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Cristo Rey
Hoy existen muchos nuevos tribunales inquisitoriales, que vuelven a juzgar a quienes creen en Cristo como Rey.


Por: P. Eugenio Martín Elío, LC | Fuente: Catholic.net



Hoy celebramos la fiesta de Cristo Rey y la Presentación de María, que evoca la consagración que hizo la Virgen María de sí misma a Dios. En este contexto recibimos un grupo de familias, pertenecientes a la Cofradía de la Virgen del Amor Hermoso, que quieren hacer su consagración al Sagrado Corazón de Jesús y convertirlo en el Rey de sus hogares ya que después harán la ceremonia de entronización de la imagen del Sagrado Corazón en sus casas. Así hacen realidad esa promesa que el Sagrado Corazón le hizo al beato Bernardo de Hoyos en Valladolid en 1733: “Reinaré en España y con más veneración que en otras partes”.

¿Por qué será que ese es el deseo del Sagrado Corazón para nuestro país? No creo que sea porque nos gusta mucho los juegos de baraja, como el mus o el tute, donde buscamos sobre todo los reyes para contar con una buena baza que nos permita echar órdagos a la grande o cantarle las 40 al que se nos ponga por delante. Ciertamente el reinado de Cristo no es como el rey de bastos, que busca imponerse bajo cualquier condición. El mismo procurador romano Pilatos cuando hace el juicio a Jesucristo que hemos proclamado en el evangelio, le dice en un momento: “¿a mí no me contestas? ¿No sabes que yo tengo autoridad para condenarte o para liberarte?” (Jn 19, 10). La tentación del poder y de imponernos a los demás nació en la historia desde Adán y Eva, cuando al desobedecer a Dios el uno le echa la culpa al otro y reciben, de parte de Dios, la revelación de las consecuencias de su pecado: “trabajarás con el sudor de tu frente (…) darás a luz con dolor, sentirás atracción por tu marido pero él te dominará” (Gn 3, 16).

Pero su Reino no es de este mundo. (Cfr Jn 18, 36). Cristo, el nuevo Adán, y María, la nueva Eva, -en cambio- se presentan como las creaturas dispuestas a obedecer el plan de Dios y a servir. La primera lectura, en palabras del profeta Daniel, nos habla del título preferido con que a Jesucristo le gustaba presentarse ante los demás: el “hijo del hombre”, el hombre humilde que hará su entrada triunfal en Jerusalén a lomos de un pollino. El mismo que se pone a lavar los pies de sus discípulos y nos enseña que para todo cristiano reinar es servir.

Tampoco su reinado es como el rey de espadas. Los hijos de Adán y Eva, -lo vemos sobre todo en la historia de Caín y Abel-, reflejan otra de las consecuencias del pecado. La violencia, la envidia y el uso de la fuerza para lograr nuestros objetivos ha recorrido la historia de la humanidad. No sólo Caín mató a Abel, sino que podríamos reconstruir la historia desde la sucesión de guerras, envidias y conflictos. “No pueden coexistir el reino de Dios y el reino del pecado” nos recuerda hoy el gran teólogo Orígenes.

Pero su Reino no es de este mundo (Cfr Jn 18, 36). Jesucristo, en cambio, nos recuerda en el pasaje que hemos proclamado de la Apocalipsis: “hoy nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios su Padre”. Nos enseña que su reino es reino de justicia, de amor y de paz. Y por eso “viene entre las nubes (se presenta como un Rey con el costado abierto). Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron”. (Ap. 1, 7)



Tampoco su reinado es como el Rey de copas. Tal vez algunos aceptarían a Cristo si se aliara a lo que está de moda. Al glamur, los desfiles, la fama y las fiestas de alfombra roja. Si profesarnos como creyentes y buenos cristianos no implicara ir contra corriente, que nos señalen como bichos raros y convertirnos en objeto de burla de tantos que en nuestra sociedad se consideran los “guays” a la moda. Nos cuenta el génesis (Cfr 9, 20-27) -y lo vemos representado en la capilla sixtina- cómo los hijos de Noé encontraron a su padre borracho y desnudo. Dos de ellos (Set y Jafet) lo cubrieron con su manto. Pero Cam se burló de su padre. ¡Cuántos hoy se burlan de los cristianos y sus debilidades, pero incluso de sus virtudes! Repitiendo la crítica de Nietzsche, nos consideran los débiles del mundo, los que disfrazan su debilidad de virtud. Como muchos de ellos no se atreven ni siquiera a aspirar a la virtud, prefieren en su mezquindad tasarnos a todos a la baja, como animalitos, tal vez un poco más sofisticados, cuyas motivaciones son meramente fisiológicas y mundanas.

