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De a cara a Dios
La humildad entonces consiste en reconocernos ante la Verdad con verdad en nuestro corazón


Por: Sofía Aguilar | Fuente: Catholic.net



"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar." (Mateo, 23) Siempre que Jesús les recrimina a los fariseos o maestros de la ley, nos unimos a su indignación sin considerar por un momento que también nosotros hemos actuado y somos tan inconscientes como estos fariseos hipócritas. Sobre todo, cuando nos presentamos con una cara a Dios, otra a nuestros amigos y otra a nuestra familia. Es lógico que nuestro comportamiento sea distinto con diferentes personas por la cercanía, confianza y cariño, pero lo que no debe de cambiar es nuestra esencia, nuestra personalidad y sobre todo nuestra objetividad.

El verdadero problema radica cuando de cara a Dios nos presentamos con hipocresía, porque en realidad no hemos tenido un proceso en dónde hayamos reconocido de manera objetiva nuestros pecados, ¿no les ha pasado?... ¡que por supuesto que se consideran pecadores!... pero… muy en el fondo… no del todo. La razón se debe a una imagen distorsionada de nosotros mismos, de una falsa y corrupta percepción en torno a minimizar nuestros defectos y a enaltecer nuestros aciertos. Dios sabe perfectamente quienes somos, a pesar de que nos escondamos detrás de los arbustos, pensando que en realidad podemos engañarle y a pesar del gran amor que nos profesa, cuando nos presentamos falsamente ante Él  puede amarnos, pero no puede amar esta versión que no reconoce de nosotros, no sabe quién le está hablando, porque el conoce la versión completa de nosotros mismos, incluso mejor de lo que nosotros sabemos. Es por ello que resulta de vital importancia llevar a cabo un examen de conciencia de manera diaria, recapitulando los pecados, faltas y omisiones cometidas cada día, este examen debe hacerse a la luz de la verdad a través de la invocación e iluminación del Espíritu Santo, de esta manera estaremos recordando nuestra naturaleza pecadora y podremos identificar claramente nuestros pecados de manera objetiva y tangible.

El Catecismo de la Iglesia católica, llama a esta continua conciencia permanente de nuestra naturaleza pecadora para buscar sin cesar la penitencia y la renovación como segunda conversión.  “La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en su propio seno a los pecadores" y que siendo "santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación" (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32), a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10)”. No podemos vivir esa continua conversión, sin reconocer de cara a Dios nuestras fallas, nuestros pecados y nuestros vicios. Él lo sabe, claro que lo sabe, pero para poder proponernos en erradicarlos es necesario presentárselos a Jesús y pedirle al Espíritu Santo que nos ayude a combatirlos. Pero… ¿cómo podremos disponer nuestra voluntad a luchar con nuestras faltas?... sí no sabemos o no queremos reconocerlas. Es muy importante pedirle a Dios la gracia de reconocer lo que diariamente hacemos mal, que sin darnos cuenta ofende a Dios y las cosas que hacemos de manera (inconsciente o involuntaria) automática y que también lastiman a nuestros hermanos al mismo tiempo que a Dios.

Quisiera compartirles un poco acerca de mi testimonio, estoy leyendo un libro que recomiendo ampliamente denominado “El Combate espiritual”, este libro me ha ayudado mucho a disponerme a llevar un camino de santidad, a través de ejemplos y revisiones muy prácticas en la vida del cristiano. Es por ello, que me propuse reconocer de cara a Dios en un momento de oración mis faltas, defectos y vicios, al hacerlo reconocí muchas cosas y Dios mismo logró perfeccionar muchas de las cosas reveladas. Es decir, en oración reconocí mi vanidad, pero después comencé a pensar que en realidad no lo era tanto, es más recuerdo decirle que no paso horas arreglándome, no soy como las otras niñas que no pueden concebir la idea de salir a la calle sin maquillaje, y continué, hasta que Dios me mostró claramente, lo siguiente: Ok. Puedes no ser vanidosa en ese aspecto, pero si lo eres de manera intelectual. Si tienes un celo inadecuado por procurar ser un referente intelectual, por que las personas te admiran por lo que sabes, que te reconozcan y te aplaudan. Entonces, comprendí que sólo a través de Dios, podía reconocer e identificar objetivamente mis faltas, sin maquillaje, sin pretensiones, sin minimizar nada. Para así, reconocer nuestra miseria de cara a Dios, reconociendo la verdad y por tanto, alcanzar la humildad. Al respecto de esto, me gustaría terminar citando a una de las Santas y Madres de la Iglesia más reconocidas al respecto del tema de la humildad:

“Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsome delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en Verdad. Y así entendí qué cosa es andar un alma en verdad delante de la misma Verdad”

La humildad entonces consiste en reconocernos ante la Verdad con verdad en nuestro corazón. “Quien se ha descubierto a sí mismo ante Dios, ha descubierto también que sólo ahí estaba el lugar donde uno puede conocerse íntegramente, en medio de una luz que nos deja desnudos como nunca antes lo habíamos estado, y a la vez nos cubre de misericordia como nunca nadie lo había hecho. No somos humildes más que cuando nos encontramos con Dios, y Dios únicamente puede encontrarnos cuando somos humildes” (P. Ros, 2013).

Referencias:

Iglesia Católica. (2012). El apostolado. En 2ª ed., Catecismo de la Iglesia Católica (1262). Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana.
P. Ros, S. (2013). La humildad, raíz de la vida espiritual. Recuperado de: http://www.santateresadejesus.com/la-humildad-raiz-de-la-vida-espiritual/





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