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El misterio de la Iglesia: Santa y pecadora
La Iglesia somos nosotros enraizados en Jesucristo en la fe y las obras.


Por: Celso Júlio da Silva, LC | Fuente: Catholic.net



Conviene tener mucho cuidado en decir que “la Iglesia somos nosotros”. Este slogan aparentemente bonito- que suena bien y tiene algo de verdad- no puede ser absolutizado como lo hicieron en su tiempo las corrientes teológicas radicales como la Teología de la Liberación. Nosotros somos pecadores y si la Iglesia se define sólo con esto: “somos nosotros”; entonces la Iglesia no es santa y no es medio de santificación y de salvación, porque todos somos pecadores.

En cambio, la verdad completa es que la Iglesia es Santa y Pecadora. Santa porque su santidad proviene de Cristo a través de la gracia eficaz y visible de los sacramentos que la mantiene viva y en camino hacia el cielo. Pecadora porque está compuesta de hombres imperfectos, limitados y siempre necesitados de conversión. “Dos vidas conoce la Iglesia: una en la fe, otra en la visión” (San Agustín, In Jn 124 5). Y es en este camino de la fe en que la Iglesia es Santa y Pecadora. ¡Esta es la verdad completa que se debe anunciar!

No existe una Iglesia perfecta en categorías humanas, porque donde hay seres humanos puede haber flaquezas y errores. De todos modos Cristo quiso que en su urdimbre la Iglesia entrañara un misterio de salvación para todo el que cree y confiesa que Él es el Señor. Por tanto, la Iglesia es el camino específico que Cristo nos concedió para llegar al cielo. ¡Qué capacidad de captar estas nociones tan básicas tienen los santos como lo tuvo, por ejemplo, el futuro Beato Carlo Acutis! ¡Amaba la Eucaristía y amaba la Iglesia!

Por ello, la tendencia de algunos en querer resolver o justificar los errores y los límites de algunos miembros de la Iglesia a un nivel neo-pelagiano, es decir, simplemente considerando la Iglesia como una institución humana, están equivocándose ya de entrada. La Iglesia no es una Institución humana en su esencia. Es de origen divino, y por tanto, de carácter divino. Por tanto, la Iglesia no es “sólo nosotros”. Si así fuera estaríamos en la calle de la amargura con tanta corrupción que ha sido incluso denunciada y condenada por el Papa Francisco repetidas veces.

Sin embargo, la realidad de la Iglesia como sacramento de salvación nace de Cristo Mismo, porque Él es la Fuente y el Fin de la Iglesia Militante. Desde la Persona Misma de Cristo el dinamismo del “et/et” se expande a todos los niveles de los misterios que la Iglesia confiesa y celebra. Cristo: verdadero Dios y verdadero Hombre. María: Virgen y Madre. La Iglesia: Santa y Pecadora; Madre y Maestra. Los sacramentos: forma y materia. La Revelación: Sagrada Escritura y Tradición.



En este “nexus mysteriorum” (vinculación de los misterios) vemos que, si por un lado el protestantismo en su misma historia adopta el “aut/aut” excluyente, la naturaleza misma de la Iglesia Católica es ese “y/y”, mostrándonos que el misterio de la Iglesia es lo que Dante Alighieri inspirado en el Apocalipsis llegó a decir: “casta meretrix”. Sí, casta prostituta, ¡misteriosa contradicción!, pero salvada y redimida del pecado y de la muerte por Cristo. El Señor que en su plan de salvación la ha amado y la ha elegido. Todo esto es especialmente algo meditado, orado y enseñado por Henri de Lubac en su insigne libro “Meditaciones sobre la Iglesia”.

Además, la Iglesia perfecta a nivel humano no existe desde los inicios del cristianismo. Basta hojear las cartas de San Pablo a las primeras iglesias particulares de los primeros tiempos y nos damos cuenta de que había peleas, opiniones distintas, enojos, malas conductas morales, rencillas, gente corrupta, y, a pesar de todo esto, el celo de San Pablo por custodiar la fe de los cristianos no estaba condicionado por tantas fragilidades humanas. Porque San Pablo sabía que la Iglesia es de carácter divino y que, abrazando todo aquello que es humano- incluso la flaqueza y la debilidad-, la gracia de Cristo es capaz de redimir a todos que aceptan el don del Evangelio. Una vez más, ¡qué bien que la Iglesia no somos sólo nosotros!

Lógicamente que la labor que la Iglesia ofrece a los hombres y al mundo con las misiones, los hospitales, las obras de caridad, los colegios, las universidades- labor gigantesca en todo el planeta- está enraizada en Cristo. Y tanto la predicación de palabra como el testimonio siempre está radicada en el único fundamento sobre el cual podemos anunciar que entonces “sí somos Iglesia”: en Cristo. Ya escribía San pablo: “que nadie ponga otro fundamento que el ya puesto, Cristo Jesús” (Cfr. I Cor 3,11). Por tanto, quien no predica el Kerigma fundamentado en Cristo Jesús es un charlatán y mentiroso que propone una Iglesia hecha en laboratorio o simplemente con miras humanas.

A este propósito menciono aquí un trecho de la reciente Carta Apostólica Sacrae Scripturae Affectus del Papa Francisco que dice, citando a San Jerónimo que aconseja a un presbítero coetáneo: “La palabra del presbítero está inspirada por la lectura de las Escrituras. No te quiero ni declamador, ni deslenguado, ni charlatán, sino conocedor del misterio e instruido en los designios de Dios. Hablar con engolamiento o precipitadamente para suscitar admiración ante el vulgo ignorante es propio de hombres incultos". (Papa Francisco, Sacrae Scripturae Affectus). Por tanto, la verdadera evangelización nace de la consideración de que cada cristiano, especialmente los sacerdotes y los que se preparan para ello, tiene el deber de enraizar su corazón en Cristo y su Palabra, sólo así aprenderán que son Iglesia porque están unidos a Cristo, de quien nace la santidad que nosotros buscamos como Iglesia.

La Iglesia somos nosotros enraizados en Jesucristo en la fe y las obras. Lo que sustenta la vida de la Iglesia- no sólo como una institución en el tiempo y el espacio- sino como misterio de salvación es la fe, a pesar de todos los pecados y corrupciones que podamos cometer. ¡Sólo los santos aman la Iglesia porque sólo los santos captan este misterio! San Francisco de Asís, al saber que llegaba al pueblo un joven sacerdote, corrió a besarle las manos postrándose de rodillas. Ante este gesto ciertas personas le decían: ¿no sabes que éste es un mujeriego y tú besándole las manos? A lo que el santo contesta: “si lo es, no sé. Eso no me incumbe. ¡Pero sé que aquellas manos todos los días hacen bajar a Cristo a la tierra y esto lo creo, esto me basta!”. ¡Esto es otra prueba de que la Iglesia no somos sólo nosotros, sino nosotros dentro de Cristo, firmes en la fe y las obras!



Que el Espíritu Santo nos conceda el don de amar a la Iglesia desde Cristo, con el corazón de Cristo, esa Iglesia Santa y Pecadora, espléndida de belleza en su esencia, pero a veces manchada con el tiempo por tantas flaquezas humanas, cargada de arrugas y fatigas. ¡Ella es Madre! Sí, como toda madre mantiene su amor, su centro, su esencia, a pesar de todas las vicisitudes y contrariedades de sus hijos. Su Belleza es su Verdad y su Verdad es su esencia: Jesucristo.

Nada más hermoso que un día poder exclamar junto con Santa Teresa de Ávila en el trance de la muerte: “¡al fin muero hija de la Iglesia!”.







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