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Transfigurando nuestras heridas
Solo la reconciliación consigue regenerar al hombre de la forma que hace de él un «hombre nuevo».


Por: P. Eugenio Martín Elío, LC | Fuente: Catholic.net



El XXVIII domingo del tiempo ordinario del ciclo C, la liturgia nos presenta el caso de dos leprosos curados milagrosamente. En la primera lectura (2 Re 5, 14-17) la curación de Naamán, el sirio. Y en el evangelio de Lucas (Lc 17, 11-19) la de diez leprosos, entre los que se encontraba un samaritano, que regresa con Jesús para darle gracias. Podemos encontrar un paralelismo entre los dos pasajes, que hace maravilloso y potente el mensaje que se pretende transmitir al asociar ambos textos bíblicos en la misma celebración.

En el relato del A.T., podemos intuir la intención del escritor sagrado al narrarnos el caso de Naamán, general del ejército del rey de Siria. Este episodio nos muestra cómo el poder de Yavhé, el Dios del pueblo elegido, alcanza a todos los hombres, incluidos los enemigos de Israel. Llama la atención el detalle que narra en el versículo 17, cuando Naamán pide permiso para llevarse un poco de tierra santa. Parece un reconocimiento implícito del regalo que Dios hizo a su pueblo, en cumplimiento de sus promesas. Y Jesús lo recordará como prueba del destino universal de la elección de Dios y del evangelio:

"Y continuó: "Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os aseguro, además, que en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses y hubo gran hambre en toda la tierra, había muchas viudas en Israel, y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en Sidón. Y había muchos leprosos en Israel cuando Eliseo profeta, pero ninguno de ellos fue limpiado de su lepra sino Naamán, el sirio"." 
Lucas, 4, 24-27 - Bíblia Católica de Jerusalén Online

De hecho, es muy significativo que cuando Jesús cura a los diez leprosos que le salen al encuentro suplicándole misericordia, sólo uno de ellos regrese para agradecer. El único que vuelve ante Jesucristo es el samaritano. Al grado que Jesús mismo dice: “¿Tan sólo este extranjero ha regresado para dar gracias a Dios?” (v. 18) De nuevo, como en la primera lectura es el “gentil”, el que no pertenece al pueblo elegido, quien da gloria a Dios y lo reconoce como el Mesías anunciado.

La lepra era una enfermedad infecciosa que, desde la antigüedad, la tradición popular asociaba a una desgracia más profunda, y a veces incluso a un castigo divino. Por una creencia equivocada, se convirtió en el símbolo de las enfermedades contagiosas. Y, por lo mismo, en un estigma social, que orillaba a los que la contrajeran a la segregación de la comunidad y al ostracismo. Jesucristo, rompiendo esa tradición que condenaba al aislamiento y la vergüenza, sale al encuentro de estos apestados, les toca, les sana. Los diez volvieron a tener de repente su carne como la de un recién nacido. Y les pide volver a la comunidad, presentándose a los sacerdotes, representantes de la misma. Pero solamente es capaz de regresar a agradecer el único que tomó conciencia de haber sido curado.



La crónica nos reporta en nuestros días diversas personas enfermas que también hoy se pueden sentir discriminadas. Tal vez los primeros que nos vengan a la mente, como si de leprosos modernos se tratara, sean los seropositivos. Más aún, cuando uno de los síntomas que les da un aspecto de leopardos, son unas manchas en la piel conocidas como sarcoma de Kaposi. Pero no quisiera que nos limitáramos sólo a estos casos. Hay otras muchas heridas y enfermedades que conllevan el rechazo social, con el sufrimiento añadido al que ya de por sí implica la propia herida.

Dicen que la madre de todos los miedos es el temor a no ser amado, la de sentirse rechazado e indigno de merecer todo afecto. Vivimos en una sociedad muy dañada. Profundamente herida por la ausencia del afecto paterno. ¡Cuántos niños rotos, por el abandono, la falta de atención y la violencia física o psicológica, experimentada dentro de la propia familia! Confundidos después de sobrevivir al juego de “ping-pong” entre sus padres, a las consecuencias de sus adicciones, o rehenes de sus resentimientos, cuando no desgarrados en el potro de sus conflictos.

Jesucristo quiere sanar todas nuestras heridas y traumas más complejos. Desde la cruz se ha identificado con cada uno de nuestros sufrimientos y nos invita a confiar en Él, y a entregarle nuestras propias heridas, miedos y desconfianzas.

“Uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua” (Jn19, 34). En la interpretación de este versículo, la tradición ha visto simbolizados, ya desde los Santos Padres, los sacramentos del bautismo y la eucaristía. Cristo vive en cada uno de los bautizados, que hemos vuelto a nacer en el Espíritu y hemos sido introducidos en la Trinidad. A través de su sagrado corazón, renueva en cada uno de nosotros todo su misterio.

1)El primer paso para sanar es conectar con esta verdad que Él nos ha revelado: “Tú eres mi hijo muy amado”. Su corazón es un corazón divino, atravesado por el amor al Padre y a los hombres, a cada uno de nosotros. Cristo es el cordero pascual ofrecido a su Padre en cumplimiento de una nueva alianza. “Mira este corazón que tanto ha amado a los hombres...” le declaraba a Santa Margarita María de Alacoque, y nos repite hoy a nosotros.



Amor extremo, hasta el punto de derramar su última gota de sangre: “Que caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos” (Mt 27, 25). De esta forma ha sellado la nueva y eterna alianza, rociándonos con su propia sangre (Cf Ex 24,





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