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Reflexión del evangelio del Domingo 16 de diciembre del 2018

Los Caminos de Juan; III Domingo de adviento
Se trata ir a la raíz de la injusticia y de la corrupción. ¿Por qué hemos llegado a estas situaciones extremas?


Por: Mons. Enrique Díaz; Obispo de la Diósecis de Irapuato | Fuente: Catholic Net



Lecturas:

Sofonías 3, 14-18: “El Señor se alegrará en ti”

Salmo 12: “El Señor es mi Dios y salvador”

Filipenses 4, 4-7: “Alégrense siempre en el Señor”

San Lucas 3, 10-18: “¿Qué debemos hacer?”



             

Después de que México ha aparecido a nivel internacional con los nada honrosos primeros puestos de inseguridad y corrupción, a nivel de Juan Pueblo se suscitan los más variados comentarios, desde quien irónicamente dice que en algo teníamos que destacar, hasta quien, enfurecido, despotrica contra autoridades, contra instituciones y personas. “Todo está corrompido” afirma alguien, y no está lejos de la verdad. “La dificultad no está en saber que todos estamos metidos en la corrupción, sino en saber qué tenemos que hacer para salir de este hoyo”. Un grupo de mujeres empieza a discutir: “La autoridad tendría que hacer algo, para eso la pusimos…”, afirma una. “Lo primero que deberíamos cambiar es la educación”, dice otra. “La Iglesia ha descuidado los valores. Ha perdido su lugar”, contesta una tercera. “Hemos descuidado la educación en la familia”, termina diciendo otra voz. ¡Qué bueno que por fin se preocupen por la corrupción, aunque no sepan qué hacer!

Cómo si hubiera escuchado nuestros temores y nuestras discusiones, Juan el Bautista se nos hace presente con sus propuestas para superar el estado tan crítico no sólo de nuestro país sino de cada persona. Ya hace ocho días lo escuchábamos anunciando la cercanía del Reino y proclamando conversión. Retomaba las palabras del profeta Isaías con mensajes simbólicos, pidiéndonos enderezar el camino y  hacerlo recto para poder ver la salvación de Dios. Hasta ahí, todos estaban y estamos de acuerdo, el problema aparece cuando desciende a las acciones muy concretas. Todo comienza porque un grupo de personas se acerca para pedir el bautismo y los manda con cajas destempladas: “Raza de víboras, den frutos de conversión y no se ufanen diciendo que son hijos de Abraham”. Esto lejos de desanimar a otros de sus oyentes, se atreven a preguntarle antes de recibir el bautismo: “¿Qué debemos hacer?”. Pregunta valiente y corazón dispuesto que muestra un verdadero interés en cambiar y enderezar los senderos. San Juan Bautista retomando los mismos mensajes que habían proclamado los profetas empieza a enseñarnos lo que verdaderamente hay que cambiar no sólo para evitar la corrupción sino para aceptar este reino que ya se acerca.

“Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida que haga lo mismo”. Gracias a Dios en este tiempo de Navidad aún se suscitan sentimientos de compartir y de mirar al hermano. Pero el Bautista va más lejos, no se trata del mero dar lo que nos sobra o asistir a un intercambio de regalos. Ni siquiera, el llevar un regalito o una despensa para acallar la conciencia. Se trata ir a la raíz de la injusticia y de la corrupción. ¿Por qué hemos llegado a estas situaciones extremas? Porque la codicia se ha adueñado de los corazones, porque al ritmo del dinero danzan muchas personas e intereses, porque hemos traicionado y abandonado a Dios. Cuando se traiciona a los pobres, cuando se deja morir de hambre a los migrantes, cuando se da la espalda a la viuda, cuando no se atiende al hermano, se traiciona a Dios. La propuesta de Juan es radical, no nos dice que ofrezcamos un poco, dice que compartamos lo nuestro con el hermano. Es volver a nuestros orígenes, nacimos ambos de Dios, somos hermanos y tenemos los mismos derechos.

“No cobren más de lo  establecido”. Ya los profetas habían hablado fuerte contra los comerciantes y contra los cobradores de impuestos. No se condena el comercio ni el cobro de impuestos, lo que se condena es el deseo de enriquecerse a costa de los pobres traficando con su libertad, vendiéndoles incluso los peores productos y robándoles su dignidad. Los impuestos nunca deben pesar sobre los que menos tienen para sostener lujos y avances de unos cuantos. San Juan recoge toda una tradición de la profecía y habla claramente cómo se debe preparar el camino del Mesías. Las estructuras de este sistema hacen pasar por justos, tratados y mercados que han olvidado a pueblos y personas y los han sometido a un régimen muy cercano a la esclavitud. La desigualdad es el desafío más importante que enfrenta el país. La pobreza sigue siendo el principal problema que vulnera a la mayoría de los mexicanos. No es que no haya dinero ni recursos, es que están mal distribuidos y se le ha dado más valor al capital que a las personas. Se teme arriesgar los valores y el dinero, pero no se teme poner en grave riesgo la salud, la educación y la vida de los más pobres. A nivel personal pero también a nivel institucional, hoy también para nosotros el Bautista tiene una palabra.



“No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario”. Nuevamente Juan se hace eco de los profetas. De la administración de la justicia dependen los bienes e incluso la vida de muchas personas. Pero los profetas advierten que es una de las cosas que peor funcionan. Es frecuente la denuncia de soborno que lleva a absolver al culpable y condenar al inocente. Esta codicia lleva al perjurio, al desinterés por las causas de los pobres e incluso a explotarlos con la ley en la mano. Son claros los profetas en decir que la manipulación de la ley lleva a excluir a los débiles de la comunidad jurídica, robar a los pobres toda reivindicación justa, esclavizar a los ignorantes y a las viudas, y apropiarse de los bienes del huérfano. Muy pocas palabras tendríamos que cambiar para hacer actuales las palabras de los profetas y hoy san Juan nos invita también a nosotros, a cambiar y a descubrir lo que hay en nuestro corazón.

Cada una de las respuestas que da San Juan a sus oyentes, son también respuestas que debemos escuchar, asumir y aplicar cada uno de nosotros. Son indicadores muy concretos de nuestra conversión y de nuestro acercamiento al Señor. Son la forma verdadera de preparar el camino del Señor: retomar la fraternidad, buscar la verdad y la justicia, construir un mundo de paz. ¿Cómo podemos hacer nuestros los caminos que propone san Juan?

 “Mira, Señor, a tu pueblo que espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo, y concédele celebrar el gran misterio de nuestra salvación con un corazón nuevo y una inmensa alegría”. Amén.

 





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