaba en Nazaret; la tenacidad ante las contradicciones...¡Cómo nos vienen a la mente los sufrimien­tos e injurias del patíbulo de la cruz, sufridos y soportados con una entereza digna de un hijo, cuya madre fue atravesada por una espada de dolor! Esa espada atravesó a madre e hijo.

María como discípula. Por otra parte, Ella mis­ma, como la hermana de Marta, se sentaba a los pies de su Hijo, iba llenando su alma de jugo espiritual, ahon­daba en el cono­ci­miento de su Hijo, sin dejarse llevar de la monotonía de la vida. También la rutina quiso arañar a María. Pero Ella nunca se acostumbró a vivir con su Hijo. Mas bien, se abría al resplandor divi­no que su Hijo des­pe­día. Por eso, daba vueltas a cuan­to veía y oía de su Hijo. Su Hijo era para ella su Maestro.

  1. María perdió su tesoro en el templo (Lc 2,40-50)

Volvemos al templo...¿Qué tendrá el templo que tanto fascina a María?

La primera vez fue para ofrecer a su Hijo y quedarse sin Él. Ahora vuelve a quedarse sin Él durante tres días y lo encuentra una vez más en el templo para reafirmarle Dios que ese Hijo que tiene delante no le pertenece, está en los quehaceres de otro Padre, el Padre celestial.

¡Qué golpes tan duros para una psicología femenina, para un alma tan sensible como la de María! ¿Es que eran necesarios tantos golpes, tantos litros de sangre? ¡Cómo Dios sigue probando y acrisolando a María!

María vivió tres días de noche oscura para su alma. Como noche oscura vive quien ha perdido a Jesús, el Sol naciente.

¡Perder a Jesús! ¡Qué tragedia!

¿Es que puede el hombre ver sin esta luz? ¡Cuántos hombres han perdido a Jesús y viven sin luz.

¿Es que puede el hombre caminar sin este Camino? ¡Cuán­tos hombres han perdido el camino y van tropezan­do por otros caminos llenos de escombros y zarzas.

¿Es que puede el hombre vivir sin esta Vida? ¡Cuántos hombres viven muer­tos!

¿Es que puede el hombre vivir en la verdad de sí mismo, sin esta Verdad?

¿Es que puede el hombre vivir en gracia y de la gracia sin la Gracia? ¿Es que puede el hombre sostenerse y sa­ciar su sed y su hambre sin este Alimen­to?

¡Perder a Jesús! ¡La mayor desgracia!

Yo sólo temo perderte.
Y como temo perderte, temo al pecado
Al pecado, que es, para mí, la perdición de Ti.
Al pecado que es contra Ti
No a la pena que viene de Ti.

No hay dicha sin Ti, ni pena contigo.
Fuera tu cielo sin Ti yo renunciaría a tu cielo

Fuera tu infierno contigo, yo querría tu infierno.

Sin Jesús todo es noche en la vida

Y en la noche no podemos ver, no podemos caminar, no podemos correr, no podemos trabajar. En la oscuridad, la barca de mi vida se puede estrellar contra los arreci­fes de este mundo. En la oscuridad es más fácil caer en los barrancos, pisar en falso y rodar por tierra. En la oscuridad todo es inseguridad, miedo, temor. En la noche hacen muchas veces los hombres las mayores fechorías.

Perder a Jesús es perder el faro que nos alumbraba en la noche de la dificultad, es perder el aliento que nos permitía caminar por los senderos de la vida.

Esta noche que viven tantos hombres, envueltos en densas tinieblas de indiferentismo, escepticismo, ateísmo práctico...¿no será porque han perdido a Jesús, que es Luz?

María experimentó esta noche. Tres días de oscuridad. Eclipse total de ese Sol divino, para ella que es la Luna...Luna que recibe su luz del Sol divino.

Sin Jesús todo es angustia del corazón

Perder a Jesús es quedarse solo, sin esa compañía que dulcificaba el corazón en los momentos de duda, de olas embravecidas, de luchas tremendas contra nuestras pasiones o contra nuestros enemigos. Perder a Jesús es perder el puerto seguro y no saber qué norte guiará nuestra barca. ¿A dónde iré si he perdido el puerto? Perder a Jesús es perder el ancla que yo arrojaba tantas veces al mar para que se encallara en el fondo y sujetara la embarcación de mi vida, contra las mareas, maremotos, corrientes y vientos y vaivenes de mis sentimientos.

