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Poner nuestra confianza en Dios
Al poner la esperanza en Dios, habrá paz en mi alma.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



Somos frágiles. Basta un viento, una comida, un descuido en carretera, y sufrimos durante días, incluso por semanas, a causa de enfermedades o de heridas.

Desearíamos superar esa fragilidad, defendernos de la misma. Acumulamos medicinas. Buscamos consejos en Internet o entre amigos. Pagamos seguros de accidente o de enfermedad.

Pero ni los bienes materiales, ni los consejos (algunos equivocados), ni la atención a lo que pasa a nuestro alrededor, son suficientes para evitarnos situaciones de peligro y daños en el cuerpo.

Además, la fragilidad afecta a nuestros corazones. El egoísmo nos amenaza de mil maneras y nos empuja hacia el pecado. Los comentarios críticos de otros pueden provocar heridas profundas en el alma.

Frente a tantas contingencias, necesitamos poner nuestra confianza en Dios. Porque, aunque buenos amigos y personas honestas nos ayudan mucho, al final solo un Dios Padre y Omnipotente puede fundar una auténtica esperanza.



En el Evangelio Jesús nos invita a no confiar en las riquezas ni en los otros bienes materiales, pues todo es frágil, mudable, sometido a los mil avatares de la vida.

"Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis: porque la vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido" (Lc 12,22-23).

Sí: lo material está sometido al desgaste. Nuestra carne puede quedar herida en cualquier momento. Ante lo caduco de todo lo presente, necesitamos aprender a vivir como las aves del cielo o como los lirios del campo (cf. Lc 12,24-30).

Entonces, ¿qué hacer? Nos lo dice Jesús: "Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura. (...) Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Lc 12,31 34).

Cada día puedo vivir como hijo que confía en su Padre. Al poner la esperanza en Dios, habrá paz en mi alma, y buscaré usar los talentos recibidos y los bienes materiales para el bien de quienes más lo necesitan.







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