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La libertad y Manuel García Morente
La libertad se resuelve desde la «sabiduría del corazón».


Por: Dr. José Mª Montiu de Nuix, sacerdote | Fuente: Catholic.net



Actualmente todo el mundo enarbola la bandera de la libertad. No obstante, se dan grandes discrepancias en que entienden por libertad. ¿Qué es la libertad?

Con ocasión del 7 de diciembre, aniversario del fallecimiento de Manuel García Morente, gran pensador español, convertido de lo que había sido un liberalismo contrario a la existencia del orden sobrenatural, expongo, acto seguido, en citas entrecomilladas, algunos de sus interesantes y sugerentes pensamientos relativos a la noción de libertad. Finalmente, tomo pie de sus tesis para realizar una breve reflexión personal.

1. Morente y la libertad

Dios nos ha dado un poder, la libertad, que podemos usar contra Dios o para el bien: “Dios nos amó tanto que nos quiso dar (…) la libertad. Porque su amor prefiere que nuestra correspondencia sea libre decisión de nuestra libre voluntad, (…)”. “(…) Dios al dármela ha renunciado a ella explícitamente. (…). La libertad es un don tal que confiere al que la recibe la posibilidad de revolverse incluso contra quien la da. Pues hasta ese don tan peligroso para el donante nos ha dado Dios”. “Te ha dado libertad de tu voluntad para que elijas el bien.”.

La entrega de mi libertad es la única respuesta posible, -amorosa-, al amor que Dios me tiene: “inmenso amor de Jesús a los hombres –tan grande amor que un Dios se hace hombre por amor y muere por amor a los hombres-”. “(…) ¿cómo puedo corresponder a Dios amante?”. “(…) ¿qué puedo yo dar a Dios?”. “¿Qué cosa mía, verdaderamente mía, puedo yo ofrendar a Dios para que mi amor no sea mera palabra, sino obra real? Una sola cosa tengo yo mía, mi libre albedrío, mi libertad”. “Entonces está claro el punto en que nuestro amor a Dios puede consistir. No puede consistir más que en la donación libre de nuestra voluntad. ‘Tomad, Señor, etc.’ Es el único don de que la criatura humana puede libremente disponer. Allá va. A ti, Dios mío, lo entrego, con toda conciencia y con entera libertad. A ti, Dios mío, me doy, doy mi libertad, la que tú me diste con facultad incluso de negártela si me pluguiera. Pero no sólo no me place negártela, porque te amo, sino que no te amaría si no te la entregara libremente. Toma, Señor, mi libertad. Libremente te la doy, te la regalo, te la dono, como prenda de amor. Tú me la diste como prenda suprema. Yo te la devuelvo como prenda suprema”.



El santo entrega toda su libertad a Dios: “El santo da a Dios todo; no se reserva ni a sí mismo, es decir, se aniquila a sí mismo ante Dios”. “Voluntad resuelta de ser santo”. “Ser sacerdote santo”.

Entregar plenamente mi libertad a Dios es ser esclavo de Dios, propiedad suya, querer y hacer todo y sólo lo que Dios quiera: “quiero ahora ser esclavo de Dios (…)”. “Aquí está tu esclavo”. “Todo yo para ti, Cristo mío”. “Soy de Dios y nada más que de Dios”. “Tuyo soy, tuyo en todo, por todo, para todo”. “Heme, pues, aquí ante Dios, para que haga de mí lo que quiera”. “Haz de mí lo que quieras”. “Quiero querer lo que Él quiera; no sólo aceptarlo, sino quererlo. No es que anule mi voluntad libre; es que libremente quiero que mi voluntad sea el sometimiento a Dios; (…) adoptar, como si fuera mía, la voluntad de Dios”. “(…) no apartarme ni un ápice de la más mínima voluntad tuya”. “(…) renuncio libremente a tener propia voluntad (…)”.

Debo hacer la voluntad divina, cueste lo que cueste: “Nada de limitaciones en la oblación (…)”. “(…) no negar jamás a Nuestro Señor nada que me pida, nada. Aunque me pidiera lo que más quiero en el mundo (…)”. “(…) Cristo mío. Si tú hiciste lo que hiciste, yo quiero hacer lo que tú hiciste, aunque me cueste la vida.”. “Dime lo que quieras y estará hecho al punto, aunque me cueste la vida”. “(…) Cristo dio su vida por nosotros. Luego, tú tienes que dar tu vida por Cristo. Sólo así serás otro Cristo”. “Estoy con Cristo y me abrazo a la cruz de Cristo (…)”.

Esto no es inhumano, pues la verdadera libertad consiste en hacer la voluntad de Dios: “servir a Dios es lo único que hace la vida del hombre plenamente humana”. “El acto más propio y verdaderamente humano es la aceptación libre de la voluntad de Dios”. “(…) para realizar su propia esencia, para ser verdaderamente hombre libre, el hombre –yo en este caso particular- debe aceptar la voluntad de Dios con sumisión total y a la vez libremente ¡Querer libremente lo que Dios quiera! He aquí el ápice supremo de la condición humana. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’.”.

2. Reflexión personal



Todos se entusiasman por la libertad. Pero, al respecto, sólo en los “ojos del corazón” de algunos se dibuja especialmente una Persona, un Sol, un Amor. ¡Elevarse al amor es vuelo de águila! Así se llega a que la verdadera libertad es una libertad para amar. La vida ha de consistir sólo en amar, en amar según verdad, en amar según Dios. Todo se ha de convertir en amor. Todo ha de ser expresión del amor. Amar a Dios y amar a los demás. Pero, “amar a Dios y amar a los demás”, equivale a “amar a Dios”. Quién ama a Dios, ama a los demás. Sin amor a Dios, no hay verdadero amor a los demás. Así, toda la vida debe reducirse a amar a Dios. Como dice san Ignacio de Loyola: el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor.

Existe la tentación de que, en la práctica, nos dejemos llevar por un vuelo poco elevado, un buscar meros frutos, meras obras culminantes, pero, sin que ello nazca de un grande amor a Cristo, de un vibrante latido del corazón, de una fuerte descarga. Secundar esta tentación causaría insatisfacción, pues lo único que puede satisfacer plenamente es el amor, amor a Cristo, darse a Cristo. Cuando hay este amor, todo va bien; somos felices porque nos queremos. Cuando existe un amor tan grande, no importa cuántos y cuáles son los sacrificios exigidos. ¡Amar, amar y amar! Como decía san Josemaría Escrivá de Balaguer, sólo existe una receta: la santidad.

En suma, la libertad se resuelve desde la “sabiduría del corazón”: ¡Una Persona, un Amor, Cristo!





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