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Cuando Dios te ve, ¿qué ve en ti?
¿Con cuáles sentimientos y actitudes debemos iniciar la oración? Respondemos: Con humildad, auténticamente presente a ti mismo, vuelto hacia Él, con una conciencia profunda de tu identidad y condición.


Por: p. Evaristo Sada LC | Fuente: www.La-oracion.com





¿Cuál es la verdad sobre ti mismo?

Para Dios todo es perfectamente transparente: tu pasado, tu presente e incluso lo que está por venir. Tus obras, tus omisiones, tus pensamientos, tus intenciones, tu sueños y aspiraciones…. No hay nada oculto para Dios.

La única forma sensata de presentarse ante Dios es ser tal cual eres, con humildad. La humildad es la verdad, la verdad de ti mismo.

Tal como soy, Señor

En el artículo titulado “¿Alguien me escucha? Preguntas que dan vértigo” y en “¿Dios es tratable?” decía que la oración es una relación entre la persona y Dios; por eso, al hacer oración es necesario plantearse en serio la pregunta: ¿quién soy?, ¿quién es el que se presenta ahora ante Dios?, de tal manera que al abrirse la puerta del encuentro estés bien presente a ti mismo, con plena conciencia de quién es el que ahora se encuentra cara a cara con su Creador.


La humildad es la verdad

De la conciencia de la propia identidad en una entrevista personal se siguen las actitudes correspondientes. Hace poco encontré a un mendigo muy enfermo que pedía de comer de puerta en puerta. Se llamaba Luca. Entablé conversación con él y descubrí en toda su persona una actitud profundamente humilde. Era un hombre que se sentía indigno, que no merecía nada, que no podía exigir derechos. Y así se presentaba al tocar las puertas: como un hombre totalmente desprovisto y vulnerable que suplicaba compasión y algo de comer para pasar el día. Lo que le dieran lo recibía con gratitud, cualquier cosa. Lejos de Luca el adoptar una actitud arrogante o exigente.


Al iniciar la oración, ubícate

Pregúntate como si fuera la primera vez: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Cómo me siento? ¿Cuál es mi verdad? Dios, que te está mirando, ya sabe eso sobre ti pero necesita que tú también lo sepas para que el encuentro sea auténtico. Conócete, acéptate y ríndete tal cual eres delante de tu Creador y Padre, tu Redentor y Consolador.

Dile a Jesús cómo te sientes

A mí me ayuda repetírmelo y repetírselo a Jesús y no quedarme en reflexiones religiosas. Y decirle no sólo lo que soy sino cómo me siento, cómo vengo a su presencia. En la presencia de Dios hay que ser muy honestos y presentarse con una confianza absoluta: “vengo a tu presencia arrepentido, suplicándote perdón y misericordia”; “me siento en paz, feliz de saberme tu hijo muy amado”; “aquí estoy, confundido, no te entiendo, no entiendo nada, vengo en busca de luz”; “me queda claro que soy un consentido, muy bendecido por ti, me reconozco indigno de tu amor y profundamente agradecido”; “vine ante ti que sabes la verdad de mi vida, a descansar un poco”; “aquí me tienes, cansado de ser mediocre; nunca como ahora había experimentado el gran amor que me tienes y simplemente quiero decirte gracias, yo también te quiero”; etc.


¿Cómo oraba Jesús?

Cuando Jesucristo hacía oración adoptaba la actitud del Hijo ante su Padre, del Redentor que quiere obtener nuestra salvación. Me gusta mucho la oración de Jesús que recoge el evangelio de San Juan, capítulo 17. Expresiones como éstas revelan su corazón: “Padre, ha llegado la hora. (cf Jn 17,1) Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. (cf Jn 17,4) He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. (cf Jn 17,6) Te pido por ellos (cf Jn 17,9) Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo.” (cf Jn 17,10-11)


Otros modelos de personas ubicadas

Recordemos la actitud de María al recibir el anuncio del Ángel: tenía una profunda conciencia de ser la esclava del Señor. O la idea que tenía María de su condición de madre, y por tanto del poder de su oración, cuando se presentó ante Jesús en las bodas de Caná y le dijo: “No tienen vino” (Jn 2,3) ¿Cuál fue la actitud de Pedro al cruzar la mirada de Jesús después de la traición? (cf Lc 22,61) Y cuando después de la resurrección, el Maestro le preguntó: Pedro ¿me amas? (cf Jn 21, 15-17). La hemorroísa se acercó a tocar el manto de Jesús con fe, sabiéndose radicalmente dependiente del poder curativo de Jesús (cf Mc 5,27). Los dos ciegos suplicaban con humildad: “Ten piedad de nosotros, hijo de David” (Mt 9, 27), y la mujer cananea insistía con confianza inquebrantable en que iba a ser escuchada: “¡Ten piedad de mí!, ¡Señor, socórreme!” (Mt. 15 22,25). El leproso que regresó con Jesús una vez curado rebosaba de gratitud. Sabía que había sido curado sin merecerlo, gratuitamente. (Lc 17,12-19)


El ejemplo de San Juan Diego.