¡Qué angustia estar en pleno mar, en plena tormenta interior sin este timonel- Jesús- seguro a bordo de mi barca, sin esta ancla!

¡Cómo experimentó esta angustia Lope de Vega en aquella famosa rima sa­cra, símbolo de su propia vida!

Pobre barquilla mía,
entre peñascos rota,
sin velas desvelada,
y entre las olas sola:
¿adónde vas perdida,
adónde, di, te engolfas?
que no hay deseos cuerdos
con esperanzas locas.

Como las altas naves
te apartas animosa
de la vecina tierra
y al fiero mar te arrojas.

Sin Jesús todo es tristeza del alma

Perder a Jesús es perder la alegría de mi vida, el gozo profundo de mi entrega, el por qué de mi existencia, la razón de mis sacrificios, de mis re­nuncias. Sin Cristo todo es tristeza, porque Él "alegraba los más tristes momentos de mi vida, sanaba las heridas más dolorosas, consolaba las penas más profun­das".

Perdido quien es médico, la herida se pudre. Perdido quien era consola­dor, me acorrala la desesperación y me hundo. Perdido quien era mi amigo, mi amor y mi todo, ¿qué me queda? Profanación de mi vida cristiana, tristeza de alma.

Perder a Cristo es triste destino, pero posible. ¿Y no vigilo para que nadie me quite a Jesús, para que nadie me pise a Jesús, para que nadie me ex­travíe a Jesús?

Podemos perder a Jesús de tres maneras: o porque me lo han robado mis pasiones y me han destrozado esta joya que es Jesús, la gracia de Cristo en mi corazón y en mi con­ciencia. Tenemos que vigilar; o porque le he extraviado yo por irme en otras caravanas, donde tal vez se me ofrecía una vida más regalada, menos dura, más fácil; o porque Él se me oculta y se me esconde, para probar mi amor y mi fe. Esto no es perder a Jesús; es un perder aparente, pero en esos momentos Él está muy cerca de nosotros, como se lo dijo Jesús a Catalina de Siena cuando se quejaba: "Catalina, no te había abandonado; Yo estaba cerca de ti y por eso venciste". Esta noche es la noche descrita por los grandes místicos, donde Dios me quiere quitar todas las agarraderas humanas, purificarme de todo apego para unirse a mí.

Esta escena de la pérdida de Jesús en el templo es un adelanto del Calvario, porque aquí experimentó por unos ins­tantes lo que todo pecador experimen­ta al perder a Dios por el pecado: "me han quitado un pedazo de mí mis­mo".

  1. La escondida vida pública de María (Lc 1,39-56 y Jn 2,1-12)

Llegó el tremendo día en que su Hijo tuvo que abandonarla para irse al Apostolado. Fue tal vez una tarde, en la sobremesa: "Madre, mañana salgo a mi apostolado; dame tu bendición". Y María le contesto: “Ya me lo esperaba, Hijo, desde hace tiempo”.

Madre e Hijo se abrazaron efusivamente. María derramó furtivas lágrimas que cayeron sobre la túnica de su Hijo.

Volvió a entender que ese Hijo no era suyo, no era para Ella.

Sí, le había dado a luz, le había educado y formado...pero no era para ella, sino para el Padre Celestial y para esta humanidad doliente y tan necesi­tada de un Reden­tor. La espada se metía un poco más en su corazón. Y María se desprendió con mucho dolor de este fruto de su seno.

Fue una escena dura, sin duda alguna...como cuando alguno de los hijos se despide de sus padres, para hacer una carrera en el extranjero. Mar­charse de casa, donde uno ha experimentado el cariño, la solicitud, el amor, el calor de los papás...donde uno se educó, se formó, vivió intensos momentos con sus seres queridos...donde uno vio a su padre desvivirse por uno...donde vio a su madre sufrir y gozar... ¡es duro, muy duro!

María experimentó todo esto. Y Ella en grado superlativo, porque, ¡qué hijo perdía una vez más!

No sólo comenzó la vida pública para su Hijo. También Ella tuvo su vida pública. Ella podía haber tenido la tentación de encerrarse en su propia exis­tencia, tan rica, tan pura...Pero rechazó la tentación. Ella quiso ponerse en contacto con los vecinos, comprenderles, estimarles, prestarles sus servicios. El hecho de haber sido invitada a las bodas de Caná y haber aceptado la invita­ción, es una prueba de su vida ordinaria de sociedad.

