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Teología Moral Especial

El delito abominable del aborto procurado
El cuerpo no es pura materialidad.


Por: Julián Lumbreras Roldán | Fuente: Catholic.net



La vida de que nos habla, con gran asombro y admiración, este (alegre anuncio) no es sólo la biológico-orgánica del cuerpo que nuestros padres nos transmitieron por la generación; el cuerpo no es pura materialidad no está simplemente compuesto de órganos, funciones y energías sino que es realidad típicamente personal, signo y lugar de las relaciones con los demás, con Dios y con el mundo. “vida de la persona humana” (vita hominis, n. 3, o personalis vita humana, n. 60), en cuya unidad somato-psico-espiritual se expresa la peculiaridad (vida propiamente humana) del único ser vivo en el que se refleja la realidad misma de Dios. La vida que Dios da al hhumano es original y diversa de la de las demás criaturas vivientes, ya que este aunque provenga del polvo de la tierra (Gn. 2), es manifestación de Dios en el mundo, signo de su presencia, resplandor de su gloria.

Vocación sobrenatural.

Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida y se manifiesta no sólo la naturaleza del hombre sino también su significado y su destino, sin los cuales el conocimiento de la primera no revela el esplendor de la verdad y no orienta la libertad a mantener la vida en esta verdad, que le es esencial. El humano está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios: es la “vocación sobrenatural” (vita aeterna) que manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana, donde encuentran pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del humano. También la vida en la carne y en el tiempo manifiesta un aspecto de la vocación sobrenatural del humano y, al mismo tiempo,encuentra significado y valor en ella: Precisamente en la "carne" de cada humano, Cristo continúa revelándose y entrando en comunión con nosotros, de modo que el rechazo de la vida, en sus diversas formas, es realmente rechazo de Cristo.

El humano negado.

Es lo que la encíclica Evangelium vitae ha tratado de mostrar a propósito del reconocimiento de la dignidad personal de la vida embrional y fetal. Aquí, más fácilmente que en otras etapas de la vida del humano, con diversas instancias se ha intentado separar diacrónicamente la vid biológica, que está aún en fase ontogenética, de la vida orgánica individual, ya organizada morfológicamente, y ésta, a su vez de la vida de una persona activa en sus facultades psicofísicas. La identidad, la individualidad o la personalidad de un ser humano son afirmadas o negadas sobre la base de la presencia o ausencia de determinados niveles de organización morfo-funcional capaces (según dicen los que sostienen esas hipótesis) de permitir una actividad manifiestamente “humana” (como, por ejemplo, la sensitividad o la cognoscitividad) o de recibir un principio espiritual (hominización o animación): así se traza una línea arbitraria de demarcación entre vida humana, que aún no merece absoluto respeto, y persona humana, titular del derecho a la vida.



Vida a los ojos de Dios.

La argumentación desarrollada por el Papa San Juan Pablo II supera el juego de las hipótesis mediante una fundamentación antropológica diversa. Ya con la llamada a la vida por parte de Dios se establece la identidad de todo hombre que viene al mundo: “La existencia de cada individuo, desde su origen, está en el designio divino”. En nuestra irrepetibilidad por el acto creador de Dios es donde se funda nuestro ser original y único. La razón de la individualidad personal debe buscarse en la relación entre pro-creación humana y creación divina: en la dependencia ontológica de estos dos actos se instituye la relación entre biológico y humano entre individuación y personalización. Así será posible evitar la mezcla de ciencia biológica y de filosofía, en la que se desconoce la unidad de alma y cuerpo del ser humano, y se da espacio a un razonamiento en definitiva arbitrario sobre la relación entre corporeidad, individuo y ser personal.

Imagen y semejanza.

Ya en la Carta a las familias, Juan Pablo II había recordado que; cuando de la unión conyugal de los dos nace un nuevo humano, éste trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios mismo: en la biología de la generación está inscrita la genealogía de la persona. Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores de Dios Creador en la concepción y generación de un nuevo ser humano, no nos referimos sólo al aspecto biológico; queremos subrayar más bien que en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo está presente de un modo diverso de como lo está en cualquier otra generación "sobre la tierra". En efecto, solamente de Dios puede provenir aquella "imagen y semejanza", propia del ser humano, como sucedió en la creación. La generación es, por consiguiente, la continuación de la creación.