Juan Diego era una persona muy bien ubicada. Cuando se le apareció la Virgen de Guadalupe, él se sintió completamente indigno y le dijo a María: "soy solo un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda…”


La Virgen María lo trataba a él con gran cariño. Le decía: “el más pequeño de mis hijos”, “Juanito, Juan Dieguito”, “hijito mío”.

En la homilía de la ceremonia de canonización de San Juan Diego, el Papa Juan Pablo II lo ofreció a la Iglesia como ejemplo de humildad:

¿Cómo era Juan Diego? ¿Por qué Dios se fijó en él? El libro del Eclesiástico, como hemos escuchado, nos enseña que sólo Dios “es poderoso y sólo los humildes le dan gloria” (3, 20). También las palabras de San Pablo proclamadas en esta celebración iluminan este modo divino de actuar la salvación: “Dios ha elegido a los insignificantes y despreciados del mundo; de manera que nadie pueda presumir delante de Dios” (1 Co 1, 28.29).

¿Cómo me ve Dios?

Algunas de nuestras verdades fundamentales son:

Soy creatura, por tanto: limitado, frágil, dependiente, todo lo he recibido gratuitamente de Dios
Soy hijo de un Padre que es Amor, que me ama personalmente y que espera una respuesta de amor
Soy bautizado, templo de la Trinidad que ha tomado morada en mí
Soy pecador, con todo el peso de mi miseria y mi pecado, he sido rescatado a precio de sangre por Cristo Redentor
Soy buscador de Dios, tengo sed de felicidad, sed de Dios, busco la verdad.
Soy peregrino, en el tiempo camino a la eternidad: estoy de paso en este mundo, que es a la vez un lugar maravilloso y un valle de lágrimas, por un tiempo de duración desconocida…


¿Sólo lo pienso o también lo experimento?

Creo que son cosas tan profundas que no pueden darse por supuestas. Son verdades que constituyen la médula de nuestra identidad. Pero deben ser verdades también profundamente sentidas, convicciones fundamentales.

Es muy diferente saber que el ser humano es mortal a recibir la noticia de que tienes un cáncer mortal y que te quedan pocos días de vida. Quien sabe que está para morir adquiere una conciencia hiriente y lúcida de su condición y se confía plenamente a la misericordia de Dios Padre.


La Iglesia nos enseña a orar con humildad

Entrar a la oración de esta forma lo aprendemos de la Iglesia, a través de la liturgia de la misa, que nos enseña a iniciar la oración por el reconocimiento de nuestra condición de pecadores: “Yo confieso ante Dios todopoderoso…” Los sacerdotes nos preparamos para la celebración eucarística con oraciones como la que nos enseña Santo Tomás de Aquino:

Dios eterno y todopoderoso, me acerco al sacramento de tu Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, como se acerca el enfermo al médico, el pecador a la fuente de misericordia, el ciego al resplandor de la luz eterna y el pobre e indigente al Dios del cielo y de la tierra.

También la oración de San Ambrosio para iniciar la misa está cuajada de una reiterada toma de conciencia de la propia condición. Les comparto algunas frases:

“Señor mío Jesucristo, me acerco a tu altar lleno de temor por mis pecados, pero también lleno de confianza, porque estoy seguro de tu misericordia. (…) Señor, no me da vergüenza descubrirte a ti mis llagas. (…) Te adoro, Señor, porque diste tu vida en la cruz y te ofreciste en ella como Redentor por todos los hombres y por mí.”

A la pregunta: ¿cómo hay que presentarse ante Dios en la oración? ¿Con cuáles sentimientos y actitudes debemos iniciar la oración? Respondemos: Con humildad, auténticamente presente a ti mismo, vuelto hacia Él, con una conciencia profunda de tu identidad y condición.

Una oración hecha de esta manera no necesita palabras. Basta estar en Su presencia. Así de simple es la oración.





 

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