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Ahora te han visto mis ojos
Job comprendió que su "todo" debía ser Dios.


Por: Marlene Yañez Bittner | Fuente: Catholic.net



Estamos buscando respuestas de nuestra existencia, de nuestro camino, de nuestro obrar; los por qué de algunas situaciones. Tenemos dudas ¿verdad?; pues bien, el camino seguro es acercarse a Dios, haciéndolo sin nada, sin posesiones y reconociendo que Él tiene mucho que cambiarnos. Dejar que transforme a aquello que nos impide caminar por la senda de la santidad y recibir el consuelo y la paz que sólo Dios nos puede dar, y sólo en ese momento podremos decir lo que un día dijo Job:

“Yo te conocía sólo de oídas; pero ahora te han visto mis ojos” (Job 42,5).

Ante el despliegue de las obras portentosas de la naturaleza - obra de Dios - , Job reconoce su insignificancia e ignorancia, al mismo tiempo que declara la omnipotencia divina. Hasta ahora sólo había tenido referencias lejanas de ellas, pero ahora las ha escuchado del propio Dios, y le ha contemplado con sus ojos. El resultado es un profundo sentimiento de compunción y arrepentimiento.

“Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza” (Job 42,6).

Job tuvo un encuentro personal con Dios, pues Él quería que Job supiera que sin una revelación de Él, el diablo fácilmente podría robarle, pero desde el momento que Job se dio cuenta de esto, las cosas fueron mucho mejores, y Dios le restauró el doble de lo que había perdido (Job, 42,10-16).



Así vemos que si bien es cierto, Job era una persona que reconocía Dios, era un hombre con pecados y Dios a través de esta vivencia, le hace comprender que la perfección del hombre no se compara con la perfección divina.

Ante Dios tenemos mucho que cambiar, de transformar, de convertir; nunca pensemos que si no fuera por una “pequeña debilidad” o “pequeños pecado”, seríamos perfectos.

Job tenía muchos bienes: hijos, esposa, siervos, amigos, ganado, tierras, etc. Todo esto no le había permitido tener una cercanía con Dios y sólo cuando se vio despojado de todo, comprendió que su “todo” debía ser Dios. Entendió que lo material venía como consecuencia de buscar a Dios íntimamente. Debemos reflexionar que quizás las posesiones más preciadas en nuestras vidas nos alejan de Dios.

“Si ni siquiera perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a dar con Él todo lo demás?” (Romanos 8,32)









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