El Evangelio nos cuenta dos escenas donde María sale de su quieto rincón de Nazaret y realiza su apostolado: con su prima y en Caná.

¿Con qué salió al apostolado? ¿Qué llevó al apostolado? ¿Cómo vivió su apostolado? ¿Cómo la vive Ella, María?

Transmitiendo a Cristo. María, la primera evangelizadora del cristianismo. Allá va a evangelizar a su prima, a llevarle la buena nueva, la alegría de la salvación.

El apostolado es eso: Llevar a Cristo. In­yectar a los demás la vivencia de ese Dios que bulle dentro, que amenaza por salirse del corazón.

El encuentro con su prima es muy revelador. Sintió la necesidad de correr y hacer partícipe a alguien de ese Dios que tenía dentro. Por eso fue de prisa. El apostolado es eso: repartir de prisa a Cristo a esos hombres que viven sin él, que necesitan de él.

Enséñame a repartir tu fe entre los hermanos
de prisa, porque se hunden las almas
y la mies es mucha y los operarios pocos.

Nos urge esto debido a la fuerza de las sectas que están invadiendo nues­tro mundo, nos están robando adeptos con su proselitismo. ¿Por qué se pasan a las se­ctas? Los hombres sienten un gran vacío en su existencia, están insatis­fechos y van buscando soluciones a sus problemas en el supermercado de las sectas. Tal vez nadie les predica sobre Cristo, nadie les lleva la buena nue­va del Evangelio. Porque en cuanto se les lleva a Cristo, como hizo María con su prima, tiene que saltar de gozo esa fe en nuestro interior, como saltó Juan en el seno de Isabel.

¡Es grande el desafío que tenemos! Llevar a Cristo. Reafirmar la fe de los católicos. ¿Nos arde por dentro el ansia de transmitir a Cristo? Dar a Cristo. Dar a Cristo siempre: en la calle, en las charlas, en los encuentros con los jóvenes.

María llevó a Isabel la alegría de Dios.

Isabel, tal vez un poco triste, como triste estaban todas las mujeres de ese tiempo que no tenían la gracia de ser madres y no estaban rodeadas de gri­tos de júbilos de niños. María, feliz y contenta, va a llenar de ese don del espíritu, el gozo, toda la casa y sobre todo el corazón de esa pobre mujer.

Llenó a Isabel del espíritu que María llevaba dentro a toneladas. En esto consiste el apostolado en llevar a Dios a los demás, a Dios que es alegría, que es gozo, que es fuerza para sobrellevar las dificultades.

Lo vive con grandísima humildad. Ella, la reina de los apóstoles, vive en el anonimato, sigue a Jesús de punti­llas, no quiso hacer sombra a su Hijo, para que sea Él quien sobre­sal­ga y bri­lle y no lastimar así su minis­te­rio absor­bente y exclusi­vo.

¡Cuántas veces se habrá dicho Ella en su interior: "Conviene que Él crez­ca y yo mengüe"!

Ya lo creo que tenía inmensos deseos de seguir de cerca la predicación de su Hijo. Hubiera estado incluso en sus derechos de madre el visitarle varias veces, ver qué hacía, oír qué decía. ¡Era su madre!

Pero Ella era consciente de que podía interferir en esa tarea absorbente y exclusiva de su Hijo, dedicado totalmente a la predicación del mensaje. No quería restarle energías. Los lazos humanos, si son lazos, queramos o no, nos atan un poco. Y al atarnos nos impiden la libertad de movimientos.

Amaré, Señor, a mi prójimo en la humildad,
porque la humildad es tu rostro;
porque la has elegido como la piedrecilla de David
para derribar la mole de Goliat;
porque fue tu compañera
desde Nazaret hasta la cruz...

Si no somos humildes Dios nos resistirá, nos hará infecundos en el apos­tolado, nos hará probar el polvo de la ineficacia apostólica.

"El arco de los poderosos se ha quebrado
y los suaves tienen la fuerza del cinturón
Porque Tú, Señor,
has ungido de humildad y dulzura tu evangelio
por eso se acercan a aprenderlo los heridos
en todos los frentes de la vida.

