Menu


Estar, estar ahí, saber estar (II)
Quien da su tiempo está dando de sí


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net



En nuestra época hemos artificializado muchísimo los modos de relación y la relación misma. Los medios tecnológicos actuales nos permiten romper fácilmente las barreras naturales del tiempo y el espacio. No es necesario ponderar las ventajas de estos avances porque están a la vista de todos, pero a la vez parece bastante claro que estos medios son justamente eso, medios, artificios que median necesariamente entre las personas. Si por una parte podemos disfrutar de las ventajas que supone la desaparición de esas limitaciones naturales que son el tiempo y el espacio, por otra parte, esos mismos medios vienen a ser las nuevas barreras que sustituyen a las anteriores, pero ahora artificiales, que con frecuencia se convierten en sucedáneos o sustitutos de la comunicación interpersonal directa, cara a cara. A este respecto se hace obligado observar que sea cual sea el desarrollo de las comunicaciones artificiales, ningún artefacto tecnológico puede igualar a la relación sin mediaciones, o si se prefiere, a la relación que no tiene otras mediaciones que los propios sentidos. La persona humana, para vivir como tal, lo que necesita no es borrar el tiempo y el espacio, sino compartirlo. Una de las aportaciones más relevantes del personalismo filosófico del siglo XX ha consistido en destacar que ser persona es ser de relación. Y así es frecuente encontrar en los escritos de los personalistas expresiones como que ser es ser para el otro, ser persona es ser en relación, ser es co-ser, etc. La idea es muy luminosa, se ha ido abriendo paso poco a poco y las expresiones que la hacen visible son muy acertadas, pero esta filosofía quedaría en el aire sin el verbo estar porque no se puede co-ser sin estar-con. No se puede ser para el otro sin estar-con él.

El tiempo y el espacio marcan al cuerpo unos límites a los cuales los hombres no tenemos más remedio que sujetarnos, pero esos mismos límites son nuestro campo real de posibilidades. Cada uno puede dar de sí hasta donde llegue su capacidad para estar. A la vez hay que decir que la influencia de una persona puede ser mucho mayor que su capacidad de estar, trascendiendo en multitud de casos a la propia muerte. Este dato lo que viene a señalar es la trascendencia y la importancia de las obras cuyos efectos pueden saltar el tiempo y el espacio, pero no contradice el hecho de que el ser humano solo puede hacerse personalmente presente y actuar allí donde esté presente el cuerpo y durante el tiempo que dure esa presencia. Merece la pena pararse un momento en cada uno de estos dos momentos del estar: hacerse presente y actuar. Ambos son bien valiosos, y según las circunstancias puede ser preponderante uno u otro, pero, dicho en general el hacerse presente es más importante que el actuar.

Vivimos una época de hiperactividad que solemos focalizar especialmente en nuestros niños y no en los adultos, pero es una hiperactividad que nos envuelve por todas partes y nos afecta a todos. No hace falta ser demasiado observador para darse cuenta de que vivimos comidos por las prisas y, en consecuencia, por la superficialidad. ¿Cómo vamos a profundizar en nada? ¿Cómo vamos a saborear sin detenernos? ¿Cómo vamos a disfrutar de aquellas cosas que solo pueden gustarse contemplándolas? Quien no le saca ningún partido a la contemplación se pierde lo más jugoso de la vida. Valga el siguiente ejemplo, tomado de la religión, aunque la contemplación afecta a todos los ámbitos de la vida. Quien sepa lo que es orar en silencio, probablemente tenga experiencia de la dureza de estar “sin hacer nada”. Quien se haya marcado alguna vez el compromiso de pasar un tiempo relativamente largo de oración ante el sagrario o de adoración ante el Señor expuesto en la custodia es muy probable que sepa lo que es mirar una y otra vez al reloj esperando que le libere del compromiso adquirido, aun cuando tenga el firme propósito de repetir esa oración periódicamente. Se trata de una experiencia de aridez muy conocida para el hombre orante que al mismo tiempo va acompañada y compensada de otra vivencia singular: experimentar y comprender el valor inconmensurable que tiene el estar, estar presentes. Porque eso es lo que podemos afirmar que ha querido hacer Jesús Sacramentado quedándose en la Eucaristía: estar. Estar para quien quiera ir a eso mismo, a estar con él.

La vida social, con su tejido y su diversidad de relaciones, también presenta situaciones muy comunes y muy conocidas que nos certifican sobradamente el valor que tiene el hecho de estar. Veamos un par de ejemplos tomados de la vida ordinaria.