Pero su Reino no es de este mundo (Cfr Jn 18, 36). Jesucristo, en cambio, nos invita a mirar más arriba, y nos muestra que hay más alegría en dar que en recibir. Reina desde la cruz, donde nos dice más con sus obras que con palabras, que “nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13).

Tampoco su reinado es como el Rey de oros, donde todo lo domina y corrompe el cochino dinero. Algunos de los santos padres definen el dinero como la caca del diablo. Hasta el mismo Jesucristo fue vendido por uno de sus discípulos por 30 monedas de plata. Y se refirió a ese momento como “la hora del príncipe de este mundo” (Jn 14, 30). Cuentan los rabinos en una historia del Midrash sobre la construcción de la torre de Babel, que cuando estaban realizando ese desafío de levantar una torre que llegara hasta el cielo, les costaba mucho elaborar cada uno de los ladrillos de argamasa, paja, barro, etc. Por eso, si se caía uno de los bodoques desde los grandes andamios que pusieron para la construcción, penalizaban a todos los trabajadores. Pero si se caía un obrero, todo seguía como si no hubiera sucedido nada. En el sistema contaba más el dinero que las personas.

Pero su Reino no es de este mundo (Cfr Jn 18, 36), sino que es un reino de generosidad y de donación total y desinteresada. Jesucristo, de hecho, se entregó en cuerpo y alma, hasta exhalar el último suspiro. “No se reservado nada hasta agotarse y consumirse para demostrar su amor, aunque en respuesta no haya recibido de la mayor parte sino ingratitud” (Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque). En medio de la confusión de lenguas, nos ha dicho que nos ama con ese lenguaje del amor que entendemos todos.

Se dice que el origen etimológico de la palabra “baraja” proviene de la palabra hebrea “berekhá” y su correspondiente árabe “barakah”, que significa bendición divina, oración. Parece que durante la Inquisición en España los judíos que fingían su conversión, pero seguían practicando a escondidas la religión (los judaizantes) se reunían los sábados para hacer su oración, pero lo disimulaban fingiendo que estaban jugando a los naipes y así no eran acusados. Hoy existen muchos nuevos tribunales inquisitoriales, que vuelven a juzgar a quienes creen en Cristo como Rey de nuestras vidas y del Universo. Pero Él nos recuerda: “Os he dicho todo esto, para que podáis encontrar paz en vuestra unión conmigo. En el mundo encontraréis dificultades y tendréis que sufrir, pero tened ánimo, yo he vencido al mundo”. (Jn 16, 33)



Termino con esta consagración personal que escribí hace tiempo al Sagrado Corazón: 

CONSAGRACIÓN PERSONAL AL SAGRADO CORAZÓN 

¡Corazón amantísimo de mi Señor y Salvador! Hoy queremos reconocer la magnanimidad de tu amor, herido por nuestros pecados y por nuestra indiferencia inhumana. “El amor no es amado, el amor no es amado…”, perdónanos y ten compasión de nosotros, Señor. No tengas en cuenta nuestros pecados -que no te ocultamos- sino la fe de tu Iglesia y la necesidad apremiante de sanar nuestras heridas. Tú eres el Médico y nosotros los enfermos, Tú misericordioso y nosotros miserables. Ponemos en Ti-solo nuestra esperanza. “Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confiamos”.

¡Venga tu Reino! Al corazón de todos los que nos hemos consagrado a Ti, al seno de nuestras familias y a toda nuestra Patria. Grábanos como un sello en tu Corazón. Y ya que te has dignado misericordiosamente regalarnos los insondables tesoros de tu gracia, te pedimos que aceptes nuestra humilde consagración y reparación. Que sea alabado tu Santísimo Corazón, en el que deseamos vivir y descansar ahora y por siempre. A Él honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.







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