Cíñeme, Señor, con tu dulzura
que ella será mi fortaleza inexpugnable.
Dulzura de mi corazón para asemejarme al tuyo,
altar de dulzura.
Dulzura de mis labios para que tu palabra
llegue virgen, transparente al alma de mis hermanos.
Dulzura de mis pensamientos
como Job en medio de su dolor.

Lo vive con un corazón lleno de caridad. María sale al apostolado con un corazón lleno de amor y caridad. Hace de Buen Samaritano. Esa caridad le hizo remediar en Caná esa situación bochornosa.

La caridad tiene ojos para ver esos sufrimientos y miserias humanas, ese dolor profundo en que están sumergidos los hombres. Se trata de ver a Jesús sufrir en los miembros de su cuerpo místico. ¡Llevar unos ojos bien abiertos, no para mancharlos, sino para ver la miseria de los hombres! ¡Quitarnos esa venda del egoísmo que nos hace pasar de largo y no socorrer al prójimo!

La caridad tiene corazón para compadecerse, como el buen samaritano, que se enterneció de ese pobre hombre caído. Se trata de compadecerse de ese Jesús de carne y hueso que muchos hombres han tirado y profanado al borde del camino. ¡Qué corazón no debe tener el cristiano para poder albergar a todos los mar­ginados de la sociedad!

La caridad tiene manos para servir al prójimo en sus necesidades espiri­tuales y materiales; manos para vestir esa desnudez interior en la que están los hombres.

  1. El desgarramiento de María en el Calvario (Jn 19,25-27)

En Belén dio a luz a su Hijo entre gozo y ale­gría profundos; y aquí dio luz, entre un dolor inmenso, a la humanidad entera. Allí fue la Madre del Redentor; aquí, la Madre de la Iglesia redimida. Allí el amor de María florecía; aquí en el Calvario se puri­ficaba, se aquilataba, maduraba y se dilataba para cobijar bajo su regazo a toda la humanidad doliente.

Así como la Anun­ciación unió a María con la Divi­ni­dad antes de la venida de su Hijo; ahora el Calvario une a María con la humanidad hasta la segunda venida de su propio Hijo. De esta manera se hizo correndentora junto a su Hijo Redentor.

Todos tenemos nuestro Calvario, personal, intransfe­ri­ble, fecundo, dado por Dios para ser corredentores con Cristo porque "sin derramamiento de sangre, no hay redención" (Heb 9,22).

Con el dolor y a través del dolor podemos unirnos meritoriamente a la pasión de Cristo.

A María debemos darle nuestro más profundo pésame en el Calvario, después de ver morir a su Hijo. El Sábado Santo para un cristiano es un día de luto para acompañar a esta Madre Dolorosa. Hagamos una reflexión para ese Sábado Solemne.

Las últimas caricias en ese terrible día fueron las de María. Una vez bajado de la cruz y antes de ser colocado en el sepulcro, el cuerpo muerto del Hijo reposó en el regazo de su Madre. Nadie podía negarle tal derecho a tal mujer. Dios había querido que el corazón de Cristo ensayara su primer latido en el seno virginal de María. A Ella le tocaba, también en su regazo verificar que ese corazón se había parado. La humanidad se apretó en María para darle a Dios su bienvenida a la tierra; en el Calvario volvía a apretarse en María para despedirlo.

Retornó el Hijo al regazo de la Madre. Ella nos lo había entregado a los hombres hacía sólo tres años, lleno de vigor, de gracia y de hermosura. Treinta años de cuidados maternales, de amorosa vigilancia, de consagración sin regateos, para darnos “el más bello de los hijos de los hombres”. Y nosotros, en tres años, lo habíamos consumido y estrujado. Nos bastaron tres horas para acabar con Él, rompiéndolo y desfigurándolo. María lo miraba atónita y no acababa de identificarlo: “- Lo que les entregué; y lo que ahora me devuelven”. El regreso del Hijo a la Madre. Su regazo se abría como una playa acogedora para recibir en ella los restos de un naufragio; todo lo poco que quedaba luego de la Pasión, y que el mar depositaba en la playa de María.

Las manos de la Madre se dedicaron a la dulce y dolorosa tarea de recomponer en lo posible las roturas de aquel hijo hecho pedazos. Le cerró un poco más los ojos entreabiertos para que pudiera dormir mejor. Le restañó las heridas. Le alisó y ordenó la barba; y trató de componer un poco la revuelta maraña de sus cabellos.

