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Peligros no percibidos
Hay quienes no reaccionan ante la señal de alarma.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



Un niño levanta una piedra. Debajo, encuentra un escorpión. Su curiosidad se despierta: ¿será bueno o malo? Desea tocarlo. No percibe que está en peligro.

Un adulto ha fijado una cita. Espera pasar una tarde interesante. No se da cuenta de que tras la cita iniciará un terrible drama familiar.

Un alcalde no da importancia al parte meteorológico. No cree que lloverá tanto, ni que exista algún peligro para la gente. Pasan las horas, y comienza una tragedia que pudo haberse evitado.

En el camino de la vida surgen peligros. Unos, sencillos, que no implican riesgos graves o que se descubren fácilmente. Otros, complejos o escondidos, que no vemos con facilidad o que no tememos en sus consecuencias.

Por desgracia, muchas veces no percibimos la presencia del peligro. En ocasiones, no ocurren grandes daños. En otras, lamentamos con amargura no haber sido capaces de darnos cuenta a tiempo de la seriedad de ese peligro.



Por eso, cuando estamos ante peligros no percibidos, agradecemos enormemente la advertencia de un familiar, un amigo, un conocido, que nos abre los ojos, que nos da la voz de alerta, que nos previene del peligro.

Otras veces seremos nosotros quienes alcemos la voz o enviemos un mensaje para desvelar la presencia de un peligro no percibido a aquella persona que amamos o a ese desconocido que necesita un aviso inaplazable.

Hay quienes no reaccionan ante la señal de alarma, o se encierran en sus opiniones que les dice que aquello no traerá consecuencias. Cuando llegue la hora de las heridas físicas o espirituales, la pena por haber desoído un buen consejo acompañará las lágrimas por los sufrimientos que pudieron haberse evitado.

Leemos en la Biblia: “Pues es grande el peligro que acecha al hombre, ya que éste ignora lo que está por venir, pues lo que está por venir, ¿quién va a anunciárselo?” (Qo 8,6 7).

Damos gracias a tantas personas que nos ayudan y aconsejan para evitar peligros no percibidos. Sobre todo, damos gracias a Dios que nos invita a la prudencia y a la limpieza de corazón con la que podemos captar dónde hay un peligro, y tener la prontitud para apartarnos de él.



De este modo, evitaremos daños más o menos graves y, sobre todo, conservaremos tantos tesoros de cosas buenas que nos otorga continuamente el Señor para que gocemos de una vida más tranquila y, sobre todo, para que sepamos emplear los bienes del cuerpo y del alma en el servicio de nuestros hermanos.







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