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Comentario a la Liturgia XIV Domingo TO C
La Palabra de Dios es una fuente de bebida espiritual que recibimos el domingo pero que continúa en toda nuestra semana


Por: Tais Gea | Fuente: Catholic.net



Nos alimentamos semanalmente de los textos que la Iglesia nos propone en la liturgia dominical. La Palabra de Dios es una fuente de bebida espiritual que recibimos el domingo pero que continúa en toda nuestra semana. La reflexión que haremos esta semana será tomada de la primera lectura del libro del profeta Isaías 66, 10-14c.

La primera lectura de este XIV domingo del tiempo ordinario nos presenta la promesa de un gozo y de una fiesta. Es la alegría de Jerusalén que, después del destierro de sus habitantes y la destrucción de la ciudad, recibe una gran noticia. Dios no se ha olvidado de su pueblo. La común lectura teológica en la Biblia acerca del destierro es que el pueblo por sus pecados ha merecido el destierro. Es la consecuencia a la falta de fidelidad de la alianza que se había pactado con Dios. Pero Dios siempre es un Dios fiel y misericordioso.

Esto es lo primero que podemos considerar para nuestras vidas. En humildad y sencillez reconocemos que somos muy limitados y que constantemente caemos. También vemos las consecuencias de esas caídas tanto en nuestras vidas como en las vidas de los que queremos. Tenemos ciertos destierros que nos hacen sufrir. Pero la Iglesia nos recuerda que creemos en un Dios que es misericordioso y que va a intervenir en nuestra vida dándonos un bien.

En la lectura de este domingo Dios nos hace ver que ha cambiado la situación de Jerusalén. Sus habitantes llevaban luto por ella. Esto quiere decir que estaba, en cierto sentido, muerta. Es claro si pensamos que una ciudad tiene razón de ser para ser construida y habitada si no es así es una tierra infértil y por lo tanto muerta. Es por eso que el profeta invita a la asamblea a alegrarse, gozar y hacer fiesta. Esta ciudad muerta tiene una nueva vida. Esto es sumamente alentador. En las muertes de cada día, en la infertilidad de nuestra vida, interviene Dios de modo misterioso para dar vida. Todas nuestras muertes son victoria en Cristo resucitado.

Esta ciudad que era infecunda, infértil y sin vida, es ahora fuente de consuelo. El texto nos dice de manera hermosa y poética: «mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos, y apuraréis las delicias de sus ubres abundantes». Utiliza el profeta la imagen de una madre. Jerusalén es la ciudad madre que nos sólo ha vuelto a la vida para si misma sino que vuelve a la vida para ser ella fuente de vida para los demás. Esta es nuestra vida también. Estamos llamados no solo a ser vivificados por el Señor sino que también fecundados. Nuestra existencia asume una razón de ser cuando vemos que podemos ser para los demás fuente de vida.



Ahora bien, hemos dejado claro que la ciudad de Jerusalén no tenía vida. ¿Cómo puede entonces dar vida a los demás? La lectura nos da la clave de comprensión. El texto dice: «Yo haré derivar hacia ella como un río, la paz». El autor de la vida, Dios, es el que le da vida a la ciudad de Jerusalén y así le permite compartir la vida de Dios a los demás.

En el texto se nos presentan dos elementos. Por un lado el río, el agua y por el otro la paz. El agua en la Biblia es símbolo de vida. Sin ella el ser humano no puede existir. Por lo que se convierte en fuente de vida. Y el agua corriente como lo es un rio es el agua que se considera pura. Por lo que es un agua que purifica de toda impureza para hacer al hombre capaz de tener una vida abundante y pura. El otro elemento es la paz. El concepto de paz en el AT no es solo una falta de preocupaciones o inquietudes sino que es un bien integral. Es el bienestar de la persona en todas sus dimensiones. Por lo que Dios, con el rio nos da vida y con la paz nos da bienestar.

Esto es lo que transmitimos a los demás. En la medida en que nosotros estemos llenos de la vida de Dios y del bienestar de nuestro Señor podemos ser para los demás fuente de vida y de paz. Pidamos pues al Señor que nos conceda este don este domingo: «Padre de bondad, nuestra ciudad y nuestra vida está en ruinas. A veces experimentamos la esterilidad y la falta de vida. Te pedimos con un corazón humilde que nos concedas torrentes de agua y de paz para que nuestra existencia pueda ser para los demás fuente que los vivifique y que les de bienestar. Amén»

 







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