Al fin se detuvo en una de las heridas: la del costado. No podía separar de ella, ni sus ojos húmedos, ni sus manos temblorosas. Las yemas pasmadas de sus dedos, iban y venían, suavemente, paralelas a sus bordes sangrientos, dibujando una vez más, sin cansarse, aquella hendidura misteriosa.

Bajó de pronto su cabeza y sus labios se posaron sobre los de la herida. Estaba besando el corazón del Hijo. Se detuvo un momento para escuchar su latido. Inútil. El corazón se había parado. Volvió a besar aquel misterio, mientras repetía todo lo que Ella sabía, lo que había dicho siempre, lo que constituía la definición de su vida: “Aquí está la esclava del Señor...”. Porque Ella también sabía que aunque los labios y el corazón del Hijo estaban mudos, su Palabra seguía viva.

Señora de la Piedad, por tu Hijo muerto, concédeles a todas las madres, ser siempre playas abiertas, para recibir a sus hijos, vengan como vengan, después de las tormentas y los naufragios de su vida.

Y anima, Señor, a los hijos, estén como estén, a regresar a la playa de la madre. En ese regazo pueden recomponerse todas las roturas. Y si a los hijos, destrozados o malditos por la vida, nos fallara el regazo de nuestra madre por falta de comprensión o por ausencia irremediable, recuérdanos, Señora, que Tú eres siempre madre y que tu regazo es la playa siempre abierta para los restos de nuestro naufragio, por podridos y culpables que sean.

No en vano estrenaste, Señora, y ensayaste para todos los hombres la playa de tu regazo acogiendo el cadáver de tu Hijo. Tu regazo es playa, Madre, pero también es astillero, donde se recomponen los barcos y los navíos, solos y maltrechos por los temporales.

Hoy quiero traer a tu astillero la barca de tu Hijo, la nave de su Iglesia. Calafatea su casco, endereza el timón, pon en norte la brújula, planta bien los palos y recose las velas. Ya lo has hecho mil veces. Que sea otra vez más. Ayer, por tu Hijo. Hoy, por tu Iglesia. Y tú siempre, la piedad, con tu regazo abierto.

Madre, nadie pudo conciliar el sueño esa noche. Ni los hombres, ni las casas, ni los animales, ni los árboles; ni siquiera las piedras y las rocas consiguieron entregarse al sueño.

Todos los ojos mantenían sus pupilas dolorosamente abiertas, iluminadas por la luna. Y de muchos ojos rodaban, grandes y calientes, lágrimas irrestañables. Aquella noche un rocío insólito, tibio y amargo, cubrió todo el universo: la creación lloraba por el fracaso y el entierro de Dios.

Lloraban los leprosos, los ciegos, los paralíticos. ¿Quién los curará? Les habían enterrado su salud. Lloraban los pecadores, los publicanos y las prostitutas. ¿Quién los perdonará? Nadie podrá llenar el hueco que quedaba vacío en su mesa, a la que se sentaba para comer con ellos.

Lloraban los esclavos: la libertad tenía sepulcro. Y los débiles: la mano que les alzaba yacía impotente y rota. Y a los pobres - pobres ya sin remedio - les acababan de secuestrar, enterrándolo, el Reino de los Cielos. Lloraban los novios: ahora sí que va a faltar el vino de las bodas. Lloraba el lago de Tiberiades. “¿Será mentira que caminó sobre el cristal del agua? ¿Mentira que le gritó a la tormenta y ella obedeció? ¿Mentira que multiplicó en su orilla los panes y los peces? ¿Mentira? Yo lo vi. Yo lo vi”. Lloraba el nardo. “Le han partido los pies que yo besé”. Lloraban el vino y el pan. “Ya no seremos nunca más su carne y su sangre”.

Y los niños que Él besó y acarició no podían dormir esa noche y también lloraban. “¿Qué te duele, hijo? - No lo sé, mamá; me duele todo”...

Y, sobre todo, lloraba María. Ya no podía ver esos ojos brillantes y llenos de luz y cariño. Ya no podía oír esa voz dulce y pacificadora. Y ya no podía sentir las manos de su Hijo cuando la abrazaba a Ella todos los días. Ya no podía verle correr con ese paso sereno y seguro. Ya no podía ver sus cabellos ondulantes por el viento. Ya no podía experimentar el calor del corazón de su Hijo contra su pecho materno. Ya no podía ver a su Hijo sentado en la mesa, hablándole de los tesoros de su corazón. Perdió a su Hijo queridísimo.

