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14 de septiembre de 2020

Un favor para otro
Santo Evangelio según san Lucas 7, 1-10. Lunes XXIV del Tiempo Ordinario


Por: Álvaro García, LC | Fuente: www.somosrc.mx



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Buenos días, Señor. Quiero estar aquí contigo porque estoy feliz así. Creo en ti y tengo mi esperanza puesta en tu misericordia. Ábreme los ojos para contemplarte en esta oración y enciende mi corazón en ansias por ti. Amén.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 7, 1-10

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar a la gente, entró en Cafarnaúm. Había allí un oficial romano, que tenía enfermo y a punto de morir a un criado muy querido. Cuando le dijeron que Jesús estaba en la ciudad, le envió a algunos de los ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su criado. Ellos, al acercarse a Jesús, le rogaban encarecidamente, diciendo: “Merece que le concedas ese favor, pues quiere a nuestro pueblo y hasta nos ha construido una sinagoga”. Jesús se puso en marcha con ellos.

Cuando ya estaba cerca de la casa, el oficial romano envió unos amigos a decirle: “Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, aunque soy un subalterno, tengo soldados bajo mis órdenes y le digo a uno: “¡Ve!” y va; a otro: “¡Ven!” y viene; y a mi criado: “¡Haz esto!”, y lo hace”.

Al oír esto, Jesús quedó lleno de admiración, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: “Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande”. Los enviados regresaron a la casa y encontraron al criado perfectamente sano.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

¡Qué humildad la del centurión! Muchas veces imaginamos a los romanos como gente despiadada, soberbia, autosuficiente y cruel. Eran gente de poder, señores de un imperio inmenso extendido por todo el Mediterráneo. ¿Qué hubiera pasado si, como romano, le hubiera exigido a Jesús el milagro que quería? ¿Se habría atrevido a ponerse arrogante frente a un Maestro tan humilde pero lleno de autoridad?

Este centurión no era soberbio, pero sí le sobraba inteligencia. Supo encontrar el punto débil de Jesús. Llegó al fondo de su corazón sin tan siquiera haberle dirigido la palabra personalmente porque se creía indigno.

A Jesús le enternecen los corazones humildes que le piden favores no para sí sino para otros. Lo mismo sucedió con la cananea que andaba insistiendo detrás de Jesús por su hija. Y yo, ¿cómo le hablo a mi Señor?, ¿le exijo que haga lo que yo quiero? ¿Soy un centurión arrogante?, ¿o más bien me dirijo a su Corazón en el idioma que Él entiende? La humildad y la caridad son la llave del corazón de Jesús, el porqué de su admiración.

«En esta fe, también nosotros queremos la mirada al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y lo invocamos: “oh, Señor, no soy digno de que entres en mi casa: pero una palabra bastará para sanarme”. Esto lo decimos en cada Misa. Si somos nosotros los que nos movemos en procesión para hacer la comunión, nosotros vamos hacia el altar en procesión para hacer la comunión, en realidad es Cristo quien viene a nuestro encuentro para asimilarnos a él. ¡Hay un encuentro con Jesús! Nutrirse de la eucaristía significa dejarse mutar en lo que recibimos. Nos ayuda san Agustín a comprenderlo, cuando habla de la luz recibida al escuchar decir de Cristo: “Manjar soy de grandes: crece y me comerás. Y tú no me transformarás en ti como al manjar de tu carne, sino tú te transformarás en mí”. Cada vez que nosotros hacemos la comunión, nos parecemos más a Jesús, nos transformamos más en Jesús. Como el pan y el vino se convierten en Cuerpo y Sangre del Señor, así cuantos le reciben con fe son transformados en eucaristía viviente».
(Audiencia de S.S. Francisco, 21 de marzo de 2018).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy oiré Misa con atención y consciente de que no soy digno de acoger al Señor en mi casa. Invitaré a un amigo a quien le pudiere ayudar.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.




Reflexión de Mons. Enrique Díaz en audio:





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