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Haced lo que él diga
Santo Evangelio según San Juan 2, 1-11. Domingo II (C) del tiempo ordinario


Por: H. David Mauricio Sánchez Mejía, L.C. | Fuente: www.missionkits.org



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Haz, Señor, de mí, un instrumento de tu amor.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 2, 1-11

En aquel tiempo, hubo una boda en Caná de Galilea, a la cual asistió la madre de Jesús. Éste y sus discípulos también fueron invitados. Como llegara a faltar el vino, María le dijo a Jesús: “Ya no tienen vino”. Jesús le contestó: “Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo? Todavía no llega mi hora”. Pero ella dijo a los que servían: “Hagan lo que él les diga”.

Había allí seis tinajas de piedra, de unos cien litros cada una, que servían para las purificaciones de los judíos. Jesús dijo a los que servían: “Llenen de agua esas tinajas”. Y las llenaron hasta el borde. Entonces les dijo: “Saquen ahora un poco y llévenselo al encargado de la fiesta”. Así lo hicieron, y en cuanto el encargado de la fiesta probó el agua convertida en vino, sin saber su procedencia, porque sólo los sirvientes la sabían, llamó al esposo y le dijo: “Todo el mundo sirve primero el vino mejor, y cuando los invitados ya han bebido bastante, se sirve el corriente. Tú, en cambio, has guardado el vino mejor hasta ahora”.

Esto que hizo Jesús en Caná de Galilea fue el primero de sus signos. Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

María es madre de Jesús y madre nuestra, y como tal se preocupa muchísimo por sus hijos. Ella es la madre atenta que reconoce nuestras necesidades, aun antes de que nos atrevamos a expresarlas. María no estaba obligada a hacer nada por esta pareja pero ella intuía que su hijo era la respuesta a todas las necesidades de los hombres. Contemplemos por un instante la escena: no hay vino y los nuevos esposos... no se enteran. Tan felices están que no se dan cuenta de lo que sucede a su alrededor. Los sirvientes, por otro lado, saben el desastre que está por suceder. ¡Una fiesta sin vino!

María sabe que ella sola no puede hacer nada, se sabe criatura, reconoce sus límites. Acude a Jesús y, por su generosa atención, Jesús decide actuar. Éste es, quizá el servicio más grande que la madre de Jesús hace a esta familia y en especial a los sirvientes: señalarles a Jesús. Él sí puede ayudarlos.

Nosotros, como María, estamos llamados a ver las necesidades de los demás, pues es Jesús mismo quien vive en nuestros hermanos. Negarnos a ver sus necesidades es negarnos a ver a Jesús. Por eso, debemos tomar la iniciativa y obrar de acuerdo a nuestras posibilidades; y cuando no podamos, debemos ser humildes, reconocer nuestra debilidad y encomendar sus necesidades al Señor. A fin de cuentas éste es el servicio más grande que podemos hacer al prójimo: con nuestra oración y nuestras obras llevarlos a Jesús.

«Queridos hermanos, no hay mayor medicina para curar tantas heridas que un corazón que sepa de misericordia, que un corazón que sepa tener compasión ante el dolor y la desgracia, ante el error y las ganas de levantarse de muchos y que no saben cómo hacerlo. La compasión es activa porque “hemos aprendido que Dios se inclina hacia nosotros” para que también nosotros podamos imitarlo inclinándonos hacia los hermanos, Inclinándonos especialmente ante aquellos que más sufren. Como María, estar atentos a aquellos que no tienen el vino de la alegría, así sucedió en las bodas de Caná.»
(Homilía de S.S. Francisco, 20 de enero de 2018).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado... o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Daré de comer a un pobre.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.





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