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El enigmático Lutero interpela al hombre actual
¡Cuántas personas viven como si Dios no existiera!


Por: Celso Júlio da Silva LC | Fuente: Catholic.net



Algunos historiadores catalogan el surgimiento del luteranismo como Reforma. No es un término muy feliz para dar a una situación tan dramática. Romper la túnica inconsútil de Cristo no es precisamente reformar la Iglesia. Lo que pasó entonces fue una separación, un rasgón brusco y triste en la Historia de la Iglesia. Los verdaderos reformadores de la Historia de la Iglesia fueron- sin duda- San Domingo, San Francisco, San Ignacio, Santa Teresa de Jesús, etc. ¡Estos sí que la reformaron! Lo que Lutero hizo no fue una reforma, sino una división profunda en el Cuerpo Místico de Cristo. Los hechos hablan por sí mismos.

Sin embargo, ¿Qué podemos decir sobre Martín Lutero, ese sacerdote agustino tan atormentado espiritual y psicológicamente? ¿Será que su vida nos puede interpelar hoy después de tanto tiempo? Nadie se pregunta esto, aunque todos le tiran piedras sea por su figura sea por su doctrina. Aquí no vamos a desarrollar ni su teología, ni su pensamiento, ni sus decisiones nefastas, -llegando a llamar al Papa “puerco de Satanás”-, tampoco vamos a adentrarnos en las diferencias doctrinales que dividen hasta hoy católicos y luteranos. Lo que destacamos aquí escuetamente es que Lutero fue un hombre que nunca tuvo una paz interior y eso se percibe en su espiritualidad y su psicología, aunque él nos da la ocasión de pensar nuestra vida y nuestra relación con Dios.

La crianza de Lutero se caracterizó por una rigidez e inflexibilidad extremas. Sus padres eran duros con él, exigía que todo lo hiciera perfectamente y su padre le pegaba a menudo. Creció en un ambiente áspero, frío. Más adelante en su juventud pensar en un Dios que fuese Padre y fuese Misericordia era un esfuerzo espiritual gigantesco porque ese padre no lo tuvo en la tierra.

De gran inteligencia y muy dado a los estudios, a la teología, fue catedrático de Sagrada Escritura en la Universidad de Wittenberg. Pero en el fondo muy desconfiado de la providencia de Dios. Su vida espiritual era un tormento personal. Aquí se nota la gran dificultad de compaginar mente y corazón, estudio y oración, sagacidad intelectual y humildad. Sin esto no puede existir paz en el corazón. Aquella alma seguramente trabó muchas luchas en el monasterio de Erfurt y se atormentaba diariamente con el problema de su salvación eterna.

Ante este tormento espiritual de Lutero podemos destacar dos aspectos centrales de su espiritualidad que seguramente influyeron en su separación de la Iglesia Católica. El primero es la realidad de un espíritu que quizás nos interpela hoy con su capacidad de atenerse al cristocentrismo. El segundo es precisamente su incapacidad de encontrar paz ante esa búsqueda ansiosa de Dios y de su misericordia. Ante ciertas miradas miopes que contemplan los sucesos de la historia solamente desde el punto de vista de los hechos y de lo que se escribe y se comenta en un río interminable, me apoyo, más bien, en la sensatez del papa emérito Benedicto XVI, que, -visitando el monasterio de Erfurt donde vivió el monje agustino-, destacó esto con mucho acierto.



El cristocentrismo inicial de Lutero es loable y nos hoy interpela porque en la sociedad actual la pregunta sobre Dios y sobre lo que realmente cuenta es algo inimaginable. Esta afirmación es del mismo Papa Emérito que dijo: ““El pensamiento de Lutero y toda su espiritualidad eran completamente cristocéntricos. Para Lutero, el criterio hermenéutico decisivo en la interpretación de la Sagrada Escritura era: “Lo que conduce a la causa de Cristo”. Sin embargo, esto presupone que Jesucristo sea el centro de nuestra espiritualidad y que su amor, la intimidad con Él, oriente nuestra vida” (Benedicto XVI, Monasterio Erfurt, Discurso 23 de septiembre de 2011). Con esto no estamos “canonizando” a Lutero- ¡cosa inadmisible!- pero el hecho es que su actitud inicial de un alma inquieta por cuestión de Dios y de la salvación debe interpelarnos.

