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El ateismo: Una puerta, un atardecer y un café
Creer en Dios es creer en una Razón Creadora y Creativa.


Por: Celso Júlio da Silva, LC | Fuente: Catholic.net



Platicando con ateos inteligentes la sensación es de yo haber argumentado poco ante la vorágine de razones del interlocutor. Argumentan todo con silogismos y razones que caen sobre la cabeza como la espada de Dámocles. Se declaran filósofos y lo son. Te aturden con tanta palabrería para afirmar un postulado: Dios no existe. Por tanto, nosotros y este mundo somos fruto del azar y terminaremos en la nada. ¡Vaya, menuda lotería nos ha tocado!

La argumentación del creyente, en cambio, es la concreción de lo que ya había intuido Chesterton. Llegarían días en que ante la insensatez humana tendríamos que probar que existen las piedras del camino o que dos más dos son cuatro y esto se volvería un dogma. ¡Chesterton tenía mucha razón! Pero que conste que he dicho “un ateo inteligente” porque hay de los que les falta el fósforo en la cabeza y ni Dios, ni mundo, ni ellos. No argumentan nada.

Cierta vez me tocó platicar con un chaval listillo. Ateo y hablaba por los codos. De tal modo que me mareó tanto que decidí pensar un poco más en lo que me había dicho. Al final nos levantamos, le abrí la puerta para que se fuera y de repente los dos nos quedamos maravillados ante un hermoso atardecer que se nos ponía enfrente. Entonces, sin razonar mucho, le dije: cuando un materialista ateo, contemplando esta hermosura, acepte con humildad que él no la hizo, entonces quizás pensará en la posibilidad de que Dios exista.

Entre una puerta abierta y un paisaje hermoso sabía que aquel chaval llegaría a ciertas conclusiones. Ante aquel paisaje él llegaría a la conclusión a la que llegó Lewis, afirmando que al final de todo no quedará piedra sobre piedra de nuestras nociones sobre Dios. La idea que a veces nos hacemos de Dios no es divina. Él libremente destroza nuestras ideas, las vuelve añicos una y otra vez, para convertirse así en el gran Iconoclasta, haciéndonos ver que a fin de cuentas nunca existió problema alguno. ¡Él existe y todo lo hizo por amor!

Cuando algo no tiene una explicación científica los ateos dicen que ocurrió por azar. Una moneda tirada al aire es un juego de azar porque es imposible demostrar con exactitud las causas de porqué cara y no cruz o al revés. Pues bien, el hombre y el mundo serían fruto de un juego de azar. ¡Esto es así y punto!-concluyen. Pero, ¿quién lanzó la moneda al aire? ¿Se tiró sola? Cuánta verdad llevaba Aristóteles cuando había afirmado que “el azar es una etiqueta para nuestra ignorancia”. Siendo así, la ignorancia es contraria a lo científico.



Argumentar que el cosmos vino del azar o del caos es acientífico, es de ignorantes. Por tanto, pretender argumentar que el mundo y el hombre vinieron de la nada y que Dios no existe es una contradicción. Si el azar no tiene causas científicas precisas, ahora el que usa la argumentación del azar no es un científico, es un ignorante. Lo que necesita es entrar en razón y aceptar por lógica común que, aunque el mundo y el hombre hayan sido tirados al aire como una moneda, es necesario que exista alguien detrás de éste así llamado por ellos “juego de azar”. ¡Vaya, nada mal para un creyente de pocos argumentos!

El hombre y el universo se explican solos, no necesitan a Dios- afirman. Si por un lado aceptan que hay un orden y una belleza en la creación, por otro descartan la existencia de un Ser Sobrenatural sumamente inteligente y bondadoso. Este postulado descabellado tampoco es muy racional que digamos.  Desde tiempos de Maricastaña se planteaban estas posturas y no es cosa nueva bajo el sol.

Cicerón en su De natura deorum refuta a los materialistas epicúreos- como Lucrecio- que afirmaban que la materia se explica a sí misma. Es imposible que alguien arrojando un montón de letras al aire- dice Cicerón- caiga al suelo un verso inteligible de Enio, poeta antecedente a Virgilio. Puedes intentarlo un millón de veces, no lograrás que por azar se forme un solo verso que pueda ser leído con sentido.

Siendo así, es imposible que detrás de Crimen y Castigo no haya un Dostoievski o que detrás de la Piedad no haya un Miguel Ángel o detrás de las Estaciones no haya un Vivaldi. Viendo la belleza de sus obras nosotros creemos que ellos existieron y fueron unos genios. Ahora, ¿Por qué la belleza de la creación y del misterio del hombre no merece que exista también un Ser mucho más inteligente y superior que los ya citados? ¿Qué es el universo y el hombre en comparación a un libro, una estatua o una partitura? ¿Puede el río ser más grande que el mar?

El asombro de aquel atardecer y la puerta abierta a nuestras espaldas nos empujaron enseguida a tomar un café. En el vaivén de sorbitos de café desfilaron las vías de Santo Tomás de Aquino, el argumento ontológico de San Anselmo, la apuesta de Pascal, los planteamientos de Darwin, la teoría de Stephen Hawking y sus agujeros negros, además de la afirmación de que Dios no fue necesario para encender la mecha del Big Bang. Stephen Hawing no tenía en cuenta que hasta sus teorías tenían agujeros, pues si por un lado es cierto que el mundo no necesitaba a Dios para encender una mecha, por otro necesitaba de Dios para llegar a existir como una mecha y realizarse como fuego y como vida.



Al final el diálogo con el ateísmo científico puede ser ocasión de evangelización por parte de la fe que no teme la razón. Basta abrir la puerta de la escucha y la acogida al que piensa diferente a nosotros. Una vez abierta la puerta sin muchos argumentos y silogismos la misma realidad con su belleza y esplendor provocará en la mente y el corazón del racionalista el deseo de dar una posibilidad a la cuestión de Dios y a la belleza de la fe.

Como el café mezclado con el agua en el calor del fuego, la mente y el corazón del ateo serán el recipiente de la gracia, donde no será la fe por un lado y la razón por otro, sino una sola cosa. Creer en Dios es creer en una Razón Creadora y Creativa. Siempre es con la pureza de la gracia como el agua y el aroma de la razón como el café que el ateo podrá contemplar el mundo material y con humildad aceptar que él no hizo tan grande belleza. Cuando esto ocurra, entonces habrá esperanza.







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