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Simplemente, Dios
Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu, me dejo amar por Ti.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



La vida lleva un recorrido. Un pasado queda fijo, inmóvil, inmutable, aunque sus huellas quedan en el presente.

El ahora me presenta muchas o pocas opciones. Mi mente busca las mejores. Mi corazón se entusiasma por unas y se muestra aburrido, indiferente o temeroso ante otras.

En el horizonte, aparece la idea de Dios. Sí, todavía lo veo como una idea, como un factor, aunque me doy cuenta de que es una Persona, mejor, una Trinidad de Personas, y que se interesa por mí como nadie lo ha hecho hasta ahora.

Puedo mover la mirada entre tantas alternativas, objetos, proyectos, ambiciones. O puedo detenerme un momento para ponerme ante Dios y preguntarle: ¿quién eres Tú? ¿Cómo ves mi vida? ¿Qué me ofreces?

Dios, lo sé, es Padre. Y un Padre ama hasta la locura, porque no puede olvidarse nunca del fruto de sus entrañas, no puede dejar de amar a cada uno de sus hijos (cf. Is 49,15).



Dios es también Hijo: un Hijo enamorado del Padre, un Hijo que asumió la naturaleza humana, que nació de la Virgen María, que vivió buena parte de su existencia terrena como un sencillo carpintero, que murió y resucitó por mí.

Dios es Espíritu Santo, que consuela, que enciende, que ilumina, que guía, que invita, que susurra, que dulcifica, que purifica el pecado, que nos permite decir lo que quizá nunca habíamos imaginado: “Abba, Padre”.

En el camino de mi existencia necesito unos momentos para ir al núcleo, para recordar de dónde vengo, para ver qué tipo de sangre corre por mis venas y qué Padre tengo en los cielos.

Ahora quiero dedicarme simplemente a Dios. Lo demás puede quedar a un lado. Veré todo de otra manera si descubro que ese Dios, mi Padre, me mira a mí con un Amor que nunca habría imaginado. Y con ese mismo Amor ama a quienes están cerca o lejos de mí.

Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu, me dejo amar por Ti, me dejo purificar, me dejo iluminar. Sé hoy el centro de mi vida. Invítame a recorrer el sendero con una certeza íntima que nadie puede arrebatar: me amas y deseas con locura que ya ahora, y en el cielo para siempre, viva contigo una relación de amistad alegre, plena, esperanzada.









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