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Comentario a la Liturgia del Domingo II Tiempo Ordinario A
Desear algo nos hace que en la llegada de eso que tanto deseamos nuestro corazón está listo para recibirlo


Por: Tais Gea | Fuente: Catholic.net



Estamos en la segunda semana del tiempo de Adviento. Nos hemos decidido a preparar el camino del Señor y enderezar el sendero como nos lo sugiere la liturgia de hoy. Estamos a la espera de la llegada del Mesías y Salvador. Uno de los modos de prepararnos para su venida es ensanchar el corazón a través del deseo. Desear algo nos hace que en la llegada de eso que tanto deseamos nuestro corazón está listo para recibirlo. Pero para poder desear tenemos que comprender quién es aquel que viene.

El salmo de hoy nos da una clave para comprender quién es aquel que viene: Ven, Señor, Dios de justicia y de paz. Esto también ya lo había anunciado Isaías en su profecía. Él habla de un renuevo del tronco de Jesé que a la vez está ungido y que llevará a cabo tanto la justicia como la paz. Para ello vamos a comprender mejor qué es lo que pudo haber querido decir el profeta con su profecía.

Lo primero que tenemos es la descripción de aquel misterioso personaje que traerá la justicia y la paz. En primer lugar, es el renuevo del tronco de Jesé. Como sabemos Jesé era el padre del rey David. Por lo tanto, Isaías está hablando de un rey de la dinastía de David. Así se cumple la promesa que Dios le hace a Abrahán desde los inicios de los tiempos en donde le promete que su nombre será famoso, es decir, que su descendencia será real. Por lo tanto, aquel que va a venir es el rey, descendiente de David, el que cumple la promesa hecha a Abrahán.

En segundo lugar, sobre este personaje misterioso se posará el espíritu del Señor. En la historia de la monarquía se dice que el rey es aquel que tiene al espíritu de Yahvé. El gesto externo para reflejar esta presencia del Espíritu sobre la persona es la unción. Por lo tanto, este personaje no solo es el rey, sino que es también el ungido, es decir, el Mesías.

Y ¿cuál es la misión de este rey-mesías? La misma profecía nos lo indica. En primer lugar, será el que llevará a cabo la justicia. Él hará un juicio, pero su juicio no se lleva a cabo con criterios humanos, sino que con criterios del Espíritu. Él está lleno de espíritu de sabiduría y esto le permite ver desde Dios y como Dios. Por lo tanto, su juicio no se llevará a cabo dejándose impresionar por las apariencias. Esto ya es alentador. Nuestra vida, externamente puede parecer una cosa. Sin embargo, nadie conoce nuestro corazón y nuestros condicionamientos. Nadie sabe que hay cosas que no nos gustaría hacer o decir, pero simplemente nos sentimos condicionados y a veces actuamos o decimos cosas que no sentimos del todo. Por lo que el juicio de este rey-mesías es el verdaderamente justo. Solo Él, el justo juez, puede juzgarnos. Porque con su sabiduría va más allá de las apariencias y penetra el corazón.



Por lo que el profeta lo presenta vestido de justicia. El texto dice: «será la justicia su ceñidor, la fidelidad apretará su cintura». Es el rey mesías que se viste de justicia y verdad. Es decir, que transpira en sus vestiduras esa justicia y esa verdad que lo hacen el único juez que viene a juzgar y por lo tanto a salvar nuestra vida.

El salmo nos dice que el Dios que viene es un Dios de justicia como acabamos de ver reflejado en la profecía. Pero también es un Dios de paz. Esto lo encontramos descrito en la profecía de Isaías. Él presenta un escenario de animales que normalmente son depredador y presa: el lobo y el cordero; la pantera y el cabrito; el novillo y el león. Pero ahora se presentan habitando juntos, pastando juntos, comiendo juntos. Y todos dominados por un pequeño muchacho. Y concluye, no habrá daño ni estrago por todo mi monte santo. Es decir, habrá, finalmente paz.

Esto es lo que viene a traer el personaje descrito por Isaías en su profecía. Ese rey-mesías viene a dar justicia y paz. ¿Quién no desea ser juzgado no por sus apariencias, sino que conociendo la profundidad de su corazón? ¿Quién no desea la paz? Ese juicio con verdad y esa paz la viene a traer el rey-mesías, es decir Jesús. Él es al que estamos esperando esta Navidad. Es por Él por el que preparamos nuestro camino y enderezamos nuestro sendero. Es a Él al que nuestro corazón desea y es por eso que decimos hoy, junto con el salmo, con toda la fuerza del corazón: «Ven, Señor, rey de justicia y de paz».

Terminemos con una oración: «Espíritu Santo prepara nuestro corazón y nuestro sendero a través del deseo. Que el deseo ensanche nuestra alma para que cuando llegue el don del rey-mesías que trae la justicia y la paz lo recibamos con el corazón dispuesto y podamos, en consecuencia, vivir en perfecta armonía unos con otros, conforme al espíritu de Cristo Jesús. Amén.»







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