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Verdades, falsedades y revistas científicas
La verdad, tarde o temprano, sale a relucir.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



Una persona sin títulos puede exponer verdades por conocimiento directo de los hechos o por reflexiones bien elaboradas sobre ciertos datos. Lo que diga o escriba, seguramente, logrará poca difusión al no ser reconocido como alguien apto para publicar en revistas científicas.

Una persona con títulos puede exponer falsedades, errores, incluso mentiras, y lograr la difusión de las mismas al ser aceptados sus textos en revistas que tienen buena fama y que aceptan textos procedentes de quienes, al menos por su currículum, forman parte de la comunidad académica.

Lo anterior se aplica en diversos campos. Pensemos, por ejemplo, en la historia. Un testigo presencial de una matanza de cientos de inocentes en una guerra civil puede ofrecer su testimonio y no ser aceptado en una revista “peer review” por no incluir en el mismo notas, ni seguir un formato serio, ni tener el aval de una titulación.

Al mismo tiempo, un historiador que tenga doctorado y que incluso imparta clases en una Universidad, puede elaborar un estudio sobre esa matanza a partir de lo que dicen documentos oficiales, partidos políticos implicados, y otras “fuentes”, llegando a conclusiones falsas que serán difundidas cuando su estudio sea aceptado y publicado por tener avales de seriedad “científica”.

El mundo de las publicaciones científicas encierra este tipo de paradojas, y parece casi imposible superarlas. Los comités que analizan contenidos dan una enorme importancia a la bibliografía, a los aspectos formales, al currículum del autor de cada artículo o libro.



Por eso, una persona que diga verdades y carezca de reconocimiento en el ámbito académico seguramente quedará excluida del mundo de la divulgación científica. A lo sumo, con un poco de fortuna podrá dar a conocer sus conclusiones en un sencillo blog o en alguna editorial que muchos denunciarán como poco seria y ajena al mundo universitario.

Al mismo tiempo, otra persona que diga falsedades, incluso que mienta y manipule al ocultar lo que vaya contra sus ideas y al citar solo lo que las corrobore, tendrá muchas más posibilidades de difundir sus errores si tiene títulos y un buen círculo de apoyo en la así llamada comunidad científica.

Causa cierto pesar constatar esta situación, en la que algunas verdades quedan excluidas de los ambientes científicos mientras que algunas falsedades corren como pólvora y se repiten continuamente cuando artículos citan otros textos publicados donde los errores han sido revestidos de seriedad.

¿Es superable esta situación? Parece difícil, sobre todo cuando una censura de guante blanco no solo llega a los comités científicos de editoriales y revistas, sino incluso a los ámbitos universitarios para excluir de cualquier titulación a quienes piensan fuera de la ideología que domina en ciertos ambientes.

A pesar de lo anterior, la verdad, tarde o temprano, sale a relucir. Quizá aquí en esta tierra, cuando un catedrático serio reconozca como verdad lo que es narrado por una persona sin títulos y permita que tal persona sea escuchada por otros.



Sobre todo, eso ocurrirá tras la muerte, cuando nos encontremos con Dios, que denunciará cualquier mentira deliberada divulgada con más o menos éxito, y que hará brillar, para siempre, la Verdad que todo hombre bueno desea desde lo más íntimo de su corazón.





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