¿Qué hacen los padres de un joven que está internado en la UVI de un hospital yendo todos los días a verle detrás de un cristal durante sesiones de tiempo muy limitado, estando el hijo inconsciente, sedado o en coma? ¿Qué hacen allí sino estar?



Otro ejemplo. Cuando celebramos algún acontecimiento importante en nuestra vida, un acontecimiento que justifique la presencia de invitados, a lo que invitamos a la mayoría de nuestros seres queridos, familiares, amigos, etc., es a estar. A la mayoría de los asistentes a la ceremonia religiosa de una boda no se les pide que hagan nada, sino que estén presentes (y presentables). Y si alguien falta, lo que se lamenta es que no esté.

Estar consume tiempo

¿Qué esperamos recibir de alguien cuando de manera desinteresada deseamos que esté presente?, o dicho en sentido inverso, ¿qué damos cuando nos hacemos presentes en algún sitio? La respuesta es tiempo, damos tiempo, nuestro tiempo. Una de las obras de misericordia está basada directamente en este tipo de donación: “Visitar a los enfermos”, que incluye no solo a los que andan escasos de salud sino a los que viven en soledad o en régimen de aislamiento: enfermos, impedidos, ancianos solos, presos, expatriados, etc. ¿Qué da quien va a estar con alguien así? Solo tiempo. Toda visita desinteresada a alguien en estado de necesidad es un sustancioso regalo en forma de tiempo. Ahora bien, ¿en qué consiste dar tiempo sino en darse a sí mismo? Quien da su tiempo está dando de sí, porque el tiempo que poseemos no es otra cosa que la tasación de nuestra vida. En este sentido podemos decir somos tiempo. Somos el tiempo que vivimos, y perder o aprovechar el tiempo no es otra cosa que perder o aprovechar la propia vida. En este caso estar-con es lo mismo que regalar dosis del propio ser. Y eso es así porque estar consume tiempo, estar se nutre de tiempo.

Estar ahí, saber estar.

Desde hace algunos años la expresión estar ahí, referida a las relaciones personales, ha hecho fortuna. Estar ahí significa que alguien puede contar con el favor de otro siempre que necesite acudir a él. En este caso “ahí” no significa ningún lugar concreto sino un estado de disponibilidad permanente, o al menos oportuna. Esa disponibilidad en la que se puede confiar es lo que esperan los esposos, uno del otro, lo que se espera de unos padres, de unos hermanos, de unos amigos, que estén ahí. Ya se ha dicho que estar ahí es una de las cosas para las que Jesucristo se ha quedado en la Eucaristía, un estar que es único, incomparable y excelso. Él, por ser quien era, no necesitó que nadie le enseñara, pero en cuanto hombre que tuvo que crecer y madurar, no es descabellado pensar que lo aprendiera de su madre, la Virgen María, porque ese es uno de sus rasgos característicos: estar, saber estar. María aparece muy pocas veces en los relatos de los evangelios, pero siempre que los evangelistas hablan de la Virgen María, su persona viene asociada a este verbo profundo, estar. Véase en la siguiente recopilación:



- Lo primero que encontramos es que “María, su madre, estaba desposada con José” (Mt 1, 18).

- El siguiente momento es muy conocido, la Anunciación. “Entrando el ángel a donde ella estaba, la saludó: «Salve llena de gracia...»” (Lc 1, 28). Después viene el diálogo con el ángel cuyo final es bien conocido: “He aquí [aquí está] la esclava del Señor...” (Lc 1, 38).

- Al final del relato de la visitación no se emplea el verbo estar, sino el verbo quedar(se) pero con un significado idéntico al de estar. “María se quedó [estuvo] con ella unos tres meses y volvió a su casa” (Lc 1, 56).

- Cuando iba a llegar el nacimiento de Jesús, dice San Lucas que “José subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta” (Lc 2, 4-5).

- Muy significativas son las palabras de la boda de Caná, donde los novios se quedaron sin vino. “Había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí” (Jn 2, 1).

- Cuando Jesús está en los momentos álgidos de su predicación, vienen a avisarle: “Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte” (Lc 8, 20).

- Donde el verbo estar aparece con más fuerza es en el Calvario. “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena” (Jn 19, 25).

- Por último, tras la Ascensión, la vemos junto a los apóstoles y los primeros discípulos, estando con ellos, a la espera del Espíritu Santo prometido.





Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!