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26 de junio de 2019

Frutos en libertad
Santo Evangelio según San Mateo 7, 15-20. Miércoles XII del tiempo ordinario


Por: H. José Alberto Rincón Cárdenas, L.C. | Fuente: www.somosrc.mx



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, que nuestro corazón te tenga siempre presente al momento de dar cada paso en el camino.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 7, 15-20

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuidado con los falsos profetas. Se acercan a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?

Todo árbol bueno da frutos buenos y e l árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puedo producir frutos malos y un árbol malo no puede producir frutos buenos. Todo árbol que no produce frutos buenos es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los conocerán”.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Comenzamos agradeciendo a Dios, quien en su misteriosa pedagogía siempre encuentra un modo sencillo de manifestarse ante nosotros. Por los frutos conocerán al árbol. Nuestro corazón retorna inmediatamente a ese árbol de cuyo fruto comieron Adán y Eva; ya conocemos el resto de la historia. Hoy en día los efectos de la desobediencia, ese deseo de no seguir a Dios, continúan mostrándose.

Esto nos ayuda a profundizar en nuestro pasaje. Ciertamente, el Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal no era un árbol malo. De lo contrario, Dios no lo habría plantado en medio del Jardín del Edén. Entonces, ¿por qué produjo como fruto el pecado original? La respuesta la hallamos en la libertad del hombre.

Después de todo, es esa libertad la que lo llevó a escuchar a la serpiente, a caer en la tentación, a comer del fruto y a esconderse de Dios. De ello aprendemos que no se trata únicamente de que el árbol sea bueno y dé frutos buenos, sino también de lo que nosotros elegimos hacer con esos frutos.

Nuestra libertad será siempre un misterio para nosotros. El hombre conserva dentro de sí la tendencia natural al bien, pero igualmente posee la desconcertante capacidad para el mal. Sin embargo, este misterio se aclara más y más en la medida en que lo vivimos cerca de Dios. Con esto en mente, busquemos que nuestros frutos den testimonio de nuestra pertenencia a Dios, es decir, que sean agradables a sus ojos, incluso si ante los hombres pueden no tener sentido. Busquemos producir frutos de santidad.

«Es vano pensar en poder corregirse sin el don del Espíritu Santo. Es vano pensar en purificar nuestro corazón solo con un esfuerzo titánico de nuestra voluntad: eso no es posible. Debemos abrirnos a la relación con Dios, en verdad y en libertad: solo de esta manera nuestras fatigas pueden dar frutos, porque es el Espíritu Santo el que nos lleva adelante. La tarea de la Ley Bíblica no es la engañar al hombre con que una obediencia literal lo lleve a una salvación amañada y, además, inalcanzable. La tarea de la Ley es llevar al hombre a su verdad, es decir, a su pobreza, que se convierte en apertura auténtica, en apertura personal a la misericordia de Dios, que nos transforma y nos renueva. Dios es el único capaz de renovar nuestro corazón, a condición de que le abramos el corazón: es la única condición; Él lo hace todo; pero tenemos que abrirle el corazón.»
(Audiencia de S.S. Francisco, 21 de noviembre de 2018).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Haré, sin prisas, una visita a Cristo en la Eucaristía, y le pediré su gracia para orientar mi libertad, en todo momento, según su voluntad.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Reflexión de Mons. Enrique Díaz en audio:





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