María sufre la soledad. Cuando uno pierde un ser querido sufre la soledad. María cruzó el túnel oscuro de esta situación humana que se llama soledad. Veamos cómo ella vivió esta soledad para seguir su ejemplo.

Vivió la soledad física. Esa ausencia de compañía humana, porque murió su Hijo. ¿Cómo y con qué podrá llenar ahora ese vacío que ha dejado la ausencia de su hijo? Su Hijo le dejó en su lugar a Juan, como guardián e hijo adoptivo. Ella ama intensamente a Juan, pero no es lo mismo: su hijo es su hijo, y no puede ser sustituido por nadie, por muy bueno que sea. Esta soledad física no se cura con la compañía física de otras personas. La soledad y el desconsuelo que sufre María no son fáciles de aliviar con palabras ni con remedios externos.

Vivió la soledad psicológica. Consiste en sentir o percibir que las personas que me rodean no están de acuerdo conmigo o no me acompañan con su espíritu, que están a años leguas de mi espíritu, no comparten mi fe y mi amor. A pesar de la compañía de Juan y de las otras mujeres, María se siente inmensamente sola. Esta soledad proviene del darse cuenta de que la mayoría no ha captado como ella la necesidad de la muerte de su hijo: es una soledad llena de hostilidad por parte de los escribas y fariseos, que seguían viendo con malos ojos a cualquiera que hubiera formado parte del grupo de Jesús. Siente la misma soledad psicológica que sintió su Hijo frente a la multitud de gente a quien curó. ¿Dónde están ahora todos ellos? ¿Tan pronto han olvidado los beneficios recibidos? ¿Dónde han quedado los frutos de su predicación? Ni sus mismos apóstoles captaron el sentido de la misión de Jesús. Todos estos interrogantes acongojan el corazón solitario de María. Fray Luis de Granada expresa así esta soledad: “Oh dulcísimo hijo mío, ¿qué haré sin ti? Tú eras mi hijo, mi padre, mi esposo, mi maestro y toda mi compañía. Ahora quedo huérfana sin padre, madre sin hijo, viuda sin esposo y sola sin tal maestro y tan dulce compañía. Ya no te veré más entrar por mis puertas cansado de los discursos y predicación del Evangelio. Ya no limpiaré más el sudor de tu rostro asoleado y fatigado de los caminos y trabajos. Ya no te veré más a mi mesa comiendo y dando de comer a mi alma con tu divina presencia. Ya no me veré más a tus pies oyendo las palabras de tu dulce boca...Hoy se acaba mi alegría y comienza mi soledad”.

Vivió la soledad espiritual. Esa soledad que experimenta el alma frente a Dios, cuando parece que Dios nos abandona y nos deja solos frente a nuestros problemas y angustias; la soledad de quien sabe que sólo él y nadie más que él debe responder un sí o un no libres, ante Dios. Jesús la experimentó en Getsemaní y en la cruz. También María experimentó esta soledad espiritual: tuvo que enfrentarse sola a la responsabilidad de ser madre y sus consecuencias. Ahora, después de muerto su Hijo, debe afrontar ella sola el dolor y el sufrimiento, la ignominia de ser madre de un crucificado. La espada de dolor y soledad está penetrando ahora más que nunca hasta herir las fibras más sensibles del corazón. Y Dios, ¿por qué callaba? “¿Por qué no me consuelas? ¿Me has abandonado?”.

Vivió la soledad ascética. Es el clima interior que consigue el alma, como fruto del esfuerzo personal de aislarse de las personas, acontecimientos, cosas, gracias al desprendimiento, recogimiento y el sacrificio. Esta soledad no es aislamiento infecundo, por despecho del mundo; sino posibilidad para un encuentro más íntimo con Dios, para darle todo el ser. Es la soledad de quienes optaron por una vida consagrada o sacerdotal. Soledad ascética como condición para que Dios sea mi única compañia invadente y profunda. María la vivió. Por eso meditaba una y otra vez todas las cosas en su corazón. Esta soledad ascética es una soledad fecunda: cuánto acumulamos de Dios para darlo a las almas; cuánta paz para transmitirla a los demás; cuánta luz y consejo para iluminar tantas conciencias....Y todo, gracias a esta soledad ascética. Respetemos mucho esta soledad de las almas consagradas. Esta soledad es soledad activa y serena, porque es estar con Dios, viviendo en su regazo.