Remitiéndose a las palabras de la Declaración sobre el aborto provocado Juan Pablo II afirma que:



desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo (CARTA ENCÍCLICA EVANGELIUM VITAE DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II. 1995).

Se trata de una evidencia a la que la genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese viviente (una persona, un individuo con sus características ya bien determinadas). Con la fecundación inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar. Las características biológicas que se recogen en ese texto, hoy resultan aún más claras y científicamente documentadas que en 1974 año de la publicación de la Declaración. Por tanto, está fuera de lugar cualquier crítica que (con el intento de destruir la argumentación) insinúe la duda de un uso incorrecto de afirmaciones científicas no actualizadas o desmentidas por datos experimentales más recientes, o que evoque el fantasma de nuevos conflictos (galileos o darwinianos) entre fe y ciencia.

El Proyecto Genoma.

La individualidad genética (programa genético) de todo nuevo organismo se va precisando cada vez más en su contenido informativo (el Proyecto Genoma Humano, en fase de realización) y en su expresión (las numerosas investigaciones sobre los markers fenotípicos y sobre el linkage entre genotipos y fenotipos normales y patológicos). No sólo sabemos con certeza, ahora igual que hace veinte años, que en la reproducción sexuada se garantiza (a través de la segregación independiente de los cromosomas homólogos y la recombinación génica (crossing-over), que acontecen durante la meiosis) la diferencia informativa original del genotipo de todo individuo, aunque los gametos provengan de los mismos dos padres. Pero hoy también podemos detectar y determinar esa identidad biológica a través de las técnicas de la genética molecular (DNA fingerprinting), de la bioquímica (protein patterns) y de la inmunología (monoclonal antibodies), aplicables también a la tipificación de fases muy precoces del desarrollo (el así llamado diagnóstico pre-implantación sobre los embriones). Pero, como afirmó el cardenal Ratzinger al presentar la Encíclica:

ante este dato de hecho, hoy indiscutible, muchos replican que el embrión inicial posee ciertamente una individualidad genética, pero no una identidad multicelular, y, por tanto, en el sentido ontogenético se podría definir el embrión inicial como pre-individual. Dicho con otras palabras, se debería distinguir entre individualidad genética e individualidad personal (CARTA ENCÍCLICA EVANGELIUM VITAE DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II, n 60. 1995).

De aquí las discusiones de carácter científico y filosófico sobre el momento preciso de la infusión del alma espiritual (n. 61), a las que responde indirectamente la encíclica Evangelium vitae. Aunque la presencia de un alma espiritual no puede deducirse de la observación de ningún dato experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el embrión humano ofrecen "una indicación preciosa para discernir racionalmente una presencia personal desde este primer surgir de la vida humana: ¿cómo un individuo humano podría no ser persona humana?" (Donum vitae, (n. 60).

Conclusión.

Para concluir, en la literatura científica hay datos suficientes para sostener al menos la probabilidad de que, ya desde el principio del proceso de fecundación, nos encontramos ante un individuo humano (y ¿cómo un individuo humano podría no ser persona humana?). Probabilidad que las ciencias de la vida podrán eventualmente enriquecer con ulteriores evidencias empíricas, pero que ya basta “para justificar la más rotunda prohibición de cualquier intervención destinada a eliminar un embrión humano” (CARTA ENCÍCLICA EVANGELIUM VITAE DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II, n.60. 1995).

Incluso en las primeras fases de su desarrollo, es preciso reconocer la verdad de la vida para respetarla: en este camino nuestro guía es el Evangelio; y la ciencia, una ayuda. Pero lo que permite a la libertad del hombre elegir el respeto no es diverso de lo que permite a la inteligencia captar su verdad: el amor a la vida. Intelligitur quod amatur tantum. (Comprender que es tanto amor).





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