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Estar, estar ahí, saber estar
Gracias a este cuerpo entramos en relación con la totalidad de la realidad: con Dios.


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net



Decía el filósofo Julián Marías que los alemanes “darían una de las pocas provincias que les han quedado por tener los verbos: ser, estar y haber, tres maravillosos verbos para hacer filosofía”. Nosotros, afortunadamente, los tenemos en español y los usamos en todos los niveles del lenguaje. Lo que no sé es hasta qué punto profundizamos en ellos, especialmente en los dos primeros que son los que dan más juego para la reflexión. Mi opinión es que ahondamos poco en el verbo ser y sospecho que si la reflexión sobre el verbo ser ya es escasa, es más escasa aún en el estar, a pesar de que estar es un verbo cargado de significado que resulta fundamental en la vida de cada día, en la vida práctica. A esta sospecha hay que añadir de inmediato una observación importante y es que para entender bien este verbo, el estar, no se puede considerar su significado de manera aislada, sino en relación con el primero, el ser, y si no se hace así, corremos el riesgo de quedarnos a medio camino en su comprensión, perdiéndonos la parte más jugosa.

Que ser y estar son distintos no hace falta explicarlo mucho. Cualquier hispanohablante desde que empieza a tener cierta soltura con su lengua sabe cuándo tiene que emplear ser y cuándo estar porque por el uso, aun siendo niños, se entiende la diferencia entre ser joven y estar joven, ser alegre y estar alegre, ser limpio y estar limpio, etc. Lo que costaría más trabajo sería señalar su relación y sus coincidencias. Tratando de buscar un ejemplo que nos dé algo de luz sobre la estrechez de esa relación, no me parece desajustado poner en paralelo estos dos verbos, ser y estar, con uno de los binomios más sublimes que la realidad nos proporciona, que es el binomio madre-hijo. Es evidente que madre e hijo son personas distintas, pero también es claro que ninguna de las dos puede entenderse sin la otra. El paralelismo puede parecer atrevido, y en algún aspecto quizá lo sea, pero hay un dato por el cual el ejemplo es válido: igual que entre madre e hijo hay una continuidad en el orden del ser (de tal manera que la madre se encuentra con muchas dificultades para saber con claridad dónde acaba ella y empieza el hijo), lo hay entre el significado de los dos verbos porque los significados de ser y estar también pertenecen a un mismo continuo ontológico.

Hay un primer argumento de peso y es el siguiente. Si ser y estar fueran dos verbos de significados inconexos tendrían que existir diferenciados en todas las lenguas, y es bien sabido que son varias las que usan una sola palabra con la que significar tanto ser como estar, entre ellas algunas bien cercanas como el francés y el inglés.

Un segundo argumento lo encontramos en Heidegger. El filósofo alemán, en su obra Ser y tiempo, ha señalado que ser consiste en estar-en-el-mundo. A esta postura no se podría hacer ninguna objeción si no hubiera más existencia que la terrena, pero a quienes por la fe hacemos confesión de la inmortalidad del hombre y de la esperanza en la vida eterna, esa misma fe nos asegura que ser no se reduce solo estar-en-el-mundo, puesto que el ser (en el caso del hombre, el mismo ser personal y no otro) permanece más allá de la muerte. Ahora bien, la observación de Heidegger no es descartable porque ayuda a entender que entre ser y estar no hay oposición, ni hay tampoco tanta diferencia como a veces pensamos los que usamos una lengua que distingue entre estos dos verbos.

No creo necesario detenernos a ver el significado del verbo ser ni sus diferencias con estar. Digamos de paso solo lo más destacable. Ser sirve para mostrar la existencia de algo (Juan es mi hermano) o para indicar algunas cualidades (el coche es rojo) y la principal diferencia es que con ser apuntamos a la naturaleza de algo o bien indicamos la idea de permanencia o estabilidad, mientras que estar apunta a la provisionalidad o la artificialidad. Así, si de un adulto decimos que es rubio, lo que estamos diciendo es que su pelo ha sido siempre rubio y lo será mientras que se mantenga en su color natural, hasta que encanezca o lo pierda. En cambio si decimos que la persona está rubia, estamos haciendo referencia a algo accidental, algo mudable o artificial, aun cuando permanezca rubia durante mucho tiempo. Baste con este apunte sobre las diferencias para dedicar el resto de la reflexión al verbo estar.



¿En qué consiste estar?

Estar sirve para situar en el tiempo y en el lugar, y para indicar el modo. Estar es la manera de definir el ser desde su instalación en este mundo. Estar es lo que explica la configuración existencial de cada hombre mientras vive aquí. Nuestro ser, igual que el resto de los seres de este mundo, en tanto que permanezca en esta tierra ha de estar necesariamente ajustado: a) al tiempo, b) al espacio y c) a un modo de estar, es decir a unas circunstancias relevantes.

Valgan los siguientes tres ejemplos:

1. a) Yo estoy ahora, b) en mi cuarto de estudio, c) redactando estas líneas con dedicación.

2. a) Luis ha estado un mes, b) en el hospital, c) recuperándose de una operación complicada.



3. a) Cristo está siempre, b) en el Sagrario, c) esperando nuestra compañía.

Estar es la presencia del ser ligada a un lugar y a un período de tiempo concretos, pero además sirve para indicar el resto de afecciones del ser y el modo en que el ser se vive a sí mismo (sereno, cansado, expectante, sufriendo, interesado, etc.); no basta con estar en un lugar durante un tiempo, experimentamos también todas las circunstancias que nos acompañan y el modo en que nos encontramos. No es poca cosa estar y de ello da fe el hecho de que uno de los mayores elogios con los que cabe honrar a alguien es diciendo que “sabe estar”. ¿Qué significa eso? Que sabe acomodar su ser al tiempo, al espacio y a las diversas circunstancias en que se encuentra, lo cual a la vez equivale a hacer agradable la relación con los demás.

Lugar y tiempo

Ningún hombre es puro espíritu. Cada uno de nosotros es una unidad corporeoespiritual, constituida por un cuerpo material y un espíritu inmaterial. El cuerpo, ha recibido a lo largo del siglo XX por parte del pensamiento una merecida atención de la que había carecido con anteriorirdad. Especialmente en las últimas décadas se ha abundado en su dignidad y en la importancia personal del mismo. A esta “puesta en valor” del cuerpo (admítase el neologismo) y a su difusión ha contribuido de manera muy significativa la llamada Teología del cuerpo de san Juan Pablo II. Hemos de pasar por alto ahora las funciones y el valor del cuerpo humano, porque eso queda fuera de las cuestiones que nos ocupan, pero sí es oportuno señalar un punto del mayor interés que consiste en observar que gracias al cuerpo estamos aquí.

De entre las variadas funciones del cuerpo, la primera que se nos impone es esta: el cuerpo nos sirve para insertarnos en la realidad de este mundo material. El cuerpo (mientras es alguien, mientras está vivo) nos permite y nos obliga a estar. Gracias al cuerpo que somos venimos a este mundo entrando en el tiempo y en el espacio. Y gracias a este cuerpo entramos en relación con la totalidad de la realidad: con Dios, el Ser con mayúscula, y con todos los demás seres vivos e inertes, con los hombres y con el mundo.





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