Por eso, en el Sábado Santo, día de la gran soledad de María, hay que darle nuestro más profundo pésame a María.

Nuestro pésame, María, por la pérdida de tu Hijo, nuestro hermano mayor. Por haber perdido la Luz de tus ojos; el Amor de tu corazón; la Alegría de tu casa; el Consuelo de tus penas. Pésame, María, porque perdimos el Camino, la Verdad y la Vida. Pésame, María, porque enterramos la Palabra eterna y vivificadora.

Pésame y perdón, María. Y aquí nos tienes. Tú Hijo nos encomendó a Ti. ¿Nos aceptas, a pesar de todo? Volvemos a tu regazo, tristes y arrepentidos. Y, ¡ánimo, María! Tu Hijo dijo que resucitaría. Ten esperanza y sostén la nuestra, que está débil y titubeante.

  1. La Reina de los Apóstoles en el Cenáculo con ellos (Hch 1,14)

Allí estaba la Reina de los apóstoles en medio de ellos, prote­gién­doles; el Trono de sabiduría, ense­ñán­doles a orar e implorar la venida del Espíritu; la Causa de nues­tra alegría y el Consuelo de los afligi­dos, ani­mán­doles.

¿Cómo habrá sido ese primer Pentecostés con la Madre de Jesús? El mismo Espíritu que la inundó a ella hacía treinta y tres años, ahora inundaría y fecundaría a esta primera iglesia, que estaba en oración con María. Y les infundiría fuego ardiente y ansia apostólica para lanzarse al apostolado.

Yo también como cristiano tendré que proteger a los hombres que están tan des­prote­gidos contra las inclemencias de este mundo; tendré que darles ese com­plemento y suplemento de alma y enseñarles a orar; y, sobre todo, les ten­dré que lle­var el consuelo y la alegría profunda del Espíritu, invitándoles al sacramento de la confesión.

Que todos los días sean Pentecostés, para que el Espíritu Santo nos inunde con sus siete sagrados dones: sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios. Que nos dé a saborear sus suculentos frutos: amor, alegria, paz, generosidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia.

CONCLUSIÓN

Como sierva del Señor, María es el Modelo de la Iglesia y modelo de las madres. Modelo que conduce a Cristo y de colaboración en su obra, de comunión con Él. Modelo y ejemplo en el sufrir adversidades. María es educadora de la fe, pedagoga del Evangelio y estrella de la Evangelización. No podemos olvidar lo que nos dice el Concilio Vaticano II: “Recuerden los fieles que la verdadera devoción a la Madre de Dios no consiste ni en un estéril y transitorio sentimentalismo, ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, que nos lleva a reconocer la excelencia de la Madre de Dios y nos inclina a un amor filial hacia nuestra madre y a la imitación de sus virtudes” [1]. La imitación de sus virtudes es la verdadera piedra de toque de la devoción mariana. Porque de nada serviría visitar sus santuarios, rezarle rosarios, encenderle velas, hacerle promesas, llevarle flores, si no terminamos por parecernos a Ella. Pablo VI dijo: “Es natural que los hijos tengan los mismos sentimientos que sus madres y reflejen sus méritos y virtudes”.

Desde aquí lanzo una invitación a leer el libro de Luis María Grignion de Montfort, titulado “Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen”. Es uno de los autores marianos, junto con san Bernardo, que mejor ha captado latidos de esta madre de Dios y madre nuestra, María. En ese libro nos da los motivos de esta devoción a María: nos entrega totalmente al servicio de Dios; nos hace imitar el ejemplo dado por Jesucristo, y practicar la humildad; nos llena María de las virtudes que Dios le concedió a ella; es un medio excelente de procurar la mayor gloria de Dios; da una gran libertad interior; procura grandes bienes al prójimo; y es un admirable medio de perseverancia.

Nuestra devoción a María, sigue diciendo Luis María Grignion, debe ser interior, tierna, santa, constante, desinteresada.

Que María Santísima nos lleve de su dulce mano hasta el Trono de su Hijo Jesucristo.

 

[1] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 67





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