Cuantas personas viven como “etsi Deus non daretur”, como si Dios de hecho no existiera. Porque cuestionarnos sobre Dios nos conduce inmediatamente a una profunda reflexión sobre el propio pecado, sobre la propia vida y destino. Aquí en esta reflexión de Benedicto XVI comprendemos esto: “Lo que le quitaba la paz era la cuestión de Dios, que fue la pasión profunda y el centro de su vida y de su camino. “ ¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?”: (…) ¿Quién se ocupa actualmente de esta cuestión, incluso entre los cristianos? ¿Qué significa la cuestión de Dios en nuestra vida, en nuestro anuncio? La mayor parte de la gente, también de los cristianos, da hoy por descontado que, en último efecto, Dios no se interesa por nuestros pecados y virtudes. Él sabe, en efecto, que todos somos solamente carne. Si hoy se cree aún en un más allá y en un juicio de Dios, en la práctica, casi todos presuponemos que Dios deba ser generoso y, al final, en su misericordia, no tendrá en cuenta nuestras pequeñas faltas. Pero, ¿son verdaderamente tan pequeñas nuestras faltas?” (Ibidem).

Todo cristiano tiene al centro a Cristo y busca asemejarse a Él a través de la vivencia del Evangelio. Lutero en un inicio comprendió esto de modo decisivo en su vida personal, pero no supo encauzar este propósito a la realidad de su misma condición y de sus contemporáneos: todos somos pecadores y es inevitable que no existan errores, pecados y vicios entre los hombres. Soñaba la perfección cristiana- quizás-, pero viviendo un “perfeccionismo” que torturó su alma y guillotinó su psicología.

Las personas rígidas, escrupulosas y perfeccionistas en la vida espiritual no son las que viven una auténtica vida espiritual. Todo lo contrario, son las que más atormentadas viven y- como dice el Papa Francisco- al final se descubre que en el fondo esconden algo peligroso o devastador que maquilla el alma por un tiempo, pero tarde o temprano cae el maquillaje y aparece su verdad.

Sin embargo, la grandeza de Dios y su pequeñez fue lo que atormentó el corazón del joven Lutero que, al querer ser “perfeccionista” en su camino espiritual terminó por perder la propia paz interior frente al mal del hombre y del mundo. Sigue Benedicto XVI: “No, el mal no es una nimiedad. No podría ser tan poderoso, si nosotros pusiéramos a Dios realmente en el centro de nuestra vida. La pregunta: ¿Cómo se sitúa Dios respecto a mí, como me posiciono yo ante Dios? Esta pregunta candente de Martín Lutero debe convertirse otra vez, y ciertamente de un modo nuevo, también en una pregunta nuestra. Pienso que esto sea la primera cuestión que nos interpela al encontrarnos con Martin Lutero” (Ibidem).



Lo que provoca la paz en el alma es el realismo sano y coherente de qué espacio ocupa Dios en mi existencia y quién soy delante de Dios y delante de los demás, sin tapujos, sin mentiras, sin máscaras, sin falsedades. ¡Eso provoca la paz! La paz que desafortunadamente no encontró Lutero. La paz que, naciendo de la humildad y confianza en Dios, hubiera calado su corazón y la historia hubiera sido escrita con un guión diverso.

Si por un lado el cristocentrismo inicial de Lutero nos interpela como afirmó el papa emérito, por otro, la inflexibilidad espiritual de Lutero quizá fue lo que más influyó en su suerte dramática tanto desde el punto de vista de la separación con la Iglesia Católica como de su muerte suicida. Lutero fue esclavo de unos esquemas mentales, psicológicos e incluso espirituales que, al fin y al cabo, no le ayudaron a comprender que lo más importante en el camino de la santidad es el amor y sólo en el amor el hombre puede caminar con confianza por el camino de la santidad, pese a todas las piedras que encuentre por el camino.

Sólo el amor provoca paz. Curioso es que esto ya entendían incluso los paganos de alguna forma- casi como una ósmosis tertuliana de alma espontáneamente cristiana, sin saberlo- cuando el mismo Cicerón afirmaba: “La paz es una tranquila libertad, la esclavitud la última de las desgracias” (Cicerón, Fil 2 113). La libertad en el amor provoca esa paz en donde descubrimos el valor infinito de Dios en nuestra vida y el realismo sano y coherente de lo que somos delante de Él.

Si Lutero hubiera empezado desde aquí, quizás- y digo quizás- la historia sería contada de otra forma. Sin embargo, ya que la realidad no es así, no nos queda otra que aprender de la historia y aceptar una vez más que, incluso, por vía apodíctica, se puede llegar a vivir plenamente en el amor.







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