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Comentario Liturgia del III Domingo Tiempo Ordinario C
El valor de la Palabra de Dios


Por: Tais Gea | Fuente: Catholic.net



Estamos en el tiempo ordinario, periodo que en la sencillez el Señor se manifiesta a cada uno de nosotros. El tiempo ordinario nos ayuda a recordar el valor de las cosas que vivimos diariamente. En este caso la liturgia nos habla del valor de la Palabra de Dios.

En un primer lugar se nos presenta el texto del libro de Nehemías en el que, al regreso del destierro, el pueblo está recuperando aquellos elementos esenciales de su fe. Su templo, su tierra y la Palabra de Dios. La escena nos ayuda a darnos cuenta del valor que tenía la Palabra de Dios para el pueblo de Israel. Esdras, el sacerdote, trajo el libro de la ley ante la asamblea. El libro de la ley es la Torah, es decir, los primeros cinco libros de la Biblia. Y el texto nos dice que lo leyó ante la asamblea. Esto quiere decir que ante el pueblo reunido para realizar un acto litúrgico. Es decir, para dar culto a Dios y entrar en relación con él a través de la escucha de la Palabra.

Nosotros también todos los domingos tenemos esta experiencia. Reunidos como asamblea litúrgica, es decir, como pueblo de Dios que se introduce en el tiempo del Señor para alabarlo, bendecirlo y recibir de él dones, se da el mensaje de su Palabra.

Más adelante, en la primera lectura, el autor del libro de Nehemías deja ver claro que aquel día era el día primero. Este día siempre remonta a la creación. Es la Palabra que vuelve a dar vida al pueblo. Dios crea y recrea al hombre constantemente con su Palabra como lo hizo en el Génesis. Al escuchar la Palabra de Dios también nosotros nos situamos en el primer día de la semana. Estamos en el tiempo de la creación eterna del Padre quien, a través de su Palabra, nos va transformando en creaturas nuevas.

El texto, además de mencionar el día en el que Esdras lee el libro al pueblo, también menciona el lugar: la plaza frente a la puerta del Agua. El agua es símbolo de vida y de purificación. Es el agua que sacia la sed y que purifica el corazón. Estando en la plaza de la puerta del Agua, la Palabra, entonces, es símbolo de esa agua que sale del santuario y da de beber al pueblo reunido. Cuando nosotros estamos escuchando la Palabra de Dios tenemos esta misma experiencia. Nuestra sed de Dios se sacia con la escucha de la Palabra y nuestro corazón se ve purificado por esa ley, expresada en la Palabra, que transforma el corazón.

Al presentar Esdras el libro de la ley realiza una bendición al Señor. El sacerdote es consciente que la Palabra de Dios es don para los hombres. Él es el gran Dios que no abandona a su pueblo sino que le da una ley, una Palabra, que le dirige y guía. Nosotros también alabamos a Dios después de haber escuchado su Palabra y decimos con fuerza: Gloria a ti Señor Jesús. Es decir, glorificamos a Dios por el don de su Palabra.

La respuesta del pueblo es elocuente. Lo primero que nos indica el texto es que levantan las manos. Los gestos litúrgicos suelen manifestar, de una manera u otra, la elevación a Dios. A veces es el incienso, o el humo del sacrificio de algún animal quemado o el perfume que se eleva como aroma agradable a Dios. En este caso son las manos las que se elevan. La persona misma se eleva a Dios y lo alaba por el don de su Palabra.

Y, unido al gesto de la elevación de las manos, la asamblea dice: Amén. Esta palabra significa confirmar, es decir, confirmo las palabras que son pronunciadas y me adhiero a ellas. El pueblo, ante el mensaje de Dios no se queda pasivo sino que responde. Y su respuesta es una adhesión. Nosotros respondemos Amén cuando recibimos la eucaristía. Pero la Palabra también es para nosotros alimento, presencia de Jesús. Por lo que estamos llamados a responder en nuestro corazón a la palabra escuchada: Amén.

Para terminar, el evangelio de hoy presenta el discurso programático de la misión de Jesús en la sinagoga de Nazaret. Jesús toma el rollo, lee al profeta Isaías y se describe a sí mismo reflejado en el texto de la Palabra de Dios. En el fondo se está identificando a sí mismo con esa Palabra. Él, Jesús, es la Palabra del Padre la cual recibimos todos los domingos en la liturgia de la Palabra.

Hagamos juntos una oración: «Jesús, Palabra del Padre, queremos escuchar tu voz y que seas para nosotros alimento y bebida. Que tu Palabra nos sacie y nos purifique. Queremos responder a tu palabra con un Amén que represente nuestra adhesión a ti que eres la Palabra hecha carne